La vida inútil de Manuel Antonio

Ante Manuel Antonio, la entrada a la mina era como una invitación. O un reto. Se abría oscura y casi redonda semejando una boca llena de admiración, o de terror, por lo que estaba allí próximo a suceder. Es probable que sólo se tratase de un bostezo de indiferencia con que la mina demostraba su total desprecio a la vida humana.

Ante la entrada, Manuel Antonio sabía que tenía que seguir mina adentro hasta localizar al pequeño Tavito, ya que la madre, doña Celia, se lo había pedido con lágrimas en los ojos:

—Manuel Antonio, sólo tú puedes salvarlo. Yo sé que tendrás que exponer la vida, porque el techo de esa vieja mina se te puede caer encima en cualquier momento, con cualquier motivo… Pero tú eres el único que conoce la mina y sé que eres noble; no harás oídos sordos a la súplica de una madre afligida.

Sí, Manuel Antonio conocía bastante bien la mina. Cuando todavía era un adolescente trabajó en ella ayudando a su padre, y cuando se nombró una comisión de trabajadores para que pidiera al patrón gringo mayores prestaciones, Manuel Antonio quiso formar parte del grupo y contribuir, siquiera con su presencia, al logro de algo tan importante. Pero la comisión no tuvo éxito y todos sus componentes fueron cesados sin más. Luego se vino la revolución y Manuel Antonio creyó llegada su oportunidad para hacer algo notable y de utilidad para su pueblo. Así que tomó un fusil y se fue a la bola, pero antes de haber podido disparar un tiro, fue alcanzado en el muslo derecho por una bala de procedencia desconocida, y para Manuel Antonio significó el fin de su intervención revolucionaria.

Ahora, a los sesenta años de edad, se le presentaba una nueva oportunidad de lograr su viejo anhelo de hacer algo importante. Salvar la vida de un niño lo era, ciertamente de modo que no pensó más y avanzó con resolución…

Un estruendo ensordecedor y una nube de polvo que salió por la boca de la mina anunciaron a doña Celia el derrumbe de ésta. Se llevó ambas manos al pecho, como queriendo contener los latidos de su corazón, y sus labios musitaron un “¡Dios mío!” que expresaba toda su angustia y desesperanza. El sonido de unos pies que se aproximaban corriendo la sacó de su estupor y al volver la cara vio a Tavito, que miraba sorprendido hacia la mina.

—¿Qué pasó mamacita? ¿Por qué se derrumbó la mina? ¿Quién está adentro?…

—¡Hijito de mi alma! —casi gritó doña Celia, abrazando a su hijo y palpándolo como si no creyera en su existencia— ¿De dónde sales? Creí que estabas adentro de la mina… ¡Oh, creí tantas cosas! ¿Dónde estabas?

—Estaba dentro de la mina mami. Es mi baticueva, ¿sabes?, y tengo una salida secreta por la que me escurro cuando me persiguen mis enemigos —explicó el niño orgullosamente—, Porque has de saber que cuando soy Batman tengo muchos enemigos…

—¡Ay, hijito, que desgracia! ¡Pobre de Manuel Antonio! Murió inútilmente el pobrecito…

Jesús Cisneros Palacios
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 684

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Propósitos de enmienda

Cerró fuertemente los ojos y se hizo el firme propósito de cambiar. Cambiar radicalmente su modo de ser y sus costumbres: a partir del momento en que tomó esta decisión no volvería a abusar de su condición de hacendado para explotar hasta el agotamiento la capacidad de trabajo de sus peones: no ejercería el falso derecho de pernada cuando se registrara un matrimonio entre la gente de su hacienda; no satisfaría más las urgencias de su libídine obligando a sus peones a entregarle sus mujeres, sus hijas, sus hermanas…; no permitiría que se vendieran a precios exorbitantes los artículos de sus tiendas de raya, ni consideraría las deudas por ese concepto como hereditaria; no volvería a golpear ni mandar azotar a ninguno de sus peones…

Abrió los ojos, pero no pudo ver nada: los cubría una venda que tenía anudada alrededor de su cabeza. Entonces recordó… y nuevo propósito le vino a la mente: jamás volvería a tratar de engañar a ningún general zapatista.

Pero ya estaba de espaldas al paredón de fusilamiento…

Jesús Cisneros Palacios
No 45, Septiembre-Octubre 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 719