Una madre, gracias a Dios, puede elegir el futuro de sus hijos.

67 top


La Flaca al ver por primera vez un preservativo asoció la idea a un acuario con pequeños peces.

Su sentido del humor llegaba a tales extremos que se permitía cortarle la punta sin que el galán la sorprendiera de modo que todos sus hijos eligieron la carrera del mar cuando llegó el momento de ganarse la vida por su propia cuenta.

Alfonso Alcalde
No. 67, Octubre-Diciembre 1974
Tomo XI – Año XI
Pág. 64

Alfonso Alcalde
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 564

Anuncios

Novia inconclusa

66 top

La modista, de acuerdo con su larga experiencia, necesitaba dos carretes de hilo blanco para terminar el vestido de la novia. Salvo en los casos en que la hermosa mujer estuviera esperando familia, la misma cantidad servía para unir los flotantes velos. Pero en el último tiempo, sin que mediara ninguna explicación, sigue comprobando que necesita un tercer carrete. La nueva cantidad de hilo se enreda entre los pliegues con un placer sardónico, como si fuera cerrando puertas en el albo laberinto dejando ciertas señales sospechosas. Por último, cuando el novio se dirige al dormitorio siguiendo la interminable huella del hilo untado con pérfido vidrio molido (el mismo que se usa en el juego de volantín cortado) comprende que es demasiado tarde para retroceder y termina ahorcado una vez que cumple con el deber establecido estrictamente por la ley en la luna de miel.

Alfonso Alcalde
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 751

Alfonso Alcalde
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 515

La isla del alquiler


La isla del alquiler para viajar a la cual Palinuro alquiló un medio de transporte, alquiló un camino y alquiló un mapa, unas maletas, una ropa, un guía y unas vacaciones. En esta Isla —le dijo el guía— usted puede alquilar todo lo que guste: un automóvil, una escalera, un caballo, un refrigerador, una casa, un cuadro famoso, una alfombra, un traje de etiqueta, una televisión. Si desea usted un jardín, le alquilamos el jardín y le alquilamos las rosas, las veredas, las fuentes para el jardín y le alquilamos las tijeras para cortar las rosas, la tierra para llenar las veredas y el agua para desbordar las fuentes del jardín. Si desea una fiesta, le alquilamos el salón, los meseros, los vasos y la vajilla, las invitaciones y los invitados, los chistes y las conversaciones. Si quiere usted casarse, le alquilamos el juez y la iglesia, la novia y el traje, la música y la luna de miel. En esta isla le alquilamos días lluviosos y meses de verano; le alquilamos un pasado feliz o un futuro glorioso. Incluso le alquilamos la vida y la muerte: si usted quiere nacer, le alquilamos el hospital, el médico, los padres y los padrinos, los biberones y los fórceps. Si quiere usted morir, le alquilamos el ataúd, le alquilamos las flores, las esquelas, le alquilamos las plañideras, le alquilamos tres metros de tierra. Y si usted no tiene dinero, no importa: le alquilamos una fortuna, le alquilamos un mecenas, le alquilamos un negocio próspero con tal de que usted, en esta Isla, pueda alquilar todo lo que necesite y guste: un riñón, un paraguas, un idioma, un monumento, una fe religiosa, una máquina de escribir para que escriba la crónica de la Isla.

Fernando del Paso en “Palinuro de México”
No. 86, Marzo-Abril 1981
Tomo XIV – Año XVI
Pág. 633

Fernando del Paso (en “Palinuro de México”)
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 513

Natación


He aprendido a nadar en seco. Resulta más ventajoso que hacerlo en el agua. No hay temor a hundirse pues uno ya está ahogado de antemano. También se evita que tengan que pescarnos a la luz de un farol o en claridad deslumbrante de un hermoso día. Por último, la ausencia de agua evitará que nos hinchemos.

No voy a negar que nadar en seco tiene algo de agónico. A primera vista se pensaría en los estertores de la muerte. Sin embargo, esto tiene de distinto con ella: que al par que se agoniza uno está bien vivo, bien alerta, escuchando la música que entra por la ventana y mirando el gusano que se arrastra por el suelo.

Al principio mis amigos censuraron esta decisión. Se hurtaban a mis miradas y sollozaban en los rincones. Felizmente, ya pasó la crisis. Ahora saben que me siento cómodo nadando en seco. De vez en cuando hundo mis manos en las losas de mármol y les entrego un pececillo que atrapo en las profundidades submarinas.

