Cuento memorable

132 top

—Esa de negro que sonríe desde la pequeña ventana del tranvía se asemeja a Mme. Lamort —dijo—.
—No es posible, pues en París no hay tranvías. Además, esa de negro del tranvía en nada se asemeja a Mme. Lamort. Todo lo contrario: es Mme. Lamort quien se asemeja a esa de negro. Resumiendo: no sólo no hay tranvías en París, sino que nunca en mi vida he visto a Mme. Lamort, ni siquiera en retrato.
—Usted coincide conmigo —dijo—, porque tampoco yo conozco a Mme. Lamort.
—¿Quién es usted? Deberíamos presentarnos.
—Mme. Lamort —dijo—. ¿Y usted?
—Mme. Lamort.
—Su nombre no deja de recordarme algo —dijo.
—Trate de recordar antes de que llegue el tranvía.
—Pero si acaba de decir que no hay tranvías en París —dijo.
—No los había cuando lo dije, pero nunca se sabe qué va a pasar.
—Entonces esperémoslo puesto que lo estamos esperando.

Alejandra Pizarnik
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 165

Alejandra Pizarnik
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 110

Anuncios

Animales de los espejos

62 top

cropped-89-top.jpg

En algún tomo de las Cartas edificantes y curiosas que aparecieron en París durante la primera mitad del siglo XVIII, el P. Zallinger, de la compañía de Jesús, proyectó un examen de las ilusiones y errores del vulgo de Cantón; en un censo preliminar anotó que el Pez era un ser fugitivo y resplandeciente que nadie había tocado, pero que muchos pretendían haber visto en el fondo de los espejos. El P. Zallinger murió en 1736 y el trabajo iniciado por su pluma quedó inconcluso; ciento cincuenta años después, Herbert Allen Giles tomó la tercera interrumpida.

Según Giles, la creencia del Pez es parte de un mito más amplio, que se refiere a la época legendaria del Emperador Amarillo.
En aquel tiempo, el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban, como ahora, incomunicados. Eran, además, muy diversos; no coincidían ni los seres ni los colores ni las formas. Ambos reinos, el especular y el humano, vivían en paz, se entraba y se salía por los espejos. Una noche, la gente del espejo invadió la tierra. Su fuerza era grande, pero al cabo de sangrientas batallas las artes mágicas de Emperador Amarillo prevalecieron. Éste rechazó a los invasores, los encarceló en los espejos y les impuso la tarea de repetir, como en una especie de sueño, todos los actos de las hombres. Los privó de su fuerza y de su figura y los redujo a meros reflejos serviles. Un día, sin embargo, sacudirán ese letargo mágico.

El primero que despertará será el Pez. En el fondo del espejo percibiremos una línea muy tenue y el color de esa línea será un color no parecido a ningún otro. Después irán despertando las otras formas. Gradualmente diferirán de nosotros, gradualmente no nos imitarán. Romperán las barreras de vidrio o de metal y esta vez no serán vencidas. Junto a las criaturas de los espejos combatirán las criaturas del agua.

En el Yunnan no se habla del Pez sino del Tigre del Espejo. Otros entienden que antes de la invasión oiremos desde el fondo de los espejos el rumor de las armas.

Jorge Luis Borges
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 307

Jorge Luis Borges
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 143

El aplanador

62 top
cropped-89-top.jpg

Entre los años 1840 y de 1864, el Padre de la Luz (que también se llama la Palabra Interior) deparó al músico y pedagogo Jakob Lorber una serie de prolijas revelaciones sobre la humanidad, la fauna y la flora de los cuerpos celestes que constituyen el sistema solar. Uno de los animales domésticos cuyo conocimiento debemos a esa revelación es el Aplanador o Apisonador (Bodendrucker) que presta incalculables servicios en el planeta Miron, que el editor actual de la obra de Lorber identifica con Neptuno.

El Aplanador tiene diez veces el tamaño del elefante, al que se parece muchísimo. Está provisto de una trompa algo corta y de colmillos largos y rectos; la piel es de un color verde pálido. Las patas son cónicas y muy anchas; las puntas de los conos parecen encajarse en el cuerpo. Este plantígrado va aplanando la tierra y precede a los albañiles y constructores. Lo llevan a un terreno quebrado y lo nivela con las patas, con la trompa y los colmillos.

Se alimenta de hierbas y de raíces y no tiene enemigos, fuera de algunas variedades de insectos.

