Intuición

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En literatura sólo son pequeños y sórdidos los mundos mal inventados.

Juan Carlos Onetti
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 121

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Ligereza

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Estaba esperando el autobús y para entretener el tiempo leía un libro. Cuando alcé la vista ante mí pasaba un barco.
Desde que descubrí que puedo atravesar los espejos m
e siento más seguro. Siempre llevo uno en el bolsillo. Ahora lo utilizo para pasar en el otro lado las horas del sueño. Cuando tengo una dificultad también me evado a su través. Me siento ligero como un pájaro y no necesito ducharme para tener la sensación de que estoy limpio.

A. F. Molina
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 117

Semana completa

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Yo he tenido mi semana completa y hoy no tengo nada porque después de mi semana completa no puedo tener nada y ellas quieren convencerme de lo contrario y lo contrario es la salud y la salud no existe, la salud es una palabra y ellos tratan de engañarme con sus análisis y reconocimientos y radiografías y quieren que les vuelva a decir lo que siento y yo no puedo hablar porque estoy muerto y ya dije que en mi semana completa tuve el lunes cirrosis y el martes hidropesía y el miércoles artritis y el jueves trombosis cerebral y el viernes ataque cardiaco y el sábado leucemia y el domingo ya no puedo tener nada porque estoy muerto y nadie puede curarme.

Manuel Pacheco
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 115

Sir Walter Scott

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Scott pasó los últimos días de su vida en una vigilia silenciosa o dormitando. Una vez pidió con insistencia que le llevasen a su cuarto de trabajo y se sentaron ante la mesa: “Olvidaré lo que he pensado, si no lo escribo enseguida”. Se instaló ante el escritorio, como tenía por costumbre. “Dame la pluma y déjame un momento solo”, dijo a su hija. Esta le puso la pluma en la mano. Él se esforzó por rodearla con los dedos, pero no pudo. La pluma cayó sobre la hoja intacta. El hombre volvió a hundirse en las almohadas y unas lágrimas rodaron por sus mejillas. Entonces quiso que lo transportaran frente a la casa al aire libre. Allí se durmió.

Lockhart
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 113

Cuento memorable

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—Esa de negro que sonríe desde la pequeña ventana del tranvía se asemeja a Mme. Lamort —dijo—.
—No es posible, pues en París no hay tranvías. Además, esa de negro del tranvía en nada se asemeja a Mme. Lamort. Todo lo contrario: es Mme. Lamort quien se asemeja a esa de negro. Resumiendo: no sólo no hay tranvías en París, sino que nunca en mi vida he visto a Mme. Lamort, ni siquiera en retrato.
—Usted coincide conmigo —dijo—, porque tampoco yo conozco a Mme. Lamort.
—¿Quién es usted? Deberíamos presentarnos.
—Mme. Lamort —dijo—. ¿Y usted?
—Mme. Lamort.
—Su nombre no deja de recordarme algo —dijo.
—Trate de recordar antes de que llegue el tranvía.
—Pero si acaba de decir que no hay tranvías en París —dijo.
—No los había cuando lo dije, pero nunca se sabe qué va a pasar.
—Entonces esperémoslo puesto que lo estamos esperando.

Alejandra Pizarnik
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 165

Alejandra Pizarnik
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 110

Azares del destino

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Esta historia comienza como comienzan todas las historias. Dicen que eran muy felices desde antes de ser totalmente felices. Sus vidas se encontraron para encontrar el porqué de sus vidas. Jóvenes los dos, tenían que definir el rumbo de sus destinos jóvenes. Brillantes futuros que hacían brillar los presentes. El uno y el otro se tenían uno a otro. Jamás se habían pedido perdón, porque se sabían de antemano perdonados. Su amor florecía y tendrían una muestra que sólo tardaría unos cuantos meses en florecer.

Nadie podía imaginar que nada más porque sí, él decidió pasar por ese mismo lugar por donde una irresponsable descarga de alta tensión llevaba la preferencia y no respetó nada a su paso.

Sólo quedó el humo desvanecido para recordar que los recuerdos vuelan pero no se convierten en humo.

Así se acaba esa historia.

Hay historias que terminan igual que todas, hay otras que sin motivo y sin razón parece que no terminan. Son el inicio de destinos que se harán historias, que todavía no son, historias sin raíces que nada más porque sí tienen que enraizar, hacerse historias que serán raíces de otros destinos.

