…de Salvador Herrera García 2

En torno a don Edmundo Valadés y a un libro…

Salvador Herrera García

 

Por 1977, radicaba en el Distrito Federal. Era yo asiduo lector de los cuentos de don Edmundo Valdés y, desde tiempo atrás, persistente colaborador de El Cuento, a través de correspondencia desde mi natal tierra veracruzana.

 Una tarde me dirigí a las oficinas de la revista en la avenida División del Norte- con un ejemplar de La muerte tiene permiso…Mi intención era solicitarle a don Edmundo me hiciera favor de firmarlo… Acudí varias veces, nunca lo encontré…

 A la quinta visita fallida, un muchacho que estaba a cargo de la oficina, me sugirió que le dejara el libro; anexé una nota que explicaba mi deseo y se lo entregué, aclarando que pasaría a recogerlo en días posteriores…

No me fue posible regresar. Pasaron los meses. Dejé el DF y regresé a radicar por una temporada a mi natal Catemaco, Veracruz… Casi me olvidé del libro…

Y un día, el cartero me dio la sorpresa. Llegó a mí un envío registrado…era de don Edmundo. … Contenía varios ejemplares de El cuento, con mini ficciones de mi autoría… y mi libro autografiado. Pero no era el ejemplar que llevé aquella tarde, maltratado por el uso; era otro nuevo, de edición reciente y nueva portada… Además de la atención de enviármelo, el maestro se tomó el trabajo de buscar y encontrar en su archivo -entre la nutrida correspondencia-, mis envíos y mi dirección postal…

Años después, tuve la oportunidad de agradecerle personalmente, ese generoso, atento e inolvidable detalle.

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img733Salvador Herrera García

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El primer sabor

Un día probamos el sabor del fruto prohibido. Fue la llave que nos abrió las puertas de todos los secretos. Cubrimos nuestra desnudez. Inventamos la palabra. Saboreamos lo dulce y lo amargo. Pudimos elegir entre el bien y el mal. Aprendimos a reír y a llorar. Supimos que ganaríamos el pan diario con nuestro trabajo. Sufrimos las fatigas del día y gozamos del descanso de la noche. Fue de nosotros el dolor, la angustia y también la alegría.

Hemos probado y conocido todo. Sin embargo, no olvidamos aquel primer sabor. Así, a veces, hastiado de todo lo que sabemos y probamos, le digo a Eva:

—Dame otro bocado de manzana.

Salvador Herrera García
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 289

Salvador Herrera García

 

 

 

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 Salvador Herrera García

( Catemaco, Ver. 27 de enero. 1959)

Estudió comunicación, letras y artes plásticas. Se ha desempeñado como creativo en agencias de publicidad, redactor de prensa, docente de enseñanza media y promotor cultural.

Fundador y primer director de la Casa de Cultura de Catemaco, Ver.

Coordina talleres de lectura y redacción. Es activista en la defensa ecológica de su entorno.  Realiza obra gráfica (pintura, grabado en madera y en linóleo)

Becario en dos, ocasiones del Programa de Estímulos a la Creación Artística de Veracruz, en el área Letras (cuento), del Instituto Veracruzano de Cultura, IVEC-CONACULTA.

Publicó La última Aventura, colección de relatos, en la Colección Cuadernos de estraza, l977.

Sonetos de su autoría se incluyen en el libro Antología poética de los Tuxtlas, IVEC, 1993.

Su texto Entre la magia y la bruma…estampas catemaqueñas, fue ganador en el Concurso Sergio Galindo para la publicación de obra, convocado por el Instituto Veracruzano de Cultura IVEC,  y publicado en 2007.

Ha publicado textos en las revista Punto de partida de la UNAM; El Cuento; Comunidad Conacyt; Revistas de revistas; Revista Los Tuxtlas. En los suplementos  El Búho,de Excélsior; Palabra otra y La Valquiria, de Diario de Xalapa, El Dictamen de Veracruz. Colaborador habitual de Palestra, semanario regional de los Tuxtlas[1].


