La imagen reflejada

La tarde, próxima a extinguirse. Yo estaba sentado en la cima de alto peñasco. A regular distancia, bajo mis pies, un pequeño laguito espejeaba; como si fuera un fotógrafo, acostado boca arriba hacia el infinito, retrataba las nubes de la tarde. Allá poco lejos, en un cerro parduzco, pastaba un ganado de ovejas que, enmarcado en el paisaje, le daba una tonalidad netamente campestre. Algo retirada, vi una silueta de hombre con un libro bajo el brazo y extasiado en la calma del terreno agreste. —¿Quién será?— me dije, ¿este soñador que prefiere venir a admirar la naturaleza, en vez de estar envuelto en el torbellino bullanguero de la ciudad? —¿Quién será?— me seguía preguntando, ¿este solitario con alma mística que quizá ora en el gran templo de la naturaleza o burilando un poeta bucólico, en vez de, en alguna cantina de la ciudad, rodeado con amigos alegres, brindando copas de aguardiente? Y caminé en su dirección. Fui bajando paulatinamente por el terreno donde crecían flores y yerbecillas de la montaña. Hasta mis oídos llegaba el de alguna paloma silvestre. —¿Quién será?— continuaba la interrogación, mientras mis pies hollaban la hierba. Con todo cuidado seguí mi descenso hasta llegar a la orilla del lago… ¡Sólo mi silueta vi, dibujada en las tranquilas aguas!…
El sol iba cayendo lentamente en el ocaso…

Julián Fernández Rendón
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 110

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