A mí todo esto me lo contaron mamá y los abuelos. Yo nací tres meses después de que se acabara la historia.

Gabriela Sáenz Carrillo
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 104

Sueño y verdad del doctor Ducasse

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Anoche soñé que al entrar al quirófano veía, sorprendido, sobre la mesa de operaciones, una máquina de coser y un paraguas. Esta mañana entré en la sala de operaciones y sobre la mesa estaban, efectivamente, el paraguas y la máquina de coser del sueño. No me asombré esta vez, porque supe que la máquina de coser era de la enfermera jefe, que la dejó allí un momento, de pasada entre el cuarto de vestir y los talleres (que se ocupan de repasar nuestras batas, botas de tela, gorros, y de remendar los fondillos), quien además me pidió permiso para hacerlo el día anterior por la tarde. El paraguas pertenecía a Andrés bretón de los Herreros, anestesista de profesión y hombre distraído hasta el absurdo y el asesinato.
Además, la sorpresa la había agotado ya el sueño.

Anotado en: Montevideo, el 15 de julio de 1879
Dr. I Ducasse, médico cirujano
Avenida del General Mitre 5.

Guillermo Cabrera Infante
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 95

El tunel

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Sí le diré a mis amigas las ratas que me construyan un túnel, pero lo peor es la sociedad porque si uno se muere lo meten en un cajón y que se pudra y la mujer llora y le pone cirios y misas y flores y cruces y lo mejor era quemar al muerto y así dejaba de existir en otras existencias no existía en la existencia del gusano y del mal olor pero si uno camina por el lado opuesto le echan la zancadilla y se tiran encima y le golpean en la cabeza y uno tiene que decir lo que no quería decir porque cuando es golpeado uno en la cabeza no sabe lo que dice y por eso los poetas son tan odiados porque caminan siempre al revés y no andan en línea recta y se meten en una circunferencia y no salen de ella aunque llueva y el carnicero de la esquina cree que no morirá nunca porque está muy gordo y ha ganado mucho dinero vendiendo carne y yo sé qué clase de carne vende porque un día le pregunté a mi novia qué clase de carne vendía y ella —la muy imbécil— me contestó que vendía carne de ternera, de vaca, de cerdo, y no, no era carne de ternera, el carnicero de la esquina vende carne de hombre muerto y mi novia no quiso salir más conmigo porque le dije la verdad, así que lo mejor es decirles a las ratas que me hagan un túnel en mi tumba y así podré salir y darle una sorpresa a la familia, pero si toco a la puerta se pueden morir todos del susto y yo no sé qué hacer con tanto muertos y tantas cajas y tantas lágrimas y tantas tumbas y tantas misas y tantos curas, así que es mejor no ir a casa después de muerto y decirles a las ratas que me hagan el túnel para salir a pasear por el cementerio a leer al Conde de Ducasse y luego volver al cajón a pudrirse como corresponde a un muerto bien educado.

Manuel Pacheco
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 92

Un pobre vergonzante

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La sacó / de su bolsillo roto,
la buso bajo sus ojos
y la miró bien,
diciendo: ¡Infeliz!

La sopló / con su boca húmeda,
casi sentía miedo
de un pensamiento horrible
que le partía el alma.

La mojó / con una lágrima helada
que cayó por casualidad.
Agujereado era su cuarto
más que un bazar.

La frotó / sin calentarla;
apenas si la sentía.
Pellizcada por el frío,
ella se apartaba.

La pesó /como se pesa una idea,
sosteniéndola en el aire.
Y luego la midió
con un hilo de hierro.

La tocó / con sus labios arrugados.
Ella gritó
Con un frenético espanto:
“Adios, ¡bésame!”

Él la besó / Y luego la cruzó
sobre el reloj del cuerpo,
que, ya casi sin cuerda,
mala, pesadamente latía.

La palpó /con una mano resuelta
a hacerla morir:
—Sí, es un bocado
como para alimentarse.

La dobló
la rompió,
la ubicó,
la cortó,
la lavó,
la llevó,
la asó,
la comió.
Cuando aún era niño, le habían dicho: ”Si tienes hambre, cómete una de tus manos”.

Xavier Forneret
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 86

La verdad del bosque

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Como un golfo de soles este espacio hermético y transparente: una esfera de cristal con el sol adentro; con un cuerpo dorado (un ausente, querido tú) con una cabeza donde brillan los ojos más azules delante del sol en la esfera transparente.

