Vida mecánica

Mi vida es igual a la de cientos de miles de personas, lo mismo día tras día, semana tras semana, año tras año; levantarse a las 6:30, desayunar leyendo el periódico, tomar el camión a las 7:23, checar tarjeta a las 8, salir a comer a la 1, regresar a las 3, salir a las 6, saludar a la misma gente, hacer el mismo trabajo, gastar el sueldo en lo mismo, tener las mismas diversiones, las mismas amistades, las mismas pláticas, el mismo horario siempre… siempre… siempre.

Es una vida, no humana, sino mecánica, monótona, idéntica, y esa vida es llamada por la sociedad: “normal”.

Pero hoy, después de 34 años de haber casi olvidado que existe más allá de esa monotonía, salgo de ella, y casi no lo puedo creer, me siento raro, casi extraño, pero feliz, muy feliz; he conocido a una hermosa, una hermosísima mujer, una diosa transportada, vía aérea, del propio Olimpo. Me brinda una sonrisa, que tan sólo con ese acto me siento fuera, independiente, libre de mi mundo habitual.
El cabello le cae suavemente en los hombros, y el viento hace ondular dulcemente sus ropajes.

Me acerco a ella, nervioso, y envuelto en una gran nubecilla de felicidad, y me atrevo, hombre al fin, a soltar, vacilante, unas palabras:

—¿Cuál es tu nombre?

Y ella, con una voz vibrantemente melódica, me responde;

—Muerte.

Héctor Romero Flores
No. 42, Mayo 1970
Tomo VII – Año VI
Pág. 434

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