La máquina del tiempo

Terminó por fin de construir el maravilloso invento: La máquina del tiempo tan largamente soñada en la imaginación de todos los tiempos, se alzaba ante él como una bella realidad. Tenía la forma de un cubo de buen tamaño, de reluciente metal pulido, en cuyo interior cabía un hombre cómodamente sentado, frente a un tablero compuesto de cuadrantes, manijas, botones, palancas y demás instrumentos propios de semejante aparato. Tras los preparativos indispensables, se dispuso a emprender el ansiado viaje. Nervioso, tomó asiento en el artefacto, hizo girar una perilla hasta que la carátula principal apareció la fecha deseada: “UN MILLON DE AÑOS A. C.”, y apretando los dientes, jaló con fuerza el bastón de mando. Un zumbido vertiginoso, luces multicolores en rapidísima sucesión, la sensación de flotar en el vacío… y de pronto, la quietud total. Temeroso, pero excitado a la vez, descendió de la máquina. Se encontró en medio de una extensa planicie, rodeado de la exuberante vegetación primigenia, bajo un calor húmedo, sofocante, y el extraño rumor de la vida oculta, a la sombra de los volcanes en plena actividad. Contemplaba fascinado el fantástico escenario, cuando un espantoso rugido lo hizo volverse bruscamente: una gigantesca criatura, erguida sobre sus dos patas traseras, cubierta de pelo y con rasgos humanoides, se le venía encima vomitando toda su furia irracional. Con un movimiento instintivo, echó mano del revólver que llevaba al cinto, y vació toda la carga sobre aquel primate primordial.

En el mismo instante, él mismo, y con él incontables milenios de evolución, y miles de años de historia y civilización, y las vidas de millones y millones de hombres y mujeres, se esfumaron, se desvanecieron, se perdieron en la nada. Porque en ese instante acababa de extinguirse irremediablemente el progenitor de toda la raza humana.

Jorge Marín P.
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 159

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De canales

Los marcianos estaban felices con sus canales. Anchos, profundos, de aguas tranquilas y cristalinas, estaban siempre pletóricos de toda clase de embarcaciones, desde imponentes buques cargueros hasta graciosos y ágiles veleros. En sus orillas verdeaban los campos, salpicados de exquisitas fincas campestres; en las confluencias, surgían modernísimas, prósperas ciudades, rebosantes de actividad. Toda la floreciente economía marciana —y a decir verdad, la vida misma del planeta— se basaba en los pasmosos canales, obra cumbre de la ingeniería de una raza de inteligencia superior. ¡Qué lástima que los astrónomos terrestres demostraran sin lugar a dudas que no existían, que no eran sino una ilusión óptica creada por los deficientes instrumentos de los primeros observadores! Porque entonces, consternados, pero resignados a lo inevitable, los marcianos vieron desvanecerse su máximo orgullo, sus preciosos canales, como un espejismo en el desierto. Y aun antes de morir en la espantosa sequía que sobrevino (la cual, además, acabó con cualquier otro vestigio de vida o civilización), en un rasgo de innegable dignidad, hubieron de reconocer su error, a saber, que siempre vivieron aferrados tercamente a una ilusión… óptica.

Jorge Marín P.
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 159

El mito

Durante siglos, el hombre ha creído en el mito de la personalidad. Ha aceptado, mantenido, reverenciado y difundido la idea de que a la unidad física del cuerpo, corresponde una unidad psíquica; de que cada individuo tiene asignada una, y solamente una sola alma. Pues bien, ya es tiempo de que tan grosera falacia sea destruida de una vez por todas. Y es a mí ni más ni menos, a quien ha cabido el honor de ser escogido como el primero en emprender la magna tarea.

Todo comenzó el día en que apareció el primero de ellos. Un hombrecillo diminuto, idéntico a mí como un doble perfecto, estaba sentado en la mesa, hablándome y gesticulando sin que yo lo pudiera entender. Preferí ignorarlo y continuar mi vida de costumbre. Pero al día siguiente aparecieron dos más, y después fueron ocho, y esto siguió durante algún tiempo, hasta que hubo prácticamente legiones de ellos, ejércitos, muchedumbres. Cada uno me era más simpático, y cada vez nos entendíamos mejor. Saltaban, corrían, reían y lloraban; se abrazaban y se peleaban, morían y renacían, se transformaban unos en otros y volvían a ser los mismos. Eran niños, jóvenes, personas maduras y ancianos; los había de largas melenas y vestidos de lo más estrafalario, y también los solemnes aristócratas, de frac y todo; sin faltar los artistas, los filósofos y los científicos, los santos y los asesinos; los que eran activos y emprendedores, y los tímidos e indolentes, y, en fin, muchísimos más que me sería difícil siquiera enumerar.

Al fin comprendí, porque ¿sabe usted?, uno tiene sus lecturas, y yo he meditado mucho sobre todas estas cuestiones. Comprendí que cada uno de aquellos hombrecillos, que pululaban a mi alrededor como un enjambre de abejas en torno a un panal, era una parte, un pedacito de mí mismo, una fracción de mi yo, o mejor, un alma que vivía independiente, aunque relacionada con todas las demás; y que, cansadas de su confinamiento en la cárcel de mi cuerpo, habían escapado de él, y ahora medraban ahí afuera, en el mundo real, con una vida propia, y fines y objetivos propios también. ¡Era, finalmente, la liberación!

