El hogar de los abuelos


El tiempo se detiene, perennemente silencioso, en la casa de los abuelos. Tirado en la rústica cama, que antaño me pareciera tan ancha, contemplo el rubio sol que penetra por la ventana y hace visibles las partículas de polvo atmosférico. Me basta cerrar los ojos para sentirme niño otra vez, y sin preocupaciones, como cuando me iba quedando dormido mientras los ojillos de mi abuela, perdidos entre la arrugas, me contemplaban cariñosamente. Recuerdo cómo, entre sueños, me parecía oír la estridente huida de una gallina mientras la sirvienta gritaba: ¡Chucho! Con las tibiezas de la noche despertaba, sobresaltado, pensando que algún gigante me arrojaba al pozo e inevitablemente volvía los ojos hacia el patio, para cerciorarme de que el aljibe estaba tapado. Nunca supieron ellos mis temores, como no saben ahora del cansancio, amargura y desaliento, gigantes nuevos que me atormentan ahora. En vano, al escribir, trato de dar a estos recuerdos valor universal. Porque… ¿quién no ha tenido abuela y no ha corrido gritando por entre la hierba de un viejo solar? Y, ya adulto, preguntando el enigma de la vida a una lluvia de sol que penetra silenciosamente por una ventana y nos muestra, en partículas de polvo, lo que será de nosotros. ¡Ah, verdaderamente los años no dejan mucha huella en la casa antañona y sus moradores! Sólo la reata del pozo, las piedras del zaguán, que se desgastan, y los cabellos cada vez más blancos de mi abuela me dicen que inevitablemente el tiempo ha pasado y que el zumbido de moscas que arrullan el silencio proviene de distintas a las que ayer volaron.

Mario Mora Barba
No. 88, Septiembre- Noviembre 1983
Tomo XIV – Año XIX
Pág. 27

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