Esperando el zarpazo

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El zamuro permanecía inmutable, apenas su negra capa se iba decolorando al lento paso de los días sin esperanza. Mi situación, sórdida y latente, no experimentaba cambio alguno a no ser la gradual convicción del cercano fin. Una constante: la oscura presencia del zamuro. No tenía necesidad ni de recurrir a la simbología ni de enredarme en complicadas deducciones, todo estaba claro como limpio cristal: el señor capa negra esperaba mi muerte. En base a esto todas las defensas de mi maltratado organismo se orientaban el sentido de postergar el inevitable desenlace. Por un extraño mecanismo cuya razón no logro comprender —tal vez el instinto de conservación común a todos los animales—, el escurrirse del tiempo fue aumentando mi resistencia llegando en el paroxismo a convertirme en un ser sordamente agresivo. Sabía que soportaba más allá del límite de mis fuerzas normales. El prolongado ayuno no había disminuido mi poder perceptivo, al contrario, lo había afinado. Con el tiempo y la ejercitación logré captar claramente la respiración del zamuro, sofocada durante el cálido día, calmosa durante la noche. Mi vista apreciaba el más leve movimiento de su capa, el más tenue brillo de una de sus plumas.

Mi posición no era muy favorable, confinado a una húmeda y sombría cueva. Boca arriba, paralizados todos mis movimientos, contemplando la insistente espera del podrido caballero de la negra capa. Como fondo de aquel desconsolador cuadro un pedazo de cielo de un azul triste desteñido.

No sé cuántos siglos se fueron por la cloaca. Casi gris el zamuro envejece. El árbol torcido donde espera desde el primer día adquiere consistencia de piedra.

Otro día el viento sopló con furia de perro rabioso: presagio. La resistencia acumulada en mi cuerpo cristalizó en aullido. El zamuro cayó como manzana podrida: señal. Impulsado por un oculto resorte me incorporé con agilidad felina y avancé hasta la salida de la cueva. Comprendí. La espera había culminado. El otro era la víctima.

Ednodio Quintero
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 375

Adiós al amigo

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Lo despertó un golpe seco como si tocasen a una puerta: angustiosa llamada. Arriba un hombre empuña una pala. Nadie lo duda, eras un consumado artista, tus dotes histriónicas arrancan desde el vientre de tu madre, recuerda, cuando naciste todos aplaudieron pues recitaste de memoria los cantos de Kanvitú. Tu carrera en el teatro fue meteórica, increíble. No habrás olvidado aquel Hamlet que hizo llorar a las estatuas. Él desde dentro araña la puerta horizontal. El “Royal Shakespeare Company” te quedaba corto. Te llovían los contratos. Sin embargo no estabas conforme, ambicionabas el supremo acto: consagratorio por irreversible. La lluvia golpea el mugriento lomo de la tarde. Los hombres se protegen con sus altos abrigos oscuros. Lo sabíamos hasta la saciedad: eras inimitable; hasta en aquel agónico gesto, el público se levantó de los asientos y aplaudió con delirante histerismo hasta que las manos comenzaron a sangrar. Sentado en la última butaca pensé que habías dado el salto sin retorno. La mañana me sorprendió en el gigantesco teatro extrañamente vacío, silencio espeso. No sé, pero ahora que lo pienso de nuevo estoy seguro que fue una mosca que también se tragó su mentira. Pensaba felicitarte y darte un cálido-estrecho abrazo, pero tu gélida, pálida, exangüe mejilla.
Nunca sabremos —¡con certeza!— si inventaste a Kavintú o era la lluvia que nos azotaba, castigando nuestra criminal credulidad. En verdad, tenemos que reconocerlo: era una forma de negarte. Tal vez por eso en mi hombro pesabas como plomo. Tal vez por eso el hombre armado de pala se hizo el sordo sí percibió tu angustiosa llamada. Continuarás arañando sordamente hasta que te falte el aire.