Virgilio Piñera
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 567

El campeón


Tenía todo para ser una estrella deportiva más importante que un genio de la ciencia. Llevaba en la sangre el futbol. Dotado de una flexibilidad felina, de una técnica más que probada, una singular rapidez de reflejos, una musculatura impresionante, poco le faltaba para ser el mejor jugador de todos los tiempos. Pero sólo se lo impedía un ligero defecto: como no tenía ninguna memoria, nunca llegaba a recordar, de uno a otro minuto, por cual equipo jugaba.

Jacques Sternberg
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 565

El hombre que no vio a nadie


Había un hombre en el Reino de Chi que tenía sed de oro. Una mañana se vistió elegantemente y fue a la plaza. Llegó al puesto del comerciante en oro, se apoderó de una moneda y trató de escapar.

El oficial que lo aprehendió le preguntó:

—¿Por qué robasteis el oro en presencia de tanta gente?

—Cuando tomé el oro —contestó— no vi a nadie. Solamente vi el oro.

Recogido por Idries Shah
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 561

Tejido de punto


La mujer se irguió, analizó su pasado y decidió que tenía el derecho de sonreír.

Ciertamente, ya había hecho tejido de punto y en grandes cantidades: bufandas, medias, guantes, gorros, cubreteteras, carpetines, carpetotas; en fin, de todo.

Pero siempre cosas útiles, y cuando la mujer lo descubrió de pronto este hecho, le pareció de sombrío significado. Meditó largo rato y decidió pasar, esa misma tarde, de la artesanía al arte puro.

Así fue como inició una “obra de punto” gigantesca, sin prever exactamente qué forma tendría, pero gigantesca, eso si, no la quería menos que eso. Una obra, una verdadera síntesis de sus dones, de su pasado, de su porvenir, y en ese fervor, esa tarde y todas las tardes, puso todo su dolor y toda su alegría, toda su destreza y todo su sentido de lo abigarrado, todo su instinto de la voluta, del triple punto a la derecha y doble punto a la izquierda, todo su genio del equilibrio, del ritmo, del crescendo de las frases.

La obra tomó primero la forma de un dedo de guante. Luego la de una media, después de una falda, de una cota de malla, de un piano de cola, luego de una nube ya irreal; de punto en punto, de línea en línea, de vuelta en vuelta, la obra ya no fue más que un enorme capullo muy difícil de mover o de levantar y la mujer seguía tejiendo, ahora en estado de trance, casi siempre inspirada, entusiasmada, de día como de noche, sumergida a medias en la lana, pero alegre, ansiosa.

Una tarde más de creación, tres horas más de inspiración; la mujer estaba ya separada del mundo por una tempestad de lana; la obra espumaba, se arremolinaba, y a la tejedora le faltaba ya el aliento, la vida, pero no cejaba en su empresa, el ritmo n la abandonaba, y el capullo se volvió una ola, una marejada, chocó por fin contra las cuatro paredes del salón, cuya forma adoptó, tocó el cielorraso y la mujer poco a poco desapareció, ahogada, pero feliz, quebrando las agujas bajo sus brazos.

Jacques Sternberg

No. 83, Septiembre-Octubre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 329

y además en:
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 560

Cáncer


Quisiera violar a todas las mujeres del mundo. Una por una. Blancas, negras, amarillas, esquimales… Pero que mi vida se extinga antes. En cincuenta años de existencia, hasta la fecha, solamente he anotado un nombre en mi agenda: el de mi mujer. Se dice pronto: me muero. ¿Y las funestas consecuencias que acarrea? ¿Y las tristezas que promueve? ¡La muerte, qué responsabilidad! Mi mujer y yo, cuando nos encontramos en el lecho común, ni tan siquiera nos rozamos. Nuestros cuerpos permanecen separados, como nuestras mentes, nuestras ideas, nuestras ilusiones… Yo creía que la muerte venía de repente. Pero ahora sé que no, que n ocurre así, que anuncia su llegada, que se hace esperar, que nos acecha, que nos vigila, que nos susurra al oído ¡pronto!, complaciéndose en molestarnos, en asustarnos.