Cuando me aprestaba a dar a conocer al mundo, con las pruebas en la mano, la verdad esencial de la existencia, vinieron por mí y me encerraron en esta oscura celda, en el pabellón destinado a enfermos incurables de esquizofrenia del Manicomio Municipal.

Jorge Marín P.
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 158

Producto híbrido

El hombre llegó a su casa por la noche más que cansado: estaba realmente fatigado, acabado. Como pudo, subió las escaleras y llegó hasta su recámara. Una vez allí, se aplicó a la tarea de desvestirse, sin prisa, sosegadamente. Luego, ya desnudo, se quitó el bisoñé, que puso cuidadosamente sobre un manequí, siguó con la dentadura postiza, que depositó en un vaso con agua, y los anteojos con aparato para la sordera los colocó sobre el buró. Enseguida, continuando con una rutina ya establecida, procedió a desenchufarse el pie derecho, luego el izquierdo, y los puso debajo de la cama, junto a las pantuflas; siguieron las piernas, las cuales le costaron algún trabajo, pues padecía de reuma desde hacía algunos años, éstas las dispuso, incluso hasta con cierto gusto, encima de la mesita de noche. A continuación con la mano izquierda destornillo la derecha, y desarmó todo el brazo hasta el hombro, arrojando las piezas sin preocuparse de dónde fuera a caer. Y por fin llegaba el momento temido cada noche: ¿qué hacer con el brazo izquierdo?; y así pensando se quedó dormido, y en un movimiento brusco, inconsciente, durante el sueño, se le desprendió la cabeza, que fue a rodar hasta caer por un agujero abierto en el medio del piso. Con esto terminaron para siempre sus problemas, sobre todo el del molesto brazo izquierdo.

Jorge Marín P.
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 157

Así somos todos

Un lindo centauro apareció un domingo por la mañana en medio de la Alameda Central. Algunas parejas se volvieron distraídamente a verlo, para continuar después su tranquilo paseo. El animal fue a parase junto a un fotógrafo ambulante, y las gentes pensaron que quizá sería un juguete para retratar a los niños montados en él. El centauro, todo confuso, echó a caminar sin rumbo, acercándose, curioso, a una multitud que rodeaba un quiosco de música. Como estaban tocando Zorba el Griego, no pudo resistir y se puso a bailar: la gente lo aplaudió un rato, pero cuando salió a cantar una chica en minifalda, se olvidaron por completo de él. Caminando caminando, por poco lo atropella un auto al cruzar la calle, y tuvo que soportar la reprimenda de un policía; por la banqueta, la marea humana lo empujaba, lo pisaba, lo estrujaba, y si no es por sus cuatro patas, se hubiera caído. Por la noche, echado en su tierra natal, instruyendo a filósofos y príncipes, en lugar de ser transportado a este tiempo incomprensible. Finalmente, poco antes de amanecer, murió de nostalgia, y su cuerpo fue enviado al Rastro.

Jorge Marín P.
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 157

Los mundos

El hombre sabio estaba empeñado en descubrir si había vida fuera de su mundo. Con tal fin se pasaba las horas y los días observando por su telescopio. Cierta noche, dijo a su complaciente esposa:

—¿Sabes?, hoy he tenido la intensa sensación de que un ojo gigantesco me miraba desde el cielo.

—Tonterías —dijo ella—. Vamos, la cena está lista.

En aquel mismo instante, en un lugar muy distinto, alguien decía:

—¿Sabes papá?, hoy, al estar jugando con mi microscopio, me ha parecido sentir que un ojo diminuto me observaba desde el portaobjetos.

—Bah, tonterías —dijo el padre—. Anda, la cena está lista.

Jorge Marin P.
No. 44, Julio – Agosto 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 665

Uno de ciencia ficción

Con movimiento enérgico, el astronauta apagó el interruptor de los cohetes de frenaje. Acababa de posarse sobre la superficie del lejano, helado planeta Plutón. “Atención, Tonantzintla. Aquí Base Humanidad. He llegado. Repito. He llegado. Ahora procedo a las comprobaciones de rutina”. Valiéndose de los mil delicados instrumentos, comprobó la presión de la atmósfera, así como su composición, y la densidad del suelo y la fuerza de la gravedad. Después hizo funcionar la cámara de televisión adosada al exterior de la nave, y esperó, con los ojos fijos en la pantalla de la cabina. Dos borrosas figuras, de aspecto al parecer humano, aparecieron en el fondo. “Tonantzintla, aquí Base Humanidad. Veo en la pantalla un par de formas… ahora estoy tratando de enfocar la imagen… ya los tengo… ¡Pero qué es esto! Creo reconocerlos… ¡Sí, son ellos! ¿Qué hacen? ¡Alto, esperen, no lo hagan!”. La transmisión se interrumpió de súbito. “Bueno, Base Humanidad, aquí Tonantzintla. ¿Qué sucede? Responda. ¿Qué pasa, Pepe?.

No esperó a cumplir con las medidas de seguridad antes de abrir la escotilla. Se precipitó fuera de la nave, dando saltos de seis metros y gritando inútilmente en el vacío. Pero llegó demasiado tarde. El hombre, desnudo, cubierto tan solo con una hoja de parra, acababa de morder la fatal manzana que le ofrecía la mujer, igualmente semidesnuda, mientras la serpiente, de maléfica sonrisa, observaba.

Jorge Marin P.
No. 44, Julio – Agosto 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 629