Escondite

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Ya de antemano se había escondido tras la máscara de la naturalidad para aparentar ser más de lo que era realmente.

Walter Muschg
No. 16, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 314

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La lección

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Pan amaba a Eco, su vecina: Eco ardía por un sátiro saltarín, y el sátiro, y el sátiro se perecía por Lida. Tanto como Eco amaba al sátiro, el sátiro amaba a Lisa y Lisa a Pan. Así los inflamables Eros. Tanto como cada uno de ellos amaba a quien le odiaba, cada uno de ellos odiaba a quien le amaba. Y enseñaré esto a los que son extraños a Eros: “Amad a quienes aman, con el fin de ser amados por ellos”.

Mosco
No. 16, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 312

El soñado

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—Ahora está soñando. ¿Con quién sueña? ¿Lo sabe?

—Nadie lo sabe.

—Sueña contigo. Y si dejara de soñar, ¿qué sería de ti?

—No lo sé.

—Desaparecerías. Eres una figura de su sueño. Si ese rey despertara, te apagaría como una vela.

Lewis Carroll
No. 16, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 308

La palabra

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La palabra es infinitamente más poderosa que la espada, y quien la sepa blandir con la mano vigorosa y sabía es el más poderoso que el más poderoso de los reyes. Cuando muere la mano que empuñó la espada, se entierra a las dos juntas, y cuando la mano se convierte en polvo, la herrumbre se come a la espada. Pero cuando la muerte cierra la boca que pronunció la palabra, ésta permanece libre y viviente; la muerte no tiene poder sobre ella, no puede aprisionarla en la tumba, y por más cadenas y grilletes que se pongan a los siervos de Dios, permanecerá libre la palabra de Dios que salió de su boca.

Gotthelf
No. 16, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 304

Orfeo finlandés

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Así como Orfeo obtiene su arte supremo después de su viaje a los infernos, Waianamoinen encuentra las “palabras” y los “dichos felices” en el cuerpo del gigante Wipunen, una personificación viva de la naturaleza. Para llegar a él, Waianamoinen tiene que caminar sobre las puntas de las agujas de las mujeres, sobre el filo de las espadas de los hombres y sobre el filo de las hachas de los héroes, sin saber si quiera si Wipunen aún vive. Después encuentra la cabeza del gigante, sobre la cual crecen árboles, y entra a su cuerpo por la boca. Una vez dentro del monstruo, lo obliga día y noche a cantarle la canción del origen de todas las cosas y “todo el orden de la magia”, de tal modo que el sol y la luna y las olas del mar se quedan quietos a escucharlo.

Walter Muschg
No. 16, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 295

Andy y Jerry y Joe

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Estábamos viendo las botellas en la vitrina del restaurante, podíamos oír los autos que pasaban, mirábamos las mujeres en el boulevard.

Hacía frío, nadie sabía las cosas que nosotros sabíamos.

Observábamos la gente, había un crimen en los diarios, soplaba un viento fuerte, ya era de noche, oíamos las campanas, y las voces y los silbidos y los carros.

Seguimos caminando, no estábamos aburridos, ni chispeantes ni con miedo, ni cansados, ni nerviosos, ni felices, ni melancólicos.

Había un millón de estrellas, un millón de millas, un millón de gentes, un millón de palabras, un millón de lugares y un millón de años, sabíamos un montón de cosas que no entendíamos.

Había barcos en el mar, y las hileras de casas aquí, y las nubes que pasaban sobre nosotros allá, arriba en el cielo.

Esperamos en la esquina, había luces en las tiendas mujeres en las calles, el padre de Jerry había muerto.

No sabíamos lo que queríamos y no había de que hablar.

Andy tenía un auto y Joe una novia.

Kenneth Fearing
No. 16, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 278

El distraído

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Había una vez un hombre en el reino de Chil que tenía sed de oro. Una mañana se vistió con elegancia y fue a la plaza. Nada más llegó ante el puesto del comerciante, se apoderó de una pieza y escabullose.

El oficial que lo detuvo le preguntó: —¿Por qué robó el dinero en presencia de la gente?

—Cuando tomé el oro –contestó—, no vi a nadie, no vi más que el oro.

Lie Dsi
No. 16, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 289

El pueblo más cercano

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Mi abuelo solía decir:

“La vida es asombrosamente corta, Ahora, al recordarla, se me aparece tan condensada, que por ejemplo casi no comprendo cómo un joven puede tomar la decisión de ir a caballo hasta el pueblo más cercano, sin temer –y descontando por supuesto la mala suerte— que aún el lapso de una vida normal y feliz ni para empezar el viaje”.

