Andante appassionato

“Eres el cielo esplendente de mi dicha”, expresó, exaltado, por encima de la sonoridad ondulante de la orquesta. Luego, sin poder resistir más la necesidad de tenerla entre sus brazos, para llegar hasta el balcón, donde ella lo esperaba, el tenor ascendió sobre la escala que, en ese momento, él mismo cantaba.

Roberto Bañuelas
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 630

Roberto Bañuelas
No. 118, Abril-Junio 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 161

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Muerte en Venecia


Sentado a la mesa entre opulentas mujeres del Tiziano y torvos condotieros del Giorgione, el cardenal desvía imperceptiblemente los ojos y los detiene en un rincón donde un paje parece soñar despierto. El cardenal sabe que a un ademán suyo el paje correrá a servirle más vino. Sabe que luego lo precederá por las logias, empuñando una tea, hasta su alcoba. Y que se arrodillará a sus pies cuando él le dé una bendición. Pero también sabe que él es, para el paje, el recuerdo anticipado que treinta o cuarenta años después ese muchachito tendrá de un viejo cardenal que lo miraba con ojos de dolor.

Marco Denevi
No. 118, Abril-Junio 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 249

Manos juntas

Está con las manos juntas. Ella, yo y la vida en otro sitio. Estamos ahí y aún en silencio nos entendemos: sé que a ella también le molesta el ruido y la luz y le necedad de quienes nos rodean. Quedo, muy quedo, le suplico: “No te vayas”. Me escucha sin responder y trato de convencerla: “Que voy a hacer sin ti”, insisto. “Me faltará tu fuerza, tu ternura. ¿Quién alentará el final de mis días agotados?”

Ella, desde donde está, permanece silenciosa. Yo, continúo viéndole las manos juntas a través del vidrio de su caja fúnebre.

María Jesús Barrera
No. 118, Abril-Junio 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 251

Trasmutación

Cuando Ernesto y Alicia arribaron al pueblo, se llevaban tan bien que el comentario general era que parecían dos hermanos. Diez años después, cuando se marcharon, se llevaban tan mal que todos llegaron a la conclusión que parecían marido y mujer.

Elsa Levy de Ramos
No. 118, Abril-Junio 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 243

Paciencia forzada

Son ya muchos los días de estar considerando la magnitud insolente del invierno. Recorriendo las calles pateo el tedio. Mientras maldigo al frío me detengo para mirar los anuncios de una compañía de viajes que promete el trópico, la descansada vida y un grupo de jóvenes mujeres hawaianas que bailan cadenciosamente en una actitud perversamente púdica de “mírame y no me toques”. Siento frío, casi me congelo, luego existo.

Roberto Bañuelas
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 256

Roberto Bañuelas
No. 118, Abril-Junio 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 226

Analogía

No deja de tener fundamento el comentario de que algunas mujeres son unas fieras.

Se despiertan hambrientas y con la melena alborotada.

Pasan el día gruñendo.

Y por las noches sacan filo a sus garras mientras vigilan la llegada del enemigo.

Elsa Levy de Ramos
No. 118, Abril-Junio 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 219

A lo Cortazar


Tomar el tenedor y comenzar a batir el huevo, con la monotonía manual, casi mecánica, de mover el cubierto en la sustancia gelatinosa… y darse cuenta de pronto de que no habrá huevo batido, porque la clara y la yema no sólo no se han revuelto sino que han escapado del tenedor, y en el plato hay un pollito piando.

Judith Solís Téllez
No. 118, Abril-Junio 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 205

Dos hijos


Un hombre tenía dos hijos. El mayor era virtuoso y cumplidor, el menor malvado y astuto. Cuando estuvo a punto de morir, los llamó y les dijo:

Sólo tengo dos cosas de valor: mi rebaño de camellos y mi bendición. ¿Cómo las adjudicaré?

Dame tu bendición —respondió el Hijo Menor—, porque podrá enmendarme. Los camellos, estoy seguro de que los vendería y derrocharía el dinero.

El Hijo Mayor, disimulando su satisfacción, dijo que trataría de contentarse con los camellos y un recuerdo piadoso.

Así se dispuso y el Hombre murió. Entonces el malvado Hijo Menor se presentó ante el Cadí y le dijo:

—Mi hermano me despojó de mi legítima herencia. Es tan malvado que nuestro padre le negó su bendición, como es sabido. ¿Cómo podría, entonces, haberle dado los camellos?

Así el Hermano Mayor fue obligado a entregar el rebaño y recibió un severo castigo por su rapacidad.

Ambrose Bierce
No. 118, Abril-Junio 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 200

No hay plazo que no…


Ni los médicos podrían precisar cuando cuánto tiempo, qué milagro dentro del estado de coma, cuánta agonía. El viejo sólo esperaba. La puerta del cuarto blanco se abrió y la figura de una mujer oscureció las paredes. El viejo suspiró: la había reconocido. Ella dijo:

—Discúlpame, viejo amigo. Tú sabes cómo es la ciudad y su tráfico. Pero ya estoy aquí para servirte

Eduardo Osorio
No. 118, Abril-Junio 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 198

La salada


La salada es una zona de múltiples y doradas dunas, desértica, pero habitada por un solo hombre llamado Hierofante, quien ya ha perdido la cuenta de los años, y que se dedica exclusivamente a la reconstrucción de los espejismos, productos oníricos de los habitantes de Ahaska. Hierofante se alimenta de pequeños lagartos, camaleones cornudos, piñones y su bebida es el toloache. Se dice que Hierofante gusta de embarazar a las solteronas durante las noches de luna nueva.

