La competencia

Detuvo su alocada carrera para descansar unos instantes. Trató de detectar la cercanía de algún otro competidor, pero los impulsos de su larga cola le habían proporcionado, casi desde la salida, una cómoda ventaja sobre los demás. Se sintió orgulloso de su apéndice, más largo y flexible que el de todos los de su generación. No en balde se había pasado prácticamente toda su vida ejercitándose y preparándose para la gran carrera.

Mientras reanudaba su camino, un poco más tranquilo, no pudo evitar un estremecimiento al recordar que, después de todo, se acercaba al final de su vida. El objetivo final de la carrera era la muerte. Lo sabía, como todos, desde su nacimiento y había sido preparado para aceptarlo. Sabía también que para el triunfador de la carrera estaba prometida la otra vida. La vida eterna, según algunos. Una vida en otra dimensión, en otro universo, radicalmente distinto e imposible de imaginar, según otros. Una vida en la que seguiría siendo el mismo, pero a la vez sería otro, algo que no comprendía del todo pero deseaba creer.

Seguía nadando a toda velocidad y de pronto supo que estaba frente a su objetivo, aunque nunca antes lo hubiera conocido. Tal como decían las tradiciones, ahí estaba el pequeño agujero luminoso, justo del tamaño adecuado para que pasara por él. Pero ¿qué habría más allá? ¿Era posible que miles, quizá millones estuvieran condenados a muerte y sólo uno —el mejor— pudiera pasar? ¿Había realmente otra vida o, al revés de lo que se le había enseñado, sólo el mejor debería morir para que los demás sobrevivieran?

Mientras se debatía en la duda, un grupo de competidores se le adelantó. Uno de ellos, sin pensarlo mucho, se lanzó de cabeza al agujero y la luz desapareció. Sin embargo, el espermatozoide todavía pudo darse cuenta, antes de morir con los demás, que la cola del ganador no podía compararse de ningún modo con la suya.

Luis C. A. Gutiérrez Negrín
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 34

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Luis C. A. Gutiérrez Negrín

Luis C. A. Gutiérrez Negrín

Luis C. A. Gutiérrez Negrín

Nació en Mérida, Yuc., en 1952. Es ingeniero geólogo egresado del Instituto Politécnico Nacional (IPN) en 1974. Trabajó en el Consejo de Recursos Minerales (1973-1978) y en la Gerencia de Proyectos Geotermoeléctricos de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) (1979-2008), con sede en Morelia, Mich. También fue profesor en el IPN entre 1976 y 1980, y en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo entre 1993 y 1994. Actualmente es consultor independiente, Presidente de la Asociación Geotérmica Mexicana, miembro del Consejo Directivo de la International Geothermal Association (IGA), miembro del Grupo Directivo del Centro Mexicano de Innovación en Energía Geotérmica (CEMIE-Geo) y editor del boletín trimestral IGA News.

En la Gerencia de Proyectos Geotermoeléctricos de la CFE fue Jefe de la Oficina de Geología, Residente del campo geotérmico de La Primavera, Auxiliar Técnico de la Gerencia de Proyectos Geotermoeléctricos, Jefe de Recursos Humanos, Jefe del Departamento de Exploración, y Auxiliar Técnico de la Subgerencia de Estudios, de la Unidad de Control de Gestión y de la Subgerencia de Automatización, Telemetría y Control. Como parte de sus responsabilidades en esa gerencia de la CFE ha preparado 47 informes técnicos internos, que han aparecido con su nombre, así como otros 65 que han aparecido sin firma, todos ellos relativos a su trabajo en geotermia o en las áreas donde ha laborado. Ha preparado también, en conjunto con otros profesionistas o solo, otros 25 informes técnicos finales a contrato. Ha publicado 112 artículos y notas técnicos en español e inglés en revistas especializadas o de divulgación y memorias de congresos tanto nacionales como internacionales y ha impartido 26 conferencias técnicas y de divulgación en diversas instituciones, sociedades y universidades.