Franz Kafka
No. 16, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 283

Eros fugitivo

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Ese niño está marcado con señales numerosas, y le reconocerías entre veinte más. No es blanco de cuerpo, sino semejante al fuego; sus ojos son agudos y llameantes; su espíritu es astuto pero sus palabras son dulces. No piensa en lo que dice, y su voz es como miel; pero, cuando se irrita, su espíritu es cruel y está lleno de fraudes. No dice nada de verdad el niño astuto, y juega cruelmente. Su cabeza está cubierta de hermosos cabellos, pero tiene el rostro impúdico; sus manos son pequeñas, pero lanzan flechas muy lejos, hasta el Akerón y el rey Edes. Está todo desnudo, pero su espíritu está escondido. Vuela como una pájaro hacia los unos y hacia los otros, hacia los hombres y mujeres, y se asienta en sus corazones. Tiene un arco muy pequeño, y en el arco una flecha: esta flecha es pequeña, pero penetra hasta el Urano. Lleva a los hombros un carcaj de oro, en el que hay flechas amargas, con las cuales a menudo también me hiere a mí. Todo lo que tiene es terrible, pero más que todo, su pequeña antorcha, que quema al propio Halios.
“Si le coges, tráemele tras atarle, y no sientas ninguna lástima; si lo ves llorando, cuida de que no te engañe; si se ríe, átale bien, y si quisiera besarte, huye. Su beso es malo y sus labios son de veneno. Si dice: “Toma esto, te doy mis armas”, no toques a ellas; son dones perdidos, y todo eso está saturado de fuego”.

Mosco
No. 16, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 277

El amor

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En el amor, todas las criaturas se sobrepasan a sí mismas y buscan su suprema realización. No se equivocan, pues la dicha del amor es inconmensurable. Es el abismo de la vida, del cielo y del infierno. Su goce es tan profundo, que puede volverse mortal y aun así ser anhelado con delirio por el que ama. Tiene afinidad con la muerte impulsa a los poseídos por él a extinguirse y disolverse en otro ser. Este instinto devuelve al hombre la unidad paradisiaca entre cuerpo, espíritu y alma, despierta en él todas sus fuerzas, al ángel y a la bestia. Como un poder primigenio actúa por encima de todas las criaturas, éstas lo obedecen ciegamente y por él cometen actos que no comprenden. Todas las grandes obras de abnegación, todos los crímenes diabólicos provienen del amor. Embriaga a todos los seres y aún los más sobrios se extasían bajo su poder.

Walter Muschg, en HISTORIA T´RÁGICA DE LA LITERATURA
No. 16, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 275

Cleopatra

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La galera en que iba sentada, resplandeciente, como un trono, parecía arder sobre el agua. La popa era de oro batido; las velas, de purpura, y tan perfumada, que dijérase que los vientos languidecían de amor por ellas; los remos, que eran de plata, acordaban sus golpes al son de flautas y forzaban el agua el agua que batían a seguir más aprisa, como enamorados de ellas. En cuanto a la persona misma de Cleopatra, hacía pobre toda descripción. Reclinada en su pabellón (hecha de brocado de oro), excedía a la pintura Venus, donde vemos, sin embargo, la imaginación sobrepujar a la Naturaleza… Sus mujeres, parecidas a las nereidas, eran como otras tantas sirenas, acechaban con ojos los deseos y añadían a la belleza de la escena la gracia de sus inclinaciones.

En el timón, una de ellas, que se podría tomar por sirena, dirige la embarcación; el velamen de seda se infla bajo la maniobra de esas manos suaves como las flores, que llevan a cabo eficazmente su oficio.

Shakespeare
No. 16, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 272

Distraerse

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Un cazador para asustar la caza prendió fuego a un bosque. De pronto vio a un hombre que salía de una roca.

El hombre atravesó el fuego sosegadamente. El cazador corrió tras él.

—Diga, pues, ¿cómo hace para pasar a través de la roca?

—¿La roca? ¿Qué quiere decir con eso?

—También lo vi pasar a través del fuego.

—¿Fuego? ¿Qué significa fuego?

Ese perfecto taoísta, completamente borrado, no veía las diferencias de nada.

Henri Michaux, en UN BARBARE EN ASIE
No. 16, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 269

Cordelia

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Sintió pasos en la noche y se incorporó con sobresalto.

—¿Eres tú, Cordelia – dijo

Y luego:

—¿Eres tú? Responde.

—Sí, soy yo –le replicó ella desde el fondo del pasillo.

Entonces se durmió. Pero a la mañana siguiente habló con su mujer que se llama Carla y con su sirviente que se llamaba Eustolia

Francisco Tario
No. 16, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 266