Raymundo Ramos

Raymundo Ramos

Raymundo Ramos: tiempo de aprendizajes

por Ulises Velazquez Gil

Hay tantas cosas que me gustaría comentar acerca de un escritor que, además de maestro y colega, ha contribuido a mi postrera formación, sea en la academia, sea en las letras mexicanas. Me refiero al poeta coahuilense Raymundo Ramos, quien celebra hoy sus 74 años de vida.

Nacido en Piedras Negras, Coah., en 1934, tuvo en Monterrey su primera formación literaria, misma que acabaría por inscribirlo en las grecas de las letras mexicanas, o mejor dicho, al rodearse de escritores de enorme valía como Alfonso Reyes y Julio Torri, descubrió que la literatura sería su escudo de armas. Para seguir con su formación profesional, viaja a la Ciudad de México, se inscribe en Derecho pero después toma el camino de las Letras. Algunos de sus compañeros de generación: Luis Rius, Salvador Elizondo, Huberto Batis y Beatriz Espejo, por decir algunos. Para los anales de las publicaciones universitarias, la aparición de Memorias y autobiografías de escritores mexicanos (parte de su tesis de licenciatura) en la benemérita Biblioteca del Estudiante Universitario, lo convierte casi de inmediato en un clásico. A partir de entonces, destacaría una de sus mejores facetas: la confección de antologías, de las que podemos mencionar, los Cuentos románticos, de Justo Sierra; Familia y patria, de Andrés Iduarte, y las sendas compilaciones poéticas Deíctico de poesía religiosa mexicana y Otros 1001 sonetos mexicanos, el cual realizó a lo largo de ¡¡cuarenta años!!, saldando una promesa hecha a su maestro Salvador Novo, quien lo incluyó en su respectiva antología, publicada por Porrúa en la colección Sepan Cuantos…

Además de esta labor, Raymundo Ramos ha navegado por las aguas de la creación literaria, sea en la poesía, sea en la narrativa. De la primera vertiente destacan obras como De la primera herencia, La prisión y su forma, Los arcanos de las islas, La balsa de la Medusa y el más reciente, Diadema para diez perlas irregulares, donde sigue demostrando sus dotes naturales para el soneto, forma poética -a decir verdad- de las más difíciles si las hay. Mientras que, por el lado de la narrativa, debutó con una pequeña compilación: Muerte amurallada, misma que generó gran expectativa por un incipiente escritor. Pero hasta aquí de historia literaria.

Cuando ingresé en 2000 a la carrera de Letras, luego del paro, tuve la fortuna de tenerlo como uno de mis primeros maestros. (Para ser sincero, sí sabía algo acerca de él, dado que leía sus artículos todos los sábados en el Unomásuno, pero nunca creí que me tornaría en alumno suyo.) El respeto del alumno hacia el maestro se tornó después en admiración mutua, cosa que siempre habré de agradecerle, a pesar de todo. En una palabra, cada momento que se vive con y por él, es un constante tiempo de aprendizajes, cuales quiera que éstos sean.

Francamente, no soy el más indicado para hacer una biografía en torno suyo, porque hay detalles que se me escapan y además sólo me asumo apto para la ordenanza bibliográfica, cosa que me distingue por los cuatro costados -y él lo sabe de sobra[1].

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De los cuentos contados dos veces

Fue hacia 1842, a fines de la Guerra del Opio. El mandarín Wang Wu llevó al embajador inglés sir Thomas Russell a la cámara secreta, extendió su índice apergaminado hacia el potro de las torturas y dijo:

—Milord, la filosofía oriental es arte de paciencia. Esa cuchilla que pende del techo tiene un filo que puede partir el ala de una mosca: desciende cinco centímetros en cada oscilación y sólo está separada del cuerpo de ese miserable inocente medio metro; en ese tiempo deberá su señoría decidir sobre el cierre de las puertas marítimas de su país al contrabando de Yin Tzu-Zu.

Antes del tiempo señalado el embajador Russell —sudoroso y alterado— exclamó:

—¡Basta, que desaten a ese hombre!

—Milord, ese hombre jamás ha estado amarrado, contestó el mandarín Wang Wu con una eterna sonrisa de flor de loto.

Raymundo Ramos
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 67