Ednodio Quintero
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 374

Costumbres

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Siempre he pensado, y lo he sostenido con terquedad en mi cátedra de Derecho Romano, que el estado natural del hombre es la desnudez. Les advierto que no soy jefe de relaciones públicas de algún campo nudista, no es eso. Entre las costumbres de mi infancia conservo la de dormir sin prenda interior alguna, razón tal vez de la pureza de mis sueños, causa de mi naciente tuberculosis. Pero me estoy desviando del asunto, dándome aires de Byron en Fórmula Uno. Quería contarles, eso trato torpemente de hacer, quería contarles que hace algunos meses, no me pregunten cuántos, decidí prescindir del uso de ropa por el resto de mi vida. Desnudo bajé hasta la calle y un esplendoroso día me salió al encuentro. El sol se divertía lamiendo tibiamente mis partes impuras —digo impuras sólo por llevarme la contraria. La gente pasaba con prisa como si el mundo se acabara mañana. No es de extrañar que nadie se haya fijado en mí; cada uno anda enterrado en su cochino mundo interior, escudado tras los lentes deformantes de su mediocridad progresiva. Recorrí calles atestadas de harapientos mendigos, parques donde furtivas parejas simulaban hacer el amor, plazas con estatuas de héroes que…; en fin, iglesias, cines, escuelas, mercados, burdeles; como decir veredas, llanuras, laderas y caminos reales. Aburrido regresé a mi madriguera, mi deshojado (adánico) comportamiento no había alterado lo más mínimo el monstruoso engranaje. Decepcionado me convertí nuevamente en un vulgar ser de calzoncillos, corbata, sombrero. Cuando salí a la calle la gente desnuda me miraba como a bicho raro.

Ednodio Quintero
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 373

La tercera

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(Cuento escrito a fines del siglo pasado)

Esta es la foto de nuestro único hijo, muerto cuando apenas contaba cinco años. La voz de la anciana sonó lejana, terrosa, desolada, mientras pasaba su huesudo dedo por la amarillenta fotografía. Había aceptado con gusto la invitación de la simpática familia para pasar un par de días en la granja situada no lejos del pueblo. Volví a mirar la foto colgada indefensamente en la pared de la biblioteca y mi curiosidad se cambió por un momento en silencioso terror. Me tranquilicé un poco pensando que la buena señora me tomaba el pelo. Allá afuera la tarde patalea entre las flores del podrido jardín. Escruté el rostro de la vieja buscando la sonrisa rectificadora de la insólita afirmación. ¡Nada! Ahí estaba, serena, sus ojos apagados, sin chispa de vida.

Aquella noche no pude dormir, la cara del perro pegada a la pared me estuvo martillando hasta el amanecer.

Cuando el sol irrumpió en la habitación mi confusión se había canalizado hacia dos posibilidades. Primera: el matrimonio ante la imposibilidad de tener hijos había adoptado el perro. Segunda: la mujer efectivamente parió el perro. Esto último no tendría nada de raro, es lo más frecuente. Me levanté ante la llamada indicadora del inminente desayuno. Esperen, existe otra posibilidad, la vislumbré al final del desayuno cuando todos nos echamos a ladrar.

Ednodio Quintero
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 372

35 mms.

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Fue en los tiempos de la fiebre fotográfica. La cámara era mi inseparable compañera, cómplice de mis más sutiles aberraciones. Nunca me podré explicar cómo aquella mujer, increíblemente hermosa, apareció en mi improvisado estudio. Clic. Hablaba de un extraño viaje por un bosque repleto de pájaros y chillidos de monos. Hablaba sin parar y tuve que gritarle para hacerle entender que quería fotografiarla —aunque ya había accionado el disparador más de tres veces. Ella asintió y siguió contando de su caminata por la orilla de un profundo río, clic, poblado de hambrientos caimanes. Comenzó a desnudarse, clic, clic, clic, y yo como un loco corría por la habitación agotando los ángulos, apretando la 35 mms, disparando mi ocular-metrallleta mientras un tigre-relámpago caía suavemente sobre un colchón de hojas secas.

La bella mujer se despidió con un hasta luego y me quedé con la oscura convicción de que no la vería nunca más. Sentí náuseas, y en mi cuerpo el cansancio de un combate perdido —como si atado a la cola de un caballo me hubiesen arrastrado por las empedradas casi calles de mi pueblo.

No sé en qué momento nació el presentimiento, ardía en deseos de confirmarlo. Corrí por los ácidos, bajé las persianas, apagué las luces y me hundí en el simple rito de revelar el singular rollo. Poco rato después, las fotos regadas en el piso me mostraban árboles gigantescos, pájaros de variados colores, chispeantes caídas de agua, huellas de pisadas entre el monte, un hermoso tigre saltándome a la cara…

Ednodio Quintero
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 371

Cacería

Permanece estirado, boca arriba, sobre la estrecha cama de hierro. Con los ojos apenas entreabiertos busca en las extrañas líneas del techo el comienzo de un camino que lo aleje de su perseguidor. Durante noches enteras ha soportado la tenaz persecución atravesando praderas de hierbas venenosas, vadeando ríos de vidrio molido, cruzando puentes frágiles como galletas. Cuando el perseguido está a punto de alcanzarlo, cuando lo siente tan cerca que su aliento le quema la espalda, se revuelca en la cama como un gallo negro que recibe un espuelazo en pleno corazón. Entonces el perseguidor se detiene y descansa arrecostado a un árbol esperando que la víctima cierre los ojos para reanudar la cacería.