[1] Datos enviado por el propio Salvador vía e-mail

…de Salvador Herrera García

El Cuento, don Edmundo Valadés y este escribidor…

Fue una gris y húmeda tarde  citadina,   allá por  los 70.  Solo —sin qué hacer, sin rumbo y sin novia— caminaba por San Juan de Letrán, cuando la pertinaz lluvia me obligó a entra a la Librería Zaplana…

De pronto, entre un altero de libros, una  revista  acaparó mi atención… Era El Cuento… Y ¡Oh sorpresa…¡ la publicación ofrecía una selección de cuentos de famosos autores,   ilustrados con finas viñetas…   Además,  repartidos en sus páginas había pequeños recuadros con mini ficciones enviadas por los lectores… Su director era el escritor  Edmundo Valadés. El Consejo de editorial lo integraban Juan Rulfo, Gastón García Cantú, Héctor González Casanova y don Andrés Zaplana…

Por entonces, yo,  lector asiduo y aspirante a cuentista, conocía la obra literaria de don Edmundo. Grata  emoción me habían  provocado su cuento La muerte tiene permiso, Las dualidades funestas y el tierno texto Adriana. Sabía de su brillante trayectoria periodística en Novedades y en Excélsior…

Desde ese encuentro con la revista, su lectura se volvió imprescindible…  Fue la chispa que, a muchos, nos hizo buscar antiguos borradores, reescribirlos, corregirlos, pulirlos y enviarlos con el deseo de verlos publicados en El Cuento. Nuestros envíos de mini textos eran frecuentes.  Y cada número nos traía la magia de la narrativa, pero, además, algo  insólito: las secciones “Correo del Concursos”  y “Cartas y envíos”, que cumplían  la función de un taller literario a distancia…

Los textos recibidos pasaban por el exigente tamiz de don Edmundo, quien personalmente los leía y valoraba, los aprobaba para su publicación o  rechazaba…Pero siempre el director, amablemente,  aclaraba, explicaba   por qué el texto no era publicado… Sugería y alentaba a los noveles escritores… Y  Qué grata sorpresa cuando veíamos un texto de nuestra autoría, impreso en las páginas de la fantástica revista…Este escribidor tuvo muchas de esas gratas sorpresas…

Durante mi larga estancia estudiantil y laboral en la ciudad de México, en varias  ocasiones busqué al maestro Valadés en la oficina de División del Norte, sin encontrarlo…Pero una tarde luminosa  —ya  con quehacer, con rumbo y con novia—  me encontré con  el escritor  en la redacción del diario Excélsior.  Fue la primera de dos enriquecedores charlas con uno de los narradores más importantes de la literatura mexicana contemporánea.

Entre el rítmico ruido de los teletipos,  la cálida y suave voz de escritor, reflejo de su personalidad amable y generosa, de amigo y maestro, me habló de libros, autores, cuentos…de su quehacer periodístico,  su pasión por el relato breve y de su interés  por difundir, sobre todo entre  los jóvenes,  la literatura de ficción…

Cuando me alejé del Distrito Federal, llevé conmigo la colección de El cuento,   que personalmente encuaderné y conservo en 13 tomos,  más varios  números sueltos. También poseo un ejemplar de La muerte tiene permiso, dedicado por su autor y una carpeta con recortes referentes a la revista y a su fundador….

Cuando don Edmundo falleció, pensamos que “… Colorín colorado…El Cuento había acabado…” Pero, afortunadamente,  no ha sido así… El espíritu de El Cuento, la obra de   difusión  iniciada por su ilustre fundador está vivo…  Ha cobrado nuevo impulso, ahora a través de internet y de otros proyectos, gracias a Alfonso Pedraza Pérez, cuentista, apasionado,  estudioso y promotor  de la mini ficción, quien  alienta la obra iniciada por el maestro Valadés

 Para que la imaginación continúe volando…y así, autores y lectores  continuemos, disfrutando de la magia prodigiosa del cuento y del relato breve.

Salvador Herrera  García,  Catemaco, Ver. 2013.

Salvador Herrera García

Salvador Herrera García

Declaración

Hoy te digo que te quiero. Que mis palabras no te causen extrañeza. Hace tiempo que te amo y me duele que aunque todos los caminos conducen hacia ti, yo no pueda alcanzarte.

Sin embargo es tanto mi amor que en mis sueños he recorrido la suave topografía de tus colinas y también tus catacúmbicas entrañas; y mis manos han palpado tus intemporales formas femeninas.

Sé que tienes levantado un arco triunfal que espera mi llegada y hará eco a mis palabras: “vine, vi y vencí”, y hasta un coliseo para amarnos ahí, eternamente.