“Pálpese el cuerpo. Toque. Toque. ¿Dónde está ese cáncer que tanto teme usted? ¿Dónde…?” Y la angustia me hace sollozar en la oscuridad del cuarto. “¿Te ocurre algo?”, pregunta la mujer, semidormida. “Nada, nada.” A gusto le diría: “Es el cáncer, ¿sabes?”. Al día siguiente me levanto silbando una cancioncita de moda y salgo a la calle. Le besaría al portero.

Alfonso Ibarrola
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 557

El voto


¿Qué recuerdo de mi padre quedará más fijo en mi mente? Cierta vez intentó acabar conmigo, presa de una rabia incontenible por un plato de garbanzos que me negué a comer. Lo intenté varias veces, pero terminé vomitando. Con los años aquella situación se ha convertido para mí en algo afectuoso y entrañable. Nunca le he dado motivos para sentirse orgulloso de mí. Y, sin embargo, me quiere. Lo supe el día que se lo llevaron, en una camilla, a la sala de operaciones quirúrgicas. Estaba en juego su vida y había tanto miedo a la muerte en aquellos ojos, tanta ternura contenida hacia mí, que quise formular un voto solemne en cuanto desapareció tras las puertas del largo corredor del hospital. ¿Pero qué podía prometer yo? Limosnas, vestir un hábito color violeta, caminar descalzo, o de rodillas, un kilómetro…, ¡diez kilómetros!, quemarme con una cerilla el dedo meñique… ¿Cuántos segundos soportaría el dolor? Mucho tiempo debió transcurrir enfrascado en esos argumentos. Una mano colocada con dulzura en el hombro, la del cirujano, vino a resolver todas mis dudas: “Siento comunicarle que su padre ha muerto.”

Alfonso Ibarrola
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 551

Servicios entre amigos


Para dar un ejemplo lo más elocuente posible de cómo prestar un buen servicio a un amigo, el señor K. relató la siguiente historia: “Tres muchachos fueron a consultar su caso a un viejo árabe:

—Nuestro padre ha muerto —le dijeron—. Nos ha dejado diecisiete camellos y ha dispuesto en su testamento que el mayor se quede con la mitad; el segundo, con un tercio, y el menor, con un noveno del total de camellos. Ahora, sin embargo, no podemos ponernos de acuerdo sobre la división. ¡Decide tú por nosotros!

El árabe meditó y luego dijo:

—Por lo que veo, para poder dividir bien, os falta un camello. Yo no tengo más que un camello, pero está a vuestra disposición. Tomadlo, haced la división y traedme lo que os sobre.

Agradecieron los jóvenes el servicio prestado y se llevaron el camello. Entonces dividieron los dieciocho camellos que había en total de tal modo que al mayor le correspondieron nueve, es decir, la mitad; al segundo, seis, es decir, el equivalente de un tercio, y al tercero, dos: la novena parte según lo dispuesto. Cuando cada uno hubo retirado su parte, se encontraron con que sobraba un camello. Con renovada gratitud devolvieron los tres hermanos el animal a su anciano amigo”.

El señor K. calificó aquel acto de auténtico servicio entre amigos, puesto que no había exigido ningún sacrificio especial.

Bertolt Brecht
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 549

A las seis

“Imaginar no es necesariamente crear”

Albert Camus

Recargado en un poste y con los brazos cruzados veía pasar la gente que recorría veloz su camino. Miró su reloj de pulsera: eran seis menos nueve minutos. Ella y él solían encontrarse en esa esquina; habían resuelto hacerlo así, pues rodeados de gente, autos, perros y postes, sentían que todo se volvía legal. “Todo se volvía legal…” Eso había sucedido hacía bastante tiempo, sin embargo esta era la cuarta ocasión en que él la esperaba en el mismo sitio de siempre, y también era la cuarta ocasión en que sabía que ella no iría a la cita. Las seis menos tres minutos. El deseaba que ella llegara. Le hubiera gustado verla corriendo entre la gente, apresurándose por llegar a tiempo; vestida con pantalones de mezclilla y camisa vaquera; los cabellos agitados por el viento, la sonrisa fresca en sus labios… Pero no. Ella no volvería más. Miró su reloj: eran las seis menos un minuto. En ese momento recordó que habían olvidado decir el acostumbrado adiós la última vez. Su reloj marcaba las seis menos ocho segundos… siete… seis… cinco… cuatro… tres…

José Luis Romero Camarena
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 543

Yo Pantera


A Rafael

Hoy bajé de la montaña. Ya no siento la cólera a intervalos. Mi sangre es una oleada de furia permanente. No me moví con prisa, caminé lentamente por todas las veredas, por todos los caminos. Decidí divertirme. Gastar mis energías con bromas inocentes.

