Después de la conferencia

¡Bastardos misóginos!, pensó de los mayores, los que criticaron a S. Sontang tan abyectamente. Los jóvenes, aquellos sentados por parejas en el suelo, que aprobaban en forma abierta y sincera, esos eran otra cosa.

—Pero yo no pertenezco a su mundo. No, que va, haber pasado la barrera de los treinta años…

Alguien se ofreció a llevarla.

—¿Trabajas o estudias?

Está bien que sea come-años, pero no tanto. Halago, coquetería. Risa que ilumina unos ojos de costumbre ensombrecidos.

—Soy maestra, aquí en C. U., en Economía.

—¿Status?

—Divorciada. (De algún modo había que llamarle). Ahí viene —pensó— la oferta número…

—Una divorciada, sola, tú sabes, necesita…

No le oía, se reía por dentro. Divorciada: palabra esencialmente erótica.

—Aquí es, aquí es, Mil gracias.

Cuando llegó al pequeño departamento los niños estaban irritables, nerviosos. A la hora de acostarlos seguían discutiendo.

—Déjalo, mi hijita, él es hombre.

—Hom-bre. Hom-bre. Hom-bre…

Le repetía el sonido del reloj mientras trataba de conciliar el sueño, esa noche como tantas otras…

M. V. Busquets
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 86

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No hay derecho

—No. No me interesa que sus personajes sean oficinistas o revolucionarios, que lleven turbante o sombrero tirolés, que sean melenudos o calvos; adictos, santurrones, impotentes o ateos. Lo que me irrita verdaderamente es que, en cuanto vengo a la Editorial, éstos lleguen, y se instalen en mi casa. ¡No hay derecho!

M. V. Busquets
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 78

Comunicación

Dos viejos, un humanista y un científico, discutían sentados en un jardín.

—El arte de la vida —decía el primero— consiste en olvidar la cuantificación de las cosas. Te sientas a mirar el paisaje, y, dejas que tu propia naturaleza se comunique con él. ¿Quién tiene una unidad valedera para medir la felicidad?

—¿Y la razón? —inquirió el otro— La soledad del contemplativo enloquece al hombre; por lo demás, la naturaleza me contesta a satisfacción cuando arroja una piedra y ésta sigue una trayectoria que yo he calculado. ¿Qué puede decirme en cambio un paisaje?

—Es cuestión de olvido: cuando logras callar tu mente racionalista, el espíritu sabe escuchar y comprender, no estás solo, tu piel no marca ya un límite, formas parte de la sabiduría de la vida, y eres feliz…

Así discutiendo, cayó la tarde. Un sopor beatífico les invadió. Poco a poco fueron sintiendo la convicción absoluta de poder comunicarse con el jardín. De repente, un murmullo que parecía salir de unos matorrales llegó a sus idos, y levantáronse prontos a investigar.

Se trataba de dos flores que sostenía una discusión: “El arte de la vida —decía la primera— consiste en olvidar la cuantificación de las cosas…”

M. V. Busquets
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 451

Reflejos

Existió una vez una joven atormentada y sola que habitaba la torre más alta de un castillo abandonado y que señoreaba el valle más hermoso y fértil de un país lejano.

Había perdido cuenta de los días, porque una vez comprendió que el sol que salía todas las mañanas y se ponía al atardecer, lo hacía con la intención perversa de mofarse de su angustia, dándole la esperanza se un nuevo día. Desde entonces tapió las seis ventanas de su habitación circular y permaneció indiferente al tiempo y fiel a su angustia.

Contaba con dos enormes espejos rectangulares, del tamaño de una puerta, que había colocado, uno frente al otro, para pararse enmedio de ellos con su pequeño candil y acompañarse con la incansable repetición de su propia imagen y de la luz del candil. Estando en esa posición, y sumida en sus reflexiones, sintiose repentinamente poseedora de la verdad. La supo, la comprendió y la tuvo al alcance de la mano. Corrió entonces hacia su empolvado escritorio, sacó un cuaderno grueso, una pluma y un tintero y se puso a escribir un cuento mágico sobre una joven solitaria que había encontrado la verdad, y que tomaba un cuaderno grueso, una pluma y un tintero y se ponía a escribir. Y que cuando llevaba escrita una hoja, se ponía a llorar, y que lloraba y lloraba y lloraba. Y que sus lágrimas iban cayendo sobre del cuaderno, y que lo inundaban, y que las palabras escritas se lavaban y que al final sólo quedaba un manchón azul muy claro. En este punto de su escritura la releyó, le dio mucha risa su ocurrencia, y rió y rió y rió. Rió con tantas ganas que se le humedecieron los ojos y decidió verse en los espejos, porque no sabía como podía verse su cada sonriente. Pero lo que vio la sorprendió y la hizo dejar de reír: un enorme pasillo que se extendía más allá de donde la vista comenzaba a hacerse borrosa, un interminable pasillo vacío.

M. V. Busquets
No. 40, Enero-Febrero 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 197

Por temor al adulterio

 

—Espera amor, no te levantes todavía, ni te vistas. Sabes que me gusta compartir estos momentos, la dulce quietud del después. Es todo, estoy tranquila, no temas que inicie alguna pequeña jugada que nos excite de nuevo. Bueno, sí, hay algo más, es algo penoso que deseo contarte.

Voy a empezar con una disculpa: para cualquiera soy una mujer que lo tiene todo, un esposo bueno y cariñoso, un hijito lindo y sano: un hogar. Pero en todo matrimonio la verdad consta de dos partes, déjame decirte mi verdad: había estado un poco abandonada, sí, las razones no importan ahora; y era primavera, mi cuerpo actuaba como ajeno a mí, palpitaba, exigía… y ahí estaba él, tan malicioso y tan cercano. Has comprendido ¿verdad? Me entregué sí, pero fue algo natural e irremediable, no hubo tiempo de sentir vergüenza ni deseo de ofender a otros. Tal vez yo adoptaba la moral a mis conveniencias pero aquello no fue adulterio, no fue algo que se sostiene en base a rencor e hipocresía, que se establece a fuerza, que se hace costumbre. A eso le tenía miedo. Quizá me lo reproches pero el recuerdo de lo sucedido me estremecía, ese hombre me rondaba, me hacía dudar de mí misma, y me refugié en ti, lo que teníamos guardado tu y yo, lo que surgió después para lograr nuestra perfecta unión se basó en eso, en mi temor, mi cobardía. No, no te sonrías, no me beses, no me comprendas aún, no me perdones aún. Falta decirte algo: ese hombre, del que he estado hablándote, querida mía, es tu marido.

M. V. Busquets
No. 40, Enero-Febrero 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 168