La muchacha del it

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Tenía un modo de mirar como si hubiera vivido mucho tiempo en Pekín. Hablaba siempre de ciencias ocultas y de negras quiromancias; pero sus palabras se contradecían, goteando como jugo de frutas entre sus labios carnosos.

Era fea, no tenía una silueta digna de Vogue y usaba una esencia que me privaba de sentirle tal como era, pero estaba llena de atractivos indefinibles. Los ingleses llaman a eso el “it”de una persona.

No la quería. Me había acostumbrado a ella. Un día cualquiera me dejó por un señor con anteojos de carey.

En el verano los hallé sentados en una pérgola junto a la playa. Y sentí celos. Después la vi repetir las mismas actitudes que, hacía algunos meses, me habían parecido encantadoras. También debía estar diciéndole cosas que yo conocía.

La sensación de que era la misma para todos y la certeza de que perdía el tiempo —el otro iba a tardar más que yo en comprenderla— fueron las que me impulsaron a lanzarme al agua para nadar, nadar hasta agotarme.

Yo estoy seguro de que existen los celos puramente físicos.

Carlos Vatier
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 663

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