Jorge Luis Borges
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 285

Jorge Luis Borges
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 213

Jorge Luis Borges
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 593

Retorno

Tras arduas buscas, un aviador lo percibió a la mitad del desierto. En el viaje de retorno fue hundiéndose en el silencio, con la mirada perdida bajo los párpados inmóviles aún blanqueados de arena. Se mantuvo indiferente a los gritos de alegría, los abrazos y las caricias de los suyos, a las preguntas de los periodistas, a los lampos de los fotógrafos. Tardó algún tiempo en adaptarse a la —como suele decirse— vida común y corriente, y a la ciudad, y a los trabajos y los días, y al acto conyugal y al futbol por televisión. A veces, solo, en la alta noche, se enfrentaba al espejo de la salita hogareña, no para mirarse, sino para contemplar el solitario horizonte de arena y cielo y luz que veía extendido a sus espaldas, y se preguntaba si su exilio duraría toda la vida.

José de la Colina en Espejismos
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 138

José de la Colina
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 145

Espejismos. Una pasión en el desierto.



El extenuado y sediento viajero vio que le hermosa mujer del oasis avanzaba hacia él cargando un ánfora en la que el agua danzaba al ritmo de las caderas.
—¡Por Alá —gritó—, dime que esto no es un espejismo!
—No —respondió la mujer, sonriendo—. El espejismo eres tú.
Y en un parpadeo de la mujer, el hombre desapareció.

José de la Colina
No. 74, Octubre-Diciembre 1976
Tomo XII – Año XII
Pág. 48

José de la Colina
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 176

Del quinto evangelio

Después de que el diablo llevó a Jesús a una altura del desierto y le mostró el fastuoso panorama de los reinos de este mundo, el nazareno quedó admirado de la imprevista ingenuidad de su tentador, que pretendía (como hoy diríamos) apantallarlo con una vulgar ilusión óptica producida por la reflexión total de los rayos luminosos y por la diversas densidades de las capas de aire, y dijo:

—Me decepcionas, pobre diablo. El fenómeno es conocido con el nombre de espejismo. ¿No tienes algún truco mejor, por ventura?

José de la Colina, de “Espejismos”
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 541

José de la Colina
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 209

Un saludo, Juan…


Todos los aparatos de la secreta base dieron la alarma, radares y sonares anunciaban el peligro y los veloces cazas bombarderos, las lanchas torpederas, los cruceros, todos, todos, todos ellos en cosa de segundos llegaron hasta el ubicado punto de peligro. El despliegue defensivo fue perfecto, pasmoso en su celeridad y en lo preciso, todas las armas apuntaban al océano. De pronto, salió, salió a la superficie. Era un extraño aparato, pintado de amarillo con unas flores pintadas en la proa, un submarino amarillo muy hermoso, inofensivo, del que salió John Lennon tocando su guitarra.

—Hi fellows— dijo, y comenzó el concierto.

Luis A. Chávez
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 183

Luis A. Chávez
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 406

El capricho

Se eleva muy alto, muy alto; el chico le suelta el hilo, muchos metros de hilo. El papalote se aleja de la tierra y se pierde entre las nubes.

Por unos instantes el mundo se oscurece. El niño grita de contento; se ha realizado su capricho: tapar el sol con su papalote.

Salvador Herrera García
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 219

La militante

Como no quería ser arrojada al basurero de la Historia, aquella mosca procuraba normar cada una de sus acciones según la dialéctica de lo concreto, empeñándose, cada vez con mayor aplicación, en la interpretación revolucionaria de las condiciones objetivas-subjetivas del muladar…

Francisco Silva García y Lidurbelia Godínez
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 216

El aplanador

Entre los años de 1840 y de 1864, el Padre de la Luz ( que también se llama la Palabra Interior) deparó al músico y pedagogo Jakob Lorber una serie de prolijas revelaciones sobre la humanidad, la fauna y la flora de los cuerpos celestes que constituyen el sistema solar. Uno de los animales domésticos cuyo conocimiento debemos a esa revelación es el Aplanador o Apisonador (Bodendrucker) que presta incalculables servicios en el planeta Miron, que el editor actual de la obra identifica con Neptuno.

El aplanador tiene diez veces el tamaño del elefante, al que se parece muchísimo. Está provisto de una trompa algo corta y de colmillos largos y rectos; la piel es de un color verde pálido. Las patas son cónicas y muy anchas; las puntas de los conos parecen encajarse en el cuerpo. Este plantígrado va aplanando la tierra y precede a los albañiles y constructores. Lo llevan a un terreno quebrado y lo nivela con las patas, con la trompa y los colmillos.

Se alimenta de hierbas y de raíces y no tiene enemigos, fuera de algunas variedades de insectos.

