Las superficies del cristal

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Una ventana no es más que eso: una ventana. Y sin embargo, imperceptible, toda la vida se agolpa de pronto entre sus marcos. Una ventana, entonces, no es más que eso: un espejo sin fondo, que a veces, bien mirado, parece una ventana.

Armando Pereira
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 384

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Los beneficios de la costumbre

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Esta tarde el techo de mi casa podría caerse. Podría caerse sobre mi cabeza. Abrir un hoyo en el piso y arrastrarme bajo tierra. Diez, veinte, treinta metros bajo tierra, lo suficiente para no volver a salir de allí. ¿Quién ha dicho que el aire o la luz son necesarios? ¿Quién se ha empeñado en hacernos vivir entre los otros? Esta tarde no ha sucedido absolutamente nada y es precisamente eso lo que la hace especialmente detestable. Las cosas sólo suceden en los periódicos nunca en un rostro o en un cuerpo. Las caras de la gente con la que me cruzo por las calles son exactamente las mismas de ayer o de hace un mes o un año. Nadie se atreve a detenerse un día a mitad de la tarde y abofetear al primero que pase o sacarse el pito y mear junto a un fatol entonando in tota voce el “Adiós a la vida” de la Tosca. Nadie fuma los cigarrillos al revés o camina de cabeza. Nadie compra el periódico y se sienta a cagar (y a leerlo plácidamente) a mitad del zócalo. Esta tarde es exactamente como todas las tardes. ¿Quién puede negarlo? Y después de vivir treinta o cuarenta años con la corbata al cuello y el maletín bajo el brazo, no me cabe la menor duda que terminaremos por acostumbrarnos. Nos hemos acostumbrado a tantas cosas: la bomba atómica, por ejemplo, las fábricas, los campos de concentración o una bonita lámpara de piel de judío. ¿Por qué no acostumbrarnos a una tarde como ésta?

Armando Pereira
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 338

Actuación en familia

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Cuando alguien, en las reuniones de familia, lo llama tío, invariablemente busca detrás de él al aludido, al verdadero tío de sus sobrinos, al que pueda mirarlos como necesariamente mira un tío. Él, sin lugar a dudas, no puede ser el tío de nadie, y todas esas palabras aparentemente dirigidas a él no hacen más que facilitar la escenificación de una farsa. Es como si su familia nunca hubiera sido su familia, como si un buen día hubiera caído allí, en medio de todos ellos y se hubiera visto obligado a participar del juego. Le asignaron un papel; al parecer, el papel del tío, y ahora inevitablemente tiene que representarlo, como un buen actor, hasta el final de la obra.

Armando Pereira
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 334

El que no soy

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Desertar de mi propia imagen, dejar de ser este que soy, negarme a reconocerme en el que nombran los otros cuando me nombran, mirar el vacío en lugar de la imagen cotidiana que proyecta el espejo. Salir de mí como se abandona una casa en la que se ha vivido siempre, dejando que el moho opaque lentamente objetos y recuerdos. Cambiar de nombre y de filiación, inventarlos. Vivir intensamente un mundo ficticio hasta hacerlo más real que este pequeño mundo de todos los días. No más domingos con mamá y paella y los inolvidables recuerdos de la abuela. Sacudirse de una vez por todas los viejos amigos y las viejas ideas, la condescendencia, los buenos días, la sonrisa a tiempo, la oficina, el sindicato, las habituales prácticas conyugales, la tierna sonrisa de mi hijo. Mandarlo todo por un tubo. Y saber al fin que no soy éste que soy, éste que los otros han querido que sea.

