Bajo la lluvia

Te lo digo, así no vas a ir a ninguna parte, husmeando en el calabozo, poniendo la mano sobre la frialdad de las piedras del muro. Queriendo escribir sin perturbaciones, disculpe usted el lugar común.

Te lo dije, pendejo.

La tarde se iniciaba con perros tranquilos mirando a la gente que pasa platicando tranquilamente.

Ascendiendo por el tobogán de seda retornando a lugares lejanos con una memoria que navega en la pluma. Azul y negro y blanco al mismo tiempo, violetas y el sol hizo claras las ramas esta tarde, perdonen el lugar común, al que corresponde un sentido común. Por las noches visitaba el bosque y las estatuas, el color de los sueños olvidados, la regia reja custodiada por los leones, por las noches los paseos interminables en el metro, mirando una por una las caras de las gentes, atado al mundo como un barco submarino que viajaba. Arriba el agua más agua sosteniendo los cuerpos y llegando resuelta y amorosamente a las playas, arriba estaba la ciudad de México. El temblor de la tierra, la estabilidad del peso, la violencia, la ceguera y todo lo que uno es capaz de mirar si no mueve a la dama y a la torre, si no recuerda la portada de los cerillos clásicos de lujo, si no comienza a caminar sin pedir permiso primero.

Javier Molina
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 179

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