Jorge Luis Borges
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 213

Grito


Un grito entra por la ventana. Si lo dejo salir, volverá a molestarme. Rápidamente bajo las persianas y me entiendo con él. Le propongo sonar libremente en los horarios que prevé el reglamento. Él es frugal. Yo soy generosa. Sin embargo, la convivencia nos resulta imposible. A la larga, dormir toda la noche con un grito reprimido suele traer dolores de cabeza.

Ana María Shua
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 208

La pesadilla


El horrible hombre arrastrando su pata seca, blandiendo el hacha entre sus peludas manos, empezaba la continua persecución a la niña por los pasadizos y corredores de la enorme casa. Cuando perdida la esperanza de escapar, la niña, viéndolo acechante correr hacia ella y levantar el hacha, no soportaba más, gritaba, entonces despertaba. Y así las sucesivas noches… Hasta la noche en que la niña no quiso gritar para no despertar más a sus padres quienes acudían entre somnolientos y aburridos a socorrerla de los gritos de pesadilla. Al otro día, en la mañana, su madre al abrir la puerta del cuarto, antes de dar un sonoro grito de desmayo, alcanzó a ver una figura algo humana de un cuerpo tendido en la cama con más de media hacha metida en el pecho aún sangrante. El padre corrió y encontró en un rincón del cuarto a la niña sollozando babeante entre sus mocos.

José del Castillo
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 203

El espejo


El dictador escrutaba cada mañana aquel rostro en el fondo del espejo. No reconocía la mandíbula suelta, los dientes amarillos retorcidos, el bigote sucio que brotaba abundantemente de las fosas nasales, los ojos de cera fría, sin chispa. Aquellas arrugas cada día más numerosas no eran suyas, pertenecían al rostro del espejo. Cada día el dictador se volvía cabizbajo. Y el rostro del espejo le sacaba la lengua divertido.

Alfonso Gamucio Dagron
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 199

Mi cama


Mi cama despierta en cuanto me tiendo y cierro los ojos. Entonces la acompaño en sus correrías.

Tiene distintas transformaciones. Se convierte en un coche de carreras, luego en la mesa servida de un restaurante. Al mismo tiempo siempre es una mujer hermosa.

De madrugada volvemos a la habitación y hasta muy entrado el día somos una amorosa pareja.

Y nunca ha dejado de prepararme el desayuno.

A. F. Molina
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 194

La obra


Terminó su obra y retrocedió unos pasos para admirarla. Sonrió satisfecho, era perfecta. Había plasmado en ella toda la belleza de que era capaz. Caminó a su alrededor para observarla y entonces descubrió las imperfecciones: era desmesurada. Frunció el ceño y se encogió de hombros; había fracasado una vez más. Cansado, no quiso destruirla y la llamó Hombre.
Sylvia Sneider
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 189

Nombres…

El milico, la tira, los azules, los cuicos, los guachos, la chota, los tecos… la policía, la escoria, la reservada, los granaderos, los halcones… servidores públicos. Los sardos, los garfiles, la guardia blanca, la secreta, la rural, los federales, los guaruras… guardianes del orden.

Los… ¡Cuantos nombres para una sola casta de hombres!

María Guadalupe Sánchez López
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 182

La promesa


Un día el joven escritor hizo una promesa: sembraría un árbol por cada poema que creara.

Pasó el tiempo, el escritor murió. No dejó ningún libro publicado ni algún manuscrito. Entre sus pocas pertenencias se encontró el título de propiedad de un inmenso bosque en medio de un páramo.

A. F. Molina
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 177

¿Cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler?


De rodillas y con fe inquebrantable, invocó a todos los ángeles. Éstos, obedientes, descendieron sobre ella con un tremendo batir de alas. En seguida su pensamiento se llenó de plumas y de buenas intenciones; tantas, que pronto se le atrofiaron el cerebro y el libre discurrir de las ideas. A la mañana siguiente, la Madre Superiora declaró que la santa hermana había muerto en éxtasis místico.
Laura Reinking
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 175

Laura Reinking estudió Literatura en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México. Se especializa en difusión de asuntos empresariales y publica regularmente artículos sobre comunicaciones, particularmente del impacto que sus cambiantes tecnologías tienen en el ciudadano.[1]


[1] Corajido, M. y Reinking, L. La ignorancia debida. Buenos Aires, Libros del Zorzal, 2003.

Manzana


Estaba muy cómodo sentado bajo el manzano, cuando uno de los frutos cayó sobre él. Como tenía hambre, recogió la manzana y tranquilamente se la comió.
El que hizo correr el rumor fue un vecino que estaba mirándolo, cuando comentó en la barbería: “Hoy lo vi al Newton ese inventando la teoría gravitatoria”.
Raúl E. del Rosal
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 172