El jurado

“Me los había bebido”, se dijo. Y apuñaló la frase con un suspiro. Abandonó el burdel, desalentado. Andaba ganoso, pero no era “la nueva” la mujer que buscaba. Y las otras se habían ocupado. Estaba buena la condenada. Si no fuera por esos ojos, cómo la hubiera gozado.

La vio acercarse, sinuosa. Y sintió caerle encima, como dos chorros de ajenjo, una mirada llena de promesas y esas cosas. Se estremeció hasta el fondo. Y allá abajo le brincó todito. No dijo nada, puso su tosca mano sobre el hombro de “la nueva”, como agradeciéndole el envite. Y se fue del bule, desalentado. Más que eso. Atolondrado por aquellos ojos de ajenjo, líquidos y calientes.

“Me los habría bebido. Seguro que me los habría bebido”, se repitió, con escalofríos en la voz. El pobre estaba “jurado”.

Eduardo Fernández López
(Martín Galas Jr.)
No. 40, Enero-Febrero 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 154

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