Desvío de amor

Mientras miraba horrorizada el desmesurado crecer de su vientre, dejó de amar los ojos de fuego del centauro.

Guadalupe Olalde
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 339

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Guadalupe Olalde

Guadalupe Olalde 

Nació en Managua, Nicaragua en 1952, de padres mexicanos. Narradora y poeta. Licenciada y maestra en letras Hispánicas por la UNAM; cursó la maestría en biblioteconomía y una licenciatura en psicología clínica. Ha sido jefa de la biblioteca del Centro de Investigaciones Ecológicas del Sureste de San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Imparte talleres de redacción y creación literaria en la misma ciudad. Participó en la antología de escritoras mexicanas A través de los ojos de ella.

Obra publicada

Cuento: Olivos y acebuches, Gobierno del Estado de Chiapas/Instituto Chiapaneco de Cultura, 1993.|| Mar de cristal transparente, UAM Azcapotzalco, Libros del laberinto, 2005.

Novela: Con un padre me basta, Ariadne, 2000. || Muy íntimos quadernos, UAM Azcapotzalco, Libros del laberinto, 2005.

Poesía: Hablarán nuevas lenguas, Juan Pablos Juan Pablos/Unicach, 2000[1].

 

El monstruo

Hablaba a sus alumnos de psicología de aquel monstruo que recorría diariamente la ciudad dentro de su caparazón de fierro.

No se sabe ya, decía, si tiene pies o si caminó alguna vez, pero lo cierto es que se muestra terriblemente impaciente con los peatones que se cruzan en su camino; es como si desde la altura de su forro metálico ya no pudiera ver piernas y zapatos ni notar la diferencia de velocidad entre él y los demás.

Cuando los semáforos le dan el “siga” se desboca sobre el asfalto hasta que crujen las láminas y tornillos de su segunda piel. Completamente cerrado al exterior, el monstruo vive una realidad distinta, inmerso sólo en el ruido de la cajita estridente que lo llena de sensaciones vagas.

Tiene este ser una inhibida intimidad que aflora mientras aprieta el acelerador; entonces habla con libertad y el interlocutor mudo del cristal de enfrente lo conoce, a veces, como ser humano.

Con los ojos perdidos, seguía hablando el maestro al terminar el tiempo de clase y aún mucho después. Dense cuenta, gritaba, esta especie animal es capaz de oscilar del letargo romántico al ritmo de la velocidad, a la cólera absoluta ante la luz roja de un semáforo; padece siempre el peligro de un estado esquizofrénico.

El motor ultrarevolucionado del auto acompasaba sus gritos: ¡Imagínese, en ese estado de demencia, bien podría el alma de un objeto entrar al cuerpo del animal!

Sus pies nerviosos y torpes empezaban a perder la alternancia de los pedales, hasta que el ruido entero se detuvo de un golpe frente a la puerta de su casa.

Entonces quiso bajar del auto, pero su piel de lámina se pegaba a las piernas y brazos de goma que estaban por fin estáticos sobre el pavimento.

Guadalupe Olalde
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 191