Me he soñado dentro de ti en una noche lluviosa y cubierta de paraguas, caminando de tu mano por la Vía Apia mientras a nuestro paso se cruzaban los gatos callejeros, y esperar el amanecer ebrios de amor y de vino en una sórdida taberna del transtíber.

Y una tarde de dorado otoño sentir el fresco rocío de tus fuentes y llegar hasta la Plaza de San Pedro donde tú, gran pecadora, edificaste el más suntuoso templo para expiar tus culpas de disoluta adúltera y amarte de soldados, artistas, césares, emperadores locos y tiranos, y hasta de príncipes y papas de la iglesia.

Pero aún con todos tus pecados te amo, matrona milenaria que un día conquistaste al mundo y todavía sigues rompiendo corazones. Te amo por tu idioma y tu acento melodioso. Te amo desde que leí a Tito Livio; desde que supe que Rómulo y Remo y de la loba; desde que leí “Quo Vadis”, “Fabiola” y “Ben Hur” y de los que de ti contaban los primeros cristianos, después ahogados en el Tíber o devorados por las fieras de tu circo…

Te amo desde que supe que Rafael, Leonardo y Miguel Ángel maquillaron con arte sublime tu rostro de grandeza te he amado a través de las descripciones de viajeros, historiadores y poetas; de dibujos y cuadros que te han dedicado tus amantes… Y también por tus íntimos secretos revelados por Moravia en sus cínicos cuentos.

Espero, un día, endurecer las plantas de mis pies en tus calzadas y agotar las horas de mis días amándote en cada una de tus plazas. Y una noche lleno de ti, decirte: “bona será amore”.

Desde la distancia, te declaro mi amor eterna Roma.

 

Salvador Herrera García
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 182

Las rosas

En el sexto día de la creación, cuando el mundo había nacido, el tiempo que nació con el mundo, marcó el último momento de ese día… Dios se sentía insatisfecho, había creado el paraíso, al hombre y a la mujer en su máxima perfección… pero hacía falta algo, algo sublime y bello, más bello que el hombre, algo que ennobleciera e hiciera más hermosos el mundo y las edades.

Dios rasgó su túnica, pintó los fragmentos con rojo y blanco y amarillo, y así, en infinitas combinaciones creó la más bella flor del mundo: las Rosas. Entonces, Dios, satisfecho del hombre y de las Rosas, descansó el séptimo día.

Cuando transcurrieron las edades y el hombre pecó, el creador lo echó del paraíso y a los rosales los cubrió de espinas. Dios dijo a Adán:

—Ganarás el pan con el sudor de tu frente y si quieres acariciar mis rosas, tendrás que sangrarte tus manos con sus espinas.

… Y cuentan que desde entonces, las Rosas que embellecen la tierra, cubren su tallo con espinas.

Salvador Herrera García
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 610

Miedo

Desde Roma nos informan que el Moisés está a punto de arrojar las tablas de los Diez Mandamientos, como cuenta la biblia lo hizo en una ocasión.

La información agrega que las arrojará sobre todos quienes hayan transgredidos los Divinos Mandamientos.

El museo que guarda la estatua se apresta a rodearla con un grueso vidrio a prueba de golpes.

En el mundo cristiano cunde el pánico. Mucha gente planea usar corazas y cascos antigolpes. Ello es debido a que no hay nadie que esté limpio de culpa; y todos temen morir lapidados por las esquirlas de mármol lanzadas desde un museo de roma.

Salvador Herrera García
No. 76, Marzo-Abril 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 279

El último mensaje

Poco antes de morir el investigador Samuel Morse, su médico de cabecera recogió con su estetoscopio los últimos latidos del corazón del inventor del telégrafo. Eran sonidos arrítmicos y extraños.
Pasó mucho tiempo para que el médico llegara a la conclusión de que esos sonidos, codificados en clave telegráfica, contenían el último mensaje del célebre inventor que decía: “HA LLEGADO EL FINAL —PUNTO”.

Salvador Herrera García
No. 84, Noviembre-Diciembre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 443

Ternura

(a Gogo)

Soy blanca con alma de algodón, manos pacientes cortaron pequeños trozos de tela para formar mi cuerpo, mi cara, mis manos y mis piernas; y escogieron finas hebras de estambre para mis cabellos. No sé qué modista diseñó mi traje multicolor, es un traje clásico; el traje que toda niña vistió alguna vez.