Roberto Castillo Uriarte
No. 118, Abril-Junio 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 196

El día que el crimen apareció en Pinkhills

“Sherif en Pinkhills, ¡vaya oficio más aburrido”, gruñó Brent para sus adentros. “Aquí nunca ha pasado nada, ningún crimen qué perseguir…”

La mano que sostenía la navaja de afeitar dejó de hacer su rítmico movimiento en la mejilla. Se miró al espejo. No se reconoció en esa mirada. En su cabeza, como cuando llega la noche, se instaló un pensamiento macabro.

Jesús Cabral
No. 118, Abril-Junio 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 192

Historia de un polígamo perdido

Ya comenzaban a circular las participaciones matrimoniales cuando invitó a su novia a la feria donde se exhibían monstruos y prodigios. Gustaron golosinas y rieron gracejadas; giraron en círculos y volaron como pájaros.

Su regocijo les llevó a la casa de los espejos. Él, polígamo fatal de vocación, caminó espejos adentro abrazando a todas las mujeres iguales a su prometida.

Aunque ella logró salir después de penosas tentativas, él quedó prisionero en un lago de azogue, perdido en un harem de imágenes insatisfechas.

Roberto Bañuelas
No. 118, Abril-Junio 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 185

Oficio

¿Por qué no escribir un cuento? —pensó Matiano— después de todo ahí están miles de palabras en el diccionario, basta con mezclarlas. Tomó el volumen y en las primeras páginas le saltó la palabra “ambages”. Leyó la definición. No, no nada que sonara a circunloquios podría servir, fuera ambages. En la B la palabra “banda” lo inspiró. ¡Claro, ahí estaba ya! “Había una vez una banda en un pueblo… el resto viene fácil. La C de calamidad, la D de desastre y la E de engañarse le hicieron perder el optimismo y pensar en la F de fatalidad.

No llegó más adelante y volvió obsesivo a la letra A, pensando en lo absurdo de su afán. Rápidamente recorrió el diccionario hasta llegar a la Z de “zapatero a tus zapatos” y feliz del hallazgo tomó su banquito, se sentó a la puerta donde había mucha luz, colocó tres o cuatro clavitos en su boca y martillo en mano continuó su interrumpida labor, clavando rítmicamente sobre una horma frente a él, la suela abierta de una bota de minero que le sonreía sarcásticamente.

Yolanda Zamora
No. 118, Abril-Junio 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 181

Microhistorias

1
Era un hombre imposible. Una tarde encaró a una ecuación, la degustó, penetró en ella. Poco después, por orden suprema de la lógica, se convirtió en un número imaginario.

2
—¿Fuiste a la escuela?
—Sí, mamá.
—¿Hiciste el mandado?
—Sí, mamá.
—¿Cierto que me quieres mucho, m´hijito?
—Sí, mamá.
—¿Dejaste a la Lupita?
—Sí mamá.
En el discurrir vibratorio el niño evocó una frase azarosa: “hay miradas que matan”. Y la miró.

3
Tenía avidez por conocer las sutilezas del sexo. Los dioses se apiadaron. Lo hicieron puerta de un festivo dormitorio.

Joseph Odara
No. 118, Abril-Junio 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 179

Es lo mismo todas las noches

Es lo mismo todas las noches: aparece ante mí de repente, con ese cuerpo provocativo y esa mirada sensual. Una y otra vez me insinúa, me llama, me invita… Yo permanezco sereno, imperturbable.

Es lo mismo todas las noches: siempre transmiten ese comercial poco antes de que yo apague el televisor.

Fernando C. Pérez Cárdenas
No. 118, Abril-Junio 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 157

El sapo


Salta de vez en cuando sólo
Para comprobar su radical
Estático.
Juan José Arreola,
“El sapo”, Bestiario

Al autor del Confabulario,
En sus 70 años

Nació entre la piedra y el charco, pesado como una roca musgosa y sorpresivamente ágil como el alud. Piedra y pedrada. Sueño viviente de las piedras, el sapo sueña a su vez con las piedras que lo soñaron; sueña nostálgicamente con el retorno a su origen rupestre, con el perfecto reposo, con la muerte sin nacimiento de la cosa. A diferencia de las señoras de tocador, el sapo sabe bien que la solución no es untar esas cremas y maquillajes hipócritas sobre la cara ajada, sino al revés: propiciar que el cutis se vuelva cada vez más rugoso y negroverduzco, hasta que se pudra y se sumerja, así, en el sueño y olvido definitivos de la piedra. Y para regresar a su origen, se mueve, brinca un poco de vez en cuando sólo para certificar su fracaso; que todavía no; que el compás de su garganta sigue vivo y atlético, sepultado bajo la masa pedregosa de su cuerpo; que sus ojos no se han cerrado y son todavía dinámicos y… saltones.

El pobre sapo se debate dramáticamente entre Heráclito y Parménides. Y se esconde bajo los arbustos, para contemplar de lejos, inflado de envidia, al sapo de piedra que se quedó escuchando, a una orilla de la fuente, boquiabierto y extasiado, las melodías cristalinas del agua.

Luis Ignacio Helguera
No. 118, Abril-Junio 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 155