Armando Pereira
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 69

Los beneficios de la costumbre


Esta tarde el techo de mi casa podría caerse. Podría caerse sobre mi cabeza. Abrir un hoyo en el piso y arrastrarme bajo tierra. Diez, veinte, treinta metros bajo tierra, lo suficiente para no volver a salir de allí. ¿Quién ha dicho que el aire o la luz son necesarios? ¿Quién se ha empeñado en hacernos vivir entre los otros? Esta tarde no ha sucedido absolutamente nada y es precisamente eso lo que la hace especialmente detestable. Las cosas sólo suceden en los periódicos, nunca en un rostro o en un cuerpo. Las caras de la gente con la que me cruzo por las calles son exactamente las mismas de ayer o de hace un mes o un año. Nadie se atreve a detenerse un día a mitad de la calle y abofetear al primero que pase o sacarse el pito y mear junto a un farol entonando in tota voce el “Adios a la vida” de la Tosca. Nadie fuma los cigarrillos al revés o camina de cabeza. Nadie compra el periódico y se sienta a cagar (y a leerlo plácidamente) a mitad del zócalo. Esta tarde es exactamente como todas las tardes. ¿Quién puede negarlo? Y después de vivir treinta o cuarenta años con la corbata al cuello y el maletín bajo el brazo, no me cabe la menor duda que terminaremos por acostumbrarnos. Nos hemos acostumbrado a tantas cosas: la bomba atómica, por ejemplo, las fábricas, los campos de concentración o una bonita lámpara de piel de judío. ¿Por qué no acostumbrarnos a una tarde como ésta?

Armando Pereira
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 254

Armando Pereira

Armando Pereira

Nació Guatemala el 7 de julio de 1950. Estudió la licenciatura y maestría de lengua y literaturas hispánicas en la FFyL de la UNAM, en la que actualmente es profesor de literatura hispanoamericana. Investigador del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM y del SNI. De 1990 a 1992 fue jefe de redacción de la Revista Universidad de México. Premio Nacional de Ensayo José Revueltas 1976. Ha colaborado en Alero (Guatemala), La Jornada Semanal, La letra y la imagen, Revista de la Universidad de México, Revista de la Universidad del Estado de México, Siempre!, y Vuelta.

 Obra publicada

Cuento: Ciudad sitiada, UAEM, 1982. || El inquisidor, Cuadernos de Malinalco, 1995. || Amanecer en el desierto, ERA, 1996. || El ruido del mar, ERA, 2005.

Ensayo: La concepción literaria de Mario Vargas Llosa, UNAM, 1981. || Deseo y escritura, Premiá, 1985. || La (otra) memoria del cuerpo, UAM, 1985. || La herencia de Foucault, Ediciones El Caballito/UNAM, 1987. || Graffiti, UNAM, 1989. || Ensayos heterodoxos, UNAM, 1991. || En torno al Nuevo Mundo, UNAM, 1992. || Hacerle al cuento, UAT, 1994. || Novela de la Revolución Cubana (1960-1990), UNAM, 1995. || La Generación de Medio Siglo, UNAM, 1997. || La escritura cómplice. Juan García Ponce ante la crítica, ERA, 1997. || Una España escindida: Federico García Lorca y Ramiro de Maeztu, FCE, 2003.

Novela: Las palabras perdidas, ERA, 1999. || El ruido del mar, ERA, 2005.

 Investigación: Diccionario de literatura mexicana. Siglo XX, UNAM, 2000[1].

 

Por la vertiginosa pendiente de las ciudades

Deseo despierta bajo las sábanas húmedas de sueño y de semen. Deseo bosteza. Deseo camina hasta el espejo y contempla sus enormes ojeras. Contempla la ciudad inmensa, cosmopolita, gris. Escucha las voces, los claxons, las sirenas de las fábricas, las trompetas y los tambores. Escucha la confusión de las lenguas. Deseo orina en el lavabo y el burbujeo amarillo y caliente lo hace reír. Deseo ríe y orina y contempla y escucha y defeca. Deseo saca la lengua por la ventana y prueba la suave textura del aire. Deseo baja (o sube) a la ciudad. Camina los parques y las calles, camina las gentes que lo cruzan inadvertidas, siguiendo una baba del diablo o un pagaré. Deseo salta y se asoma a los ojos abúlicos del adolescente. Deseo respira. Reconoce un espacio del que fue expulsado, reconoce y respira como engulléndolo. Deseo está en los pies que lo caminan. Es el paso y la voz, es el grito. Flota en el aire, ubicuo, como el fantasmático globo rojo de la infancia. Emerge de las alcantarillas. Desborda las casas y los parques. Deseo se instala en los intersticios de las palabras. Deseo toma (por asalto) la palabra. Dice su nombre y es el nombre. Deseo designa. Y transfigura. Deseo es espejo que desvela el rostro otro de la ciudad. Abre puertas y ventanas, como vulvas, y devora. Abre las piernas de esta página y te mira.

Armando Pereira
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 202