Los rasgos de mi rostro fueron trazados con delicadez. Me han creado rubia o morena, de diversos tamaños y con gran variedad de vestidos, según el ánimo y posibilidades de mis creadores. Soy conocida universalmente; he sido la compañera fiel de muchas niñas. Manitas chinas, rusas, holandesas o americanas me han acariciado. No hay niña que no me haya tenido en sus brazos o por lo menos me haya deseado. He sido el ansiado regalo de cumpleaños, Navidad o Reyes; millones de ojos me han visto tras los escaparates de las jugueterías. Vivo en el sueño de todas las niñas del mundo.

Muchas veces, las mismas manos que tanto me acariciaron me han arrojado a un bote de basura, o me abandonaron entre los objetos antiguos e inservibles que se guardan en los desvanes; ahí los ratoncitos y demás alimañas han sido mi compañía.

En mí se ha reflejado el tierno sentimiento infantil de amor maternal. Mi cuerpo blando está esta amoldado a la forma cariñosa de las manos infantiles. Conmigo se han quedado, entre mi algodón blanco, los sueños de la infancia.

Morena o rubia, grande o pequeña, de cara triste o sonriente; vestida de seda o manta, soy la misma de siempre… soy la ilusión infantil. Soy “Ternura”, la muñeca de trapo con alma de algodón… y vibro de felicidad cada vez que me estrechan brazos infantiles.

Salvador Herrera García
No. 74, Octubre-Diciembre 1976
Tomo XII – Año XII
Pág. 89

Libertad

Creció con la obsesión de ser por siempre libre. Nunca quiso comprender que los seres humanos nacemos sin conocer la verdadera libertad; así probó todos los oficios; recorrió todos los caminos, buscando la libertad ansiada.

Intentó volverse gota de rocío, pero luego sería nube, después lluvia y en el mar quedaría prisionera. Se arrepintió de querer ser viento, cuando supo que estaría unida siempre a los huracanes; si se convertía en pájaro, perdería la libertad dentro de una jaula dorada.

Tomó la decisión de convertirse en Mariposa; fue tan fuerte su deseo que le salieron alas multicolores y bellas; entonces se sintió dueña de sí misma, y volando de flor en flor se sentía, al fin, libre…

Más, no se acordó de los coleccionistas, y un día sus alas toparon con una pared. Cuando estaba ya moribunda, preparada para una vitrina del Museo de Ciencias Naturales, comprendió.

Salvador Herrera García
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 793

La espera

Hace dos milenios vivió un hombre lleno de esperanza, fraternidad y amor.

Predicaba una doctrina extraña; aseguraba ser hijo de Dios y haber nacido para redimir al género humano. Los hombres no lo comprendieron; fue perseguido, hecho prisionero y condenado a muerte. Él prometió quedarse —en cuerpo y sangre— en el pan y vino para ser alimento de cuantos padecieron de hambre y sed.

Los hombres hicieron morir en una cruz a quien se decía Hijo de Dios, el Salvador…

La humanidad espera aún la redención prometida. Aquel hombre es recuerdo —y un poco de fe— en el signo de la cruz, estampas, plegarias y en sabor del pan y el vino. Y clavado de pies y manos espera que entre los hombres a quienes prometieron la redención y lo crucificaron, nazca alguien de buen corazón que se apiade de él y lo redima de su cruento sacrificio que ya dura dos milenios.

Salvador Herrera García
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 543

Un día de estos

Diariamente desfilan frente a mí centenares de personas, de nacionalidades diversas, que ocultan su hipocresía, egoísmo y maldad detrás de sus antejos y cámaras fotográficas.

Es un desfile interminable de seres que vienen a verme como una rara y curiosa pieza de museo. Pocos son los que me conocen en realidad, los que sienten el mensaje que mi gesto y actitud transmiten, y para ellos —a veces— cambio mi dureza por una sonrisa. Las luces de flashes y reflectores me caen como fuego; me toman desde diversos ángulos, me estudian detenidamente con curiosidad malsana. Gracias a que estoy tras una barrera protectora, me salvo de las manos que quisieran tocarme, palpar mi enmarañada barba, mi rostro duro, mis nervudos brazos, las venas de mis manos o los pliegues de mi túnica.

