Fábula del mar en los ojos


Un hombre que era extranjero hasta de sí mismo se enamoró de una mujer extraña. Y se lo dijo. Pero ella era una mujer extraña. Si me quieres, le dijo, yo no sé si pueda quererte. La mujer tenía el rostro iluminado por un misterio hermoso y sin sobresaltos. Y, ¿cómo podré convencerte de que me quieras?, preguntó el hombre. Yo no conozco el mar, dijo la mujer, no conozco el bosque ni la selva. Sueño con orquídeas desde que las oí mencionar. He vivido en mi casa desde que nací. No he ido más allá de los límites de mi barrio.

En la expresión de la mujer había algo semejante a una tristeza serena, a un aburrimiento domesticado, a una desesperanza ya vieja y sin solución. Y, sin embargo, como quien trata de pescar ballenas en el manantial del traspatio, se atrevió a pedir:

—Llévame a ver el mar.

—De acuerdo —dio el hombre—. Empaca y nos vamos.

—Pero quiero ir a pie, desnuda y con una venda en los ojos.

—No verás el camino.

—Tú me guiarás.

—Pero entonces no podrás ver el bosque y las selvas: no conocerás las orquídeas.

—Quizá sí, a través de tus ojos.

—Y entonces, ¿me querrás?

—Antes de quitarme la venda, me describirás el mar. Luego cuando lo vea con mis propios ojos, sabré si puedo quererte o no.

Marco Tulio Aguilera G.
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 378

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Marco Tulio Aguilera Garramuño

Marco Tulio Aguilera Garamuño

Nació en Bogotá, Colombia, el 27 de febrero de 1949, segundo de los siete hijos de Marco Tulio Aguilera Camacho y Ruth Elizabeth Garramuño Candiotti. De una forma muy parecida a la narrada en la novela Breve historias de todas las cosas (primera publicación de Garramuño), los Aguilera Garramuño fueron a parar, una vez muerto el padre y después de una serie de peripecias casi propias de gitanos, a San Isidro de El General, Costa Rica. De Costa Rica Aguilera Garramuño regresó a Colombia a estudiar en la Universidaddel Valle en Cali. Allí cursó la carrera de Filosofía, mientras se dedicaba al atletismo como corredor de fondo, e inició su carrera de escritor.
Breve historia de todas las cosas apareció publicada en Ediciones La Flor en Buenos Aires en 1975 y fue elogiada de forma entusiasta por críticos de la talla de John Brushwood, Seymour Menton, Wolfgang Luchting, Raymond Williams, Germán Vargas, y por gran número de escritores, entre ellos Gustavo Álvarez Gardeazábal y Gabriel García Márquez. En el mismo año de 1975 Aguilera Garramuño terminó su licenciatura en Filosofía. De pronto se sintió desempleado y en la miseria, habitando un cuarto desastroso en el segundo piso del Grill Las Escalinatas, en Cali. Aprovechó la oportunidad para salir del país tras recibir una invitación de la Universidad de Kansas. La versión que explica por qué se dedicó a la literatura es la siguiente: se había entrenado para ganar una carrera importante de diez mil metros planos. Recuerda que su condición física era insuperable, pero ésta nada pudo contra la experiencia de otro corredor, quien administrando sus fuerzas lo dejó ir adelante, para dejarlo atrás en los últimos tramos de la justa. Tras el fracaso, abandonó su carrera atlética y se dedicó por completo a la literatura e inició estudios de violín, que lo acompañaron varios años.
Cuando salió para Estados Unidos llevaba unos cuantos cuentos y una novela que había sido comparada con Cien años de soledad, argumentos más que suficientes para hacerle sentir escritor a los 26 años de edad. Pasó dos años académicos en Lawrence, Kansas. La experiencia de Kansas le dio material para su novela Mujeres amadas. De Lawrence salió para Monterrey.
La experiencia en Monterrey le dio el material para su tercera novela, Paraísos hostiles. Como no tenía nada de dinero al llegar a Monterrey, se encontró viviendo en una novelesca casa de huéspedes que le sirvió como modelo para la dantesca casa de doña Bartola. Mientras vivía en Monterrey, presentó un cuento para el premio que ofrecía la revista La Palabra y el Hombre en Jalapa, Veracruz. Compartió el premio con Sergio Pitol y fue a Jalapa para recibirlo. Allí conoció al rector de la Universidad Veracruzana, Roberto Bravo Garzón, quien le ofreció trabajo. Así que en 1980 se mudó a Jalapa con sus pocas pertinencias, entre ellas un VW apodado Alimaña.
Las experiencias de los primeros años en Jalapa se narran en la serie de novelas que ha llamado El libro de la vida: tal libro está constituido por Las noches de Ventura/Buenabestia, como primer volumen, La pequeña maestra de violín como segundo, La hermosa vida, tercero (hasta ahora publicados) y un cuarto volumen inédito que ha anunciado bajo el título de La plenitud del amor.
El dos de marzo de 1985 contrajo matrimonio con Leticia Luna Varela, natural de Orizaba, Veracruz. Esto ocasionó un cambio radical en su forma de vivir, y aún más el nacimiento de sus dos hijos, Héctor Javier y Sebastián, hechos que le han convertido en un hombre más tranquilo y regular en sus hábitos, aunque siguen su productividad literaria a un paso nada despreciable y su carácter polémico, así como su deportivismo, que a los 58 años lo mantiene activo en el basquetbol.
La vida familiar también ha repercutido hasta cierto punto en lo que escribe. Aunque el enfoque de sus novelas no ha variado de forma evidente, ha abierto otras posibilidades para sus cuentos. En años recientes ha escrito cuentos infantiles que le hicieron merecedor del Premio Nacional de Cuento Infantil Juan de la Cabada 1998.
La vida de Garramuño a lo largo de los años ha estado colmada de premios literarios y reconocimientos nacionales e internacionales. Su libro de relatos más conocido, Cuentos para después de hacer el amor lleva a la fecha once ediciones en Colombia, México y España. Su novela más reciente El amor y la muerte, publicada por Alfaguara, ha sido un clamoroso éxito de crítica.
Tal vez la razón por la cual Aguilera Garramuño no sea conocido como un autor de primera línea, con libros disponibles en todas las librerías de habla castellana, se halla en el hecho de que vive en la provincia mexicana, de donde sale poco, particularmente en los años más recientes. En la actualidad está trabajando en una larga novela titulada El sentido de la melancolía, obra que según el autor tiene a la fecha 1111 páginas y en la cual piensa trabajar varios años más.[1]