En el ámbito literario, en 1991 obtuvo el VIII Premio Nacional Puebla de Cuento de Ciencia Ficción con su cuento La Disuasión, en 1993 el Premio Guazacoalco del VII Certamen de Cuento Corto con su cuento El Regalo, en 1999 el primer lugar en el concurso de Cuento Fantástico del periódico La Voz de Michoacán, con su trabajo Altercado, en 2002 el tercer lugar del IX Premio Nacional de Cuento Carmen Báez por La Tertulia, en 2003 el primer lugar del X Premio Nacional de Cuento Carmen Báez con Los Cónyuges, en 2009 el primer lugar en el concurso del X Encuentro de Escritores en la Ribera “Chapala Puros Cuentos” con su cuento La Punición, y ese mismo año el segundo lugar en el concurso Leyendas de la Santa Muerte con su cuento El Olvido. Asimismo ha obtenido menciones honoríficas en otros concursos nacionales de cuento, como el Premio Nacional de Literatura Efraín Huerta (Género Cuento) en 1992, el II Premio Nacional de Cuento Carmen Báez en 1991, el Concurso Nacional de Cuento Otto Raúl González en 1994, el Concurso de Cuento del Cincuentenario de la Universidad Veracruzana en 1994, el concurso de cuento fantástico Criaturas de la Noche (1999) y otros.

Algunos de sus cuentos han aparecido publicados en revistas como El Cuento, Ciencia y Desarrollo, Conexión y Umbrales, así como en libros de antología como: Lotería de Cuentos, Más Allá de lo Imaginado (Vol. III), Principios de Incertidumbre, Criaturas de la Noche (Vol. III) y en las antologías del II, IX y X Premio Carmen Báez. Igualmente ha publicado un par de ensayos en la revista Panorama, editada por la Universidad Autónoma de Baja California Sur, y un par de artículos en La Jornada Semanal, suplemento cultural del periódico La Jornada[1].

 

[1]Semblanza enviada por el propio escritor vía e-mail

El regalo

La miro, mientras ella a su vez admira, arrobada, la brillante vidriera atestada de juguetes. Ajena a mi escrutinio, ajena al mundo entero, su mirada se pierde en ignotas fantasías estimuladas, además, por la bolsita de plástico ya casi vacía de cemento que lentamente ha resbalado de su mano.

Es una niña aún —ocho, diez años—, que no parece sentir el viento frío que cala hasta los huesos, pese a que sólo se cubre con un precario vestido color sucio. Los no tan escasos transeúntes a esas primeras horas de la noche, afanados en las compras prenavideñas, no reparan en ella. Quienes van inmersos en ese inacabable río de vehículos que circulan fluidamente por el eje vial, ni siquiera notan su presencia. Es invisible. No existe, a lo sumo es sólo una parte del paisaje cotidiano.

Poco a poco, la niña parece regresar a la realidad. Da una penosa media vuelta y se encamina hacia el arroyo, esperando una oportunidad de atravesar. Vuelve dos o tres veces la cabeza hacia el escaparate, como resistiéndose a dejar atrás tan magnífica visión. De pronto, de uno de los vehículos sale volando una caja envuelta en papel metálico para regalo, y queda tentadoramente sobre la calle a unos metros de la chiquilla. Ella echa a correr casi instantáneamente para recogerla. Intento correr también, o al menos gritarle, detenerla. Es inútil. No puedo moverme.

El resto es previsible. El chirriar de los frenos, el golpe seco, la súbita existencia de la niña que cobra inmediata corporeidad para todo el mundo. Algunos gritos. Las voces.

Siento un vacío en el estómago y un horrible sabor en la boca. Las piernas me flaquean, pero logro dar unos pasos para alejarme de la muchedumbre que ya empieza a juntarse (¿de dónde saldría tanta gente?), y entonces la veo. La caja de regalo está intacta. Trabajosamente me inclino a tomarla y la abro. No hay nada

Luis C.A. Gutiérrez Negrín
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 16