Los siglos han ido acumulándose sobre mi marmóreo cuerpo; mis músculos tensos no aguantan más; esta túnica me pesa inmensamente, cargada de polvo centenario, y a veces siento que mi cuerpo cruje, como queriendo realizar el movimiento que mi actitud promete…

Quizás no espere más. Un día, cansado de este desfile de autómatas que vienen a verme, mis piernas se alzarán, mis ojos cobrarán vida, toda mi musculatura desfogará la fuerza que contiene… y arrojaré las tablas de la ley, las de los Diez Mandamientos que —gracias a un escultor genial llamado Miguel Ángel— sostengo desde hace cuatro siglos. Las arrojaré sobre éstos que no las han respetado ni se acuerdan de ellas.

Y cuando esto suceda, yo seré solamente trozos de mármol; fotografías y dibujos de lo que fui: la estatua perfecta e imponente esculpida por un genio. Y quien quiera encontrarme o saber de mí, tendrá que buscar el nombre de MOISÉS en el capítulo del Éxodo, entre las páginas del Antiguo Testamento.

Salvador Herrera García
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 629

Amor

Pierrot entona una romanza apasionada; la luna se ruboriza y, guiñando un ojo, se cubre con un antifaz de oro.
En el carnaval de la noche, Pierrot se despoja de su indumentaria habitual, la cambia por un antifaz de astronauta y parte raudo al encuentro con su amada, la reina de la noche.

Salvador Herrera García
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 494

El capricho

Se eleva muy alto, muy alto; el chico le suelta el hilo, muchos metros de hilo. El papalote se aleja de la tierra y se pierde entre las nubes.

Por unos instantes el mundo se oscurece. El niño grita de contento; se ha realizado su capricho: tapar el sol con su papalote.

Salvador Herrera García
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 219

La bailarina

(A Olga)

Noche a noche, a la misma hora, como un ritual, la bella y dulce bailarina danzaba al compás de una suite de Tchaikowsky. Siempre a la misma hora, la misma música, los mismos pasos. Era tal la gracia de su danza que cautivaba a ese selecto grupo que noche a noche tenían el privilegio de verla bailar.

Una noche la música cesó de pronto. La frágil figura quedó inmóvil, con una pierna extendida, iniciando un paso que no terminó. Sus admiradores la olvidaron.

Ahora, la bailarina espera —arrumbada en una empolvada vitrina de bazar— que alguien se acuerde de ella, repare el complicado mecanismo de la cajita musical… vuelvan así a sonar las notas de Tchaikoswky, y ella reanude su grácil danza.

Salvador Herrera García
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 527

Mi resurrección

Me construyeron una recia madera negra de los bosques alemanes, por encargo de un hombre pobre, pero rico de corazón, quien con su ingenio y su trabajo tenaz me hizo crujir. De mis entrañas salieron las páginas de la primera Biblia, impresa en elegantes y bellas letras góticas.

Yo me sentía feliz al lado de mi dueño; los dos teníamos conciencia de nuestra misión, de lo que nuestro trabajo representaba para la humanidad. Pero, un día el usurero Juan Fust, quien proporcionó el dinero para mi construcción, me alejó del lado de mi noble dueño, quien a poco murió pobre y olvidado. Yo fui arrinconada y luego destruida.

Soy la Imprenta, mi noble dueño fue Johannes Gutemberg, cuyos restos, así como mis cenizas, descansan en algún lugar desconocido. Soy la madre de las máquinas impresoras de ahora, que hacen en un momento lo que yo tardaba años en realizar. El nombre de mi dueño: Gutemberg, así como el mío renacen de las cenizas, como el Ave Fénix, cada vez que en un lugar del mundo sale a la luz un impreso.

Salvador Herrera García
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 511

Sonidos selenitas

El primer hombre que posó sus plantas en la Luna llevó consigo, entre su equipo científico, una pequeña grabadora magnetofónica. Durante su excursión por los cráteres lunares hizo funcionar el aparato, a sabiendas de que en nuestro satélite no se propaga el sonido.

Al volver a la tierra, el astronauta y los demás científicos constataron con sorpresa que la cinta había registrado poemas, música y canciones que desde siglos atrás los terrestres le han dedicado a Selene.

Por supuesto, no faltan en la grabación maullidos de gatos, aullidos de lobos y de perros y hasta el infantil estribillo de “Luna, Luna, dame pan…”

Se dice que tan importante documento sonoro se guarda en los archivos secretos dela NASA.

Salvador Herrera García
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 647