Ednodio Quintero
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 321

La muerte viaja a caballo (cuento al estilo del Far West)

El abuelo sintió que la muerte se aproximaba. Entonces se armó con su gastada escopeta. Parapetándose tras la ventana. Entre los alisos, por el pedregoso camino paralelo al río, surgió el jinete en un frenético galopar. Traería el polvo y la sed y el sudor y el hambre de una larga jornada. Cuando estuvo a tiro de escopeta, el abuelo apretó los dientes y disparó. El caballo se paró en seco. El jinete se llevó las manos al pecho, se dobló lentamente y cayó mordiendo el polvo, de espaldas al sol. Corrimos a recoger al caído. Mi tío, con la sucia punta de la bota volteó de un golpe el rostro del jinete, y en la tarde de verano, de frente al sol, brilló la destrozada cara del abuelo.

Ednodio Quintero
No. 68, Enero-Marzo 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 198

Huida

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Despertó sobresaltado. Se miró las uñas sorprendiéndose de encontrarse vivo luego de feroz combate. Conservaba una noción un tanto vaga acerca de las oscuras motivaciones de la huida. Salto gigantesco hacia un lado, irremediablemente otro lado, norte quizá. Zona vedada a su desgarramiento.

Al regreso del cafetín, todavía con el amargor en los labios, continuaba golpeándole la imprecisa, insatisfecha, ansia de entender. Algo de culpa en el involuntario, casi imperceptible, movimiento en sus manos, garras. Inesperado brillo en el oscuro rincón de su mente aletargada. No. Negado cambio de planes. Corrió. Exhausto llegó frente al espejo maldito, puerta entreabierta hacia su naciente locura. Suavemente pasó la mano sobre la superficie lisa, engañadoramente húmeda: no hubo correspondencia.

Ednodio Quintero
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 47

El viaje

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Al fin, después de tantos años la pareja estuvo lista para iniciar el viaje. Todos los preparativos anteriores se habían frustrado ante un olvido de último momento. Esta vez habían tomado en cuenta el más mínimo detalle. Conservaban el propósito de partir sin que sus vecinos se enteraran. Sin embargo en la esquina se arremolinaba un montón de curiosos cuando pasó el coche fúnebre.

Ednodio Quintero
No. 52, Abril 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 756

Gallo pinto

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Mi tío tenía un gallo pinto que comía alacranes vivos. El domingo de ramos lo llevó a la gallera, le buscó enemigo y cazaron la pelea. A los primeros aletazos, del cuerpo del gallo pinto comenzaron a salir alacranes que se comieron al otro. Cundió el pánico y a mi tío le metieron tres balazos. Nadie asistió a su entierro pues todos abandonaron el pueblo. Del cuerpo del gallo pinto seguían saliendo alacranes que se comían las casas, los árboles, las estatuas.

Ednodio Quintero
No. 52, Abril 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 756

Tatuaje

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Cuando su prometido regresó del mar se casaron. Él había aprendido el arte del tatuaje y alguna otra cosa. Dibujó con sumo cuidado —en el vientre de ella— un hermoso puñal. El hombre murió una tarde y ella pasó muchos días nadando en lágrimas. El otro comenzó a rondarla. Tanto insistió que al fin ella cedió. Nunca se supo explicar cómo el hombre desnudo se le quedó muerto encima, atravesado por el puñal.

Ednodio Quintero
No. 52, Abril 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 756

Muñecas

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Cuando murió mi hermana la enterramos junto con sus muñecas para que le hicieran compañía. Ahora, después de noventa años de aquello, pienso que —¡estoy seguro!— las que murieron fueron las muñecas y enterramos a mi hermana para que les hiciera compañía.

Ednodio Quintero
No. 52, Abril 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 754

Coleccionistas

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Un hombre coleccionaba alacranes y un alacrán coleccionaba hombres. Una tarde los dos coleccionistas se encontraron. Hablaron de sus respectivos pasatiempos. Comprendieron la importancia de la nueva pieza a cobrar. Y se pusieron de acuerdo: cara o sello.

Ednodio Quintero
No. 52, Abril 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 756

TV

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Una niña vio en la TV el sacrificio de un bonzo. Entonces buscó su única muñeca, la bañó en gasolina y le dio fuego. Cuando llegaron los bomberos todo el barrio estaba en llamas.