Penetré en las iglesias, y gruñí entre las sombras de los confesionarios. Destrocé los altares. En los parques, rompí las esculturas labradas en el mármol. Después me fui a la casa de los grandes actores, los de las plataformas, los de los estandartes, los que usan las palabras cambiando los sentidos. Revolví los papeles cargados de secretos, y quemé los archivos. Puse especial cuidado en destrozar la silla del actor principal, después rompí las otras, las de los partiquinos. Más tarde fui a la bolsa y dispersé en el aire todos los mecanismos de comprar y vender, de subir y bajar. Después me he revolcado sobre las dalias sembradas en los prados, he comido violetas y también mariposas, y he bebido la sangre de los pájaros.

Me he echado a descansar. Desde aquí escucho el afilar de lanzas, el rumor de tambores, y veo de vez en cuando centellear los cuchillos, pero ya no estoy tensa, me he afilado las uñas por costumbre. Me desperezo. Lamo mi piel del polvo, y tumbada en un techo de pétalos marchitos, espero.

Sé que algún cazador furtivo atravesará mi costado. Y sé que mi sangre, derramándose en perezosos hilos, brillará bajo el sol.

Emma Teresa Armendáriz
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 535

Examen de conciencia


No soy hombre de mal humor. No. No es cierto que lo sea, como dicen por ahí. Pero el sólo hecho de tener que hacer esta declaración sobre mi carácter, me saca de las casillas. No hay derecho: me pone de un humor pésimo, exploto, doy un mordisco al lápiz con que escribo esta aclaratoria, araño el escritorio, pateo el cesto de los papeles que va a rebotar contra la pared del fondo, me arranco indignado un puñado de pelos de la nariz con la derecha y otro de la oreja con la izquierda, me meso los cabellos con furia, carraspeo, toso, escupo finalmente en la escupidera de bronce de la oficina que se pone a bailar con el impulso del escupitajo y se me pasa, viéndola lo alegre que da volteretas.

Bien: ¿he demostrado o no que soy un hombre de buen humor?

Baica Dávalos
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 532

Baica Dávalos (Argentina, 1919-Venezuela, 1983). Desde que Baica Dávalos llegó a Caracas en 1959 anduvo ejerciendo su pasión por la crónica, por la creación de las revistas culturales y por un magisterio vital compartido bajo el signo del riesgo. Digamos que Baica era como un adolescente perpetuo en diálogo continuo. Vivió en México varios años; allá publicó Papeles de Abundo  (1964). En Buenos Aires había dado a conocer Interregno (1968), mientras que en Venezuela nos entrega sus obras de madurez: La piel de las víboras (1968), Aparecidos (1973), La mar en coche (1976) y Entreverado (1979), cierra magistralmente su ciclo vital y da cuenta de su atribulado paso por las noches del azar.[1]


[1] Jiménez Emán, Gabriel. Relatos venezolanos del siglo XX. Selección, prólogo y bibliografía. Venezuela, Biblioteca Ayacucho, 1989, p. 228.

Escape imposible

Soñó una torre y en la torre una doncella. Soñóse entrando cauto por los oscuros ámbitos, hasta llegar al húmedo centro de todos los deseos. Gozaba la tierna entrega de la joven cuando el padre de ésta, erguido de furia y cegado ante la mancha caída sobre su honor, apareció en la puerta, puñal en mano. Quiso entonces el soñador despertarse, más el anciano, con calma terrible y el puñal dispuesto al ataque, dijo: “Nadie puede escapar de un sueño”.

Y descargó el golpe.

Federico Patán
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 529

La muerte

Vestido de negro con sombrero de copa y bastón salgo a la calle donde todos se inclinan a mi paso.

Nadie sabe que soy la muerte.

Enamoro una mujer. La llevo a mi habitación y hacemos el amor.

Al día siguiente me visita. Coloca flores sobre mi tumba y llora largamente.