Un cuento para después de hacer el amor con una mujer a la que posiblemente no volvamos a ver


La mano que se había aferrado a mi camisa se abrió y los dedos se extendieron como para atrapar a un ave invisible que pasaba en ese instante. Las pestañas cayeron sobre los ojos y ocultaron al mundo. Acaso en ese momento quisieras guardar en la retina un pequeño paraíso relegado por mucho tiempo. ¿Qué importa la eternidad si tenemos el instante? Con seguridad pensaste en otro momento similar, acaso más hermoso, pero, ¿crees que la perfección puede alcanzarse una y otra vez? Somos lo que fuimos, y tanto tú como yo, al vivir el presente estamos viviendo todos los pasados y todos los futuros posibles. Me preguntabas si te quería un poco, un poquito. Claro, te quería, te quiero, más que un poquito. Pero no pienso que el amor tenga nada que ver con la propiedad privada. Creo, por el contrario, que el amor es fugacidad y misterio. El amor es lo que no se repite. Porque lo que no se repite es como un acto original, que guarda en sí lo que es y lo que puede ser, pero que no se agota en la rutina. La sonrisa más bella es la que libera al ser humano de los monstruos y las cadenas. Esa sonrisa, de placidez, de abandono, la vi en tu rostro. Fue como estar al lado de la imagen de Dios. Cada mujer es Dios cuando sonríe al alcanzar la plenitud, pero es el Demonio cuando se arrepiente de haberla alcanzado. En la Biblia cuando el narrador quiere decir que un hombre hizo el amor con una mujer, escribe: Abraham conoció a Sara. Porque todo el juego de la palabras y los gestos previos, esa batalla de alejarse y acercarse, de negar y afirmar, de recorrer parques tomados de la mano y contemplar el cielo, las aves, de entrar a iglesias y mirar a los ojos de los niños, es un juego al escondite en el que uno mismo es a la vez el amigo y el enemigo. Cuando buscas en los demás hallas en ti mismo. Hombres y mujeres buscan conocerse. Vamos por el mundo como ciegos con las manos adelante pero no nos atrevemos a tocar las cosas. Nos basta, en muchas ocasiones, con las descripciones que los demás hacen del mundo. Debíamos caminar por el mundo desnudos, pero andamos desnudos. En lugar de darnos las manos deberíamos darnos el sexo. Sólo así nos conoceríamos verdaderamente. En cada ser se revela el universo y al conocerte me entregaste las llaves de un sitio extraño, poco visitado, como uno de esos paisajes de sueño que vemos desde la altura de nuestro vuelo. A veces el soñador, como un ave, se posa por un segundo en una rama florida. Quisiera quedarse allí y gozar de la brisa. Pero el viento lo empuja y no tiene más remedio que volar.

Al abrir los ojos después de conocerte, tuve un vislumbre de la placidez. Pero me aterrorizó. Soy ave de tormentas. La paz es una forma de la muerte. Quiero la vida y los instantes.

Te quiero mucho.

Marco Tulio Aguilera Garramuño
No. 86, Marzo-Abril 1981
Tomo XIV – Año XVI
Pág. 642