Ednodio Quintero
No. 52, Abril 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 754

Duende

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Un anciano sátiro sedujo a su nieta de once años y la preñó. En la casa nadie se enteró del incidente. La muchacha enfermó quejándose de horribles dolores. La gente dijo: ¡brujería! El anciano agarró su afilado machete y rasgó el vientre de su nieta para sacarle los duendes.

Ednodio Quintero
No. 52, Abril 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 754

La vaca

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Mi abuelo tenía una vaca que se alimentaba de morocotas. Un día la vaca amaneció muerta a la orilla del río y los zamuros se la comieron. Mi abuelo agarró la escopeta y se pasó el resto de su vida cazando zamuros.

Ednodio Quintero
No. 52, Abril 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 754

Ednodio Quintero

Ednodio Quintero

 Nace en El Resbalón en Las Mesitas, parroquia General José Félix Ribas, en el Municipio Boconó del Estado Trujillo. Desde poca edad empieza a recorrer otros poblados de la región: Niquitao, Boconó,La Quebrada, Burbusay, entre otros, en compañía de su padre Felipe Quintero.

Luego vive en Mérida sus primeros años de estudiante universitario. Hace estudios en Bélgica becado por el Estado venezolano. Obtiene el título de ingeniero forestal y  se desempeña como profesor dela Universidadde Los Andes.

Ha dado a conocer una extensa obra como narrador a través de publicaciones nacionales y extranjeras. Ha publicado: La Muerte Viaja a Caballo (1974), Volveré con mis Perros (1975), El Agresor Cotidiano (1978) y La Línea de la Vida(1988), extraordinarios volúmenes de cuentos que luego reescribirá y reeditará en Cabeza de Cabra y Otros Relatos (1993), los cuales le han valido reconocimiento por parte de críticos y lectores.

Su primera novela fue, La Danza del Jaguar (1991), la cual sigue siendo uno de sus mejores textos narrativos y le granjeó estimación como escritor importante en Venezuela. En 1991 publicó  una pequeña novela: La Bailarina de Kachgar.  Publica en 1995 la novela breve El Cielo de Ixtab y un nuevo libro de cuentos: El Combate  por UNAM, de México, país que ha ido adquiriendo notable importancia para la difusión y creación literaria de este autor. En 1997 publica el Diario de Donceles. En el año 2000 da a conocer su valioso libro de cuentos El Corazón Ajeno y la novela Lección de Física.  La reescritura está siempre presente como una constante raigal en este autor. 

  Como ensayista publica porLa Universidad del Zulia dos relevantes libros sobre su ars poética y en torno a sus lecturas y reflexiones  De Narrativa y Narradores (1996) y Visiones de un Narrador (1997). En internet puede hallarse el ensayo “Escribir a Voluntad: La Libertadcomo Consigna”(2000), otra reflexión sobre el acto creativo del narrador en la contemporaneidad.

 Ha sido traducido a varios idiomas: inglés, francés, italiano y portugués. En el haber de sus premios figuran el de Cuentos de El Nacional, de Caracas (1975), y  el de la notable Revista El Cuento, de México (1974). En 1994 obtuvo el Premio “Miguel Otero Silva” dela Editorial Planetapor su novela El Rey de las Ratas, la cual consideramos una de sus obras menos afortunadas. En 1992  obtuvo el Premio de Narrativa Breve del ICI (Instituto de Cooperación Iberoamericana) por su libro Soledades y del Premio de Narrativa del CONAC (Consejo Nacional dela Cultura) porLa Danzadel Jaguar.

También ha incursionado en el cine como guionista de los films Rosa de los Vientos (1975) y Cubagua (1987).

Ha sido eficiente organizador dela Bienalde Literatura “Mariano Picón Salas” de Mérida junto con un grupo de entusiastas del arte literario y de los libros. Ha publicado para niños el hermoso cuento El Sur (2000).

Actualmente vive con un pie en Mérida y otro en México[1].

 

Crimen perfecto


De tanto leer novelas de crímenes aquel hombre terminó ideando el crimen perfecto. Se propuso poner en ejecución el infalible plan. Cuando todo estuvo listo se dio cuenta que le faltaba algo fundamental: la víctima. Obvió la dificultad girando el cañón de la pistola exactamente 180 grados. Apretó el gatillo. Sin embargo algo falló y el criminal fue castigado. Lo encerraron en un estrecho cajón y lo metieron tres metros bajo tierra. Que nosotros sepamos todavía no se ha escapado.

Ednodio Quintero
No. 86, Marzo-Abril 1981
Tomo XIV – Año XVI
Pág. 614