Julio C. Sánchez
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 523

Anti-historia

Buscando demostrar que el mundo era redondo, partió en breve nave a un largo recorrido. Un viento propicio lo empujaba, de modo que en un tiempo prudente llegó al umbral de las respuestas. Allí, la nave precipitose en el vacío. Los sabios ocultaron la muerte del héroe.

Federico Patán
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 522

Lucas, sus sueños


A veces les sospecha una estrategia concéntrica de leopardos que se acercan paulatinamente a un centro, a una bestia temblorosa y agazapada, la razón del sueño. Pero se despierta antes de que los leopardos hayan llegado a su presa y sólo le queda el olor a selva y a hambre y a uñas, con eso apenas, tiene que imaginar a la bestia y no es posible. Comprende que la cacería puede durar muchos otros sueños, pero se le escapa el motivo de esa sigilosa dilación, de ese acercarse sin término. ¿No tiene un propósito el sueño, y no es la bestia ese propósito? ¿A qué responde esconder repetidamente su posible nombre: sexo, madre, estatura, incesto, tartamudeo, sodomía? ¿Por qué si el sueño es para eso, para mostrarle al fin la bestia? Pero no, entonces el sueño es para que los leopardos continúen su espiral interminable y solamente le dejen un asomo de claro de selva, una forma acurrucada, un olor estancándose. Su ineficacia es un castigo, acaso un adelanto del infierno; nunca llegará a saber si la bestia despedazará a los leopardos, si alzará rugiendo las agujas de tejer de la tía que le hizo aquella extraña caricia mientras le lavaba los muslos, una tarde en la casa de campo, allá por los años veintes.

Julio Cortazar (De su libro “Un tal Lucas”)
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 509

Amor

—Dime Mariaelena: ¿es verdad que me amas como a nadie? ¿Me quieres, no es cierto? ¿Es esa la real verdad, no?

La estatua lo miró con aire de compasión, y le dijo:
—¡Oh, vaya que es verdad, te amo como a nadie, te adoro, eres todo un Dios para mi!

Emocionado, el hombre abrazó a la estatua, tan fuerte como pudo, y ésta, que era de yeso, se deshizo poco a poco, hasta no ser más que un montón de polvo.

Dalia Maisner Bush (12 años)
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 505

Subraye las palabras adecuadas


Una mañana tarde noche el niño joven anciano que estaba moribundo enamorado prófugo confundido sintió las primeras punzadas notas detonaciones reminiscencias sacudidas precursoras seguidoras creadoras multiplicadoras transformadoras extinguidoras de la helada la vacación la transfiguración la acción la inundación la cosecha. Pensó recordó imaginó inventó miró oyó talló cardó concluyó corrigió anudó pulió desnudó volteó rajó barnizó fundió la piedra la esclusa la falleba la red la antena la espita la mirilla la artesa la jarra la podadora la aguja la aceitera la máscara la lezna la ampolla la ganzúa la reja y con ellas atacó erigió consagró bautizó pulverizó unificó roció aplastó creó dispersó cimbró lustró repartió lijó el reloj el banco el submarino el arco el patíbulo el cinturón el yunque, para luego antes ahora después nunca siempre a veces con el pie codo dedo cribarlos fecundarlos omitirlos encresparlos podarlos en el bosque río arenal ventisquero volcán dédalo sifón cueva coral luna mundo viaje día trompo jaula vuelta pez ojo malla turno flecha clavo sen brillo tumba ceja manto flor ruta aliento raya, y así se volvió tierra.

Luis Britto García
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 502

Lamentaciones extemporáneas

Hubiera sido agradable tratar a cada uno de los habitantes de este planetoide (cuando menos permutar adioses) para engrandecerme y subsanar mi atroz melancolía.
Ahora, desde mi estatua de mármol ya no es posible.
Pero no lo deploro.
A cada paso, niños y ancianos cruzan guiños de complicidad conmigo.

Marco Aurelio Carballo
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 497

Amor

Pierrot entona una romanza apasionada; la luna se ruboriza y, guiñando un ojo, se cubre con un antifaz de oro.
En el carnaval de la noche, Pierrot se despoja de su indumentaria habitual, la cambia por un antifaz de astronauta y parte raudo al encuentro con su amada, la reina de la noche.

Salvador Herrera García
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 494