La acción transcurre en el desierto y qué sola atravesé mi infancia como caperucita el bosque antes del encuentro feroz. Qué sola llevando una cesta, qué inocente, qué decorosa y bien dispuesta, pero nos devoraron a todos porque ¿para qué sirven las palabras si no pueden constatar que nos devoraron? —dijo la abuela.

Pero de la mía no se vistió el lobo. El bosque no es verde sino en el cerebro. La abuela dio a luz a mi madre, quien a su vez me dio la tierra, y todo gracias a mi imaginación. Pero allí, en mi pequeño teatro, el lobo las devoró. En cuanto al lobo, lo recorté y lo pegué en mi cuaderno escolar. En suma, en esta vida me deben el festín.
—¿Y a esto llamas vida? —dijo la abuela.

Alejandra Pizarnik
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 79

Exhibicionista

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El pelo me crecía tanto por la noche que amanecía como dentro de un nido. Pero una mañana desperté calvo. Al día siguiente comenzó a levantárseme la piel. Cada noche pierdo un dedo, un diente, una oreja… y así sigo. Esto no puede durar mucho pero mi salud es perfecta.

A. F. Molina
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 75

Las transformaciones

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Me nacieron. No quise nacer, pero me nacieron y me nacieron. V. en vez de H. y me clasificaron como a una mariposa, siempre las clasificaciones.
Yo era diferente y el hombre se había complicado la vida y quise alejarme del hombre porque quería ser feliz y con mi poder de adaptación dispuse de la tabla mágica de las transformaciones y me transformé en huevo y fui feliz en el culo de la gallina, y me transformé en humo y fui feliz dibujando estelas en el cielo y me transformé en lluvia y fui feliz mojando las ciudades y me transformé en pájaro y fui feliz cagando los sombreros de las señoras y los trajes de los señores y los coches y las mesas de las terrazas de los cafés y me transformé en cáncer y fui feliz comiéndome los pechos de lolita, pero llegó el día en que me cansaron las transformaciones y quise volver a mi estado primario y me transformé en hombre y al transformarme en hombre me volví loco.

Manuel Pacheco
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 73

Las huellas

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Un camello exhausto se ha desplomado en mitad de la calle, frente a casa. Como pesa demasiado para transportarlo hasta el matadero, dos hombres armados de hachas lo despedazan vivo allí mismo. Los filos se hunden en la carne blanca, y la pobre bestia parece cada vez más triste, más aristocrática, más perpleja a medida que le cortan las patas. Por último sólo queda viva la cabeza, los ojos abiertos que miran en torno. Ni un grito de protesta, ni una convulsión. El animal se somete como una palmera. Pero durante muchos días el barro de la calle queda empapado en sangre, y nuestros pies descalzos dejan sus huellas en esa humedad.

Lawrence Durrel
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 71

La ciudad y la noche

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La ciudad es como una experta prostituta: la noche va y viene sobre ella, se muestra indiferente ante su aproximación y sigue inalterable cuando se desvanece…

Solamente la ciudad ha encontrado un medio para entenderse con la noche, y ese medio es la indiferencia; acaso, por ello mismo, la noche es tan cruel en la ciudad y tan voluptuosa en los campos.

James Baldwin
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 69

El templo

Redoblan las campanas, que majestuosas dan aviso del ofertorio próximo a celebrarse. El pueblo queda sumergido un instante en el eco del dulce sonido, a la vez, cientos de palomas abandonan el campanario, envolviendo el cielo con sus cuerpos frágiles.

El día iba a transcurrir como siempre, los señores es sus respectivos trabajos y las mujeres en el mercado, o comadreando en la esquina, al mismo tiempo que vigilan a sus hijos quienes juegan en el laberinto de callejuelas empedradas. Esta normalidad fue bruscamente interrumpida al desencadenarse un terremoto. La gente empezó a correr desesperadamente sin sentido hasta que alguien gritó:

—¡A la iglesia! ¡Vamos a la iglesia!

Las personas que pasaban por ahí, se detuvieron y exclamaron:

—¡Sí!. ¡protejámonos en la casa de Dios! —y así, todos se dirigieron al templo, mientras pensaban:

—¿Qué se atrevería a tocar el hogar de Cristo?, ¡nada! Tal vez Dios hizo que temblara para salvar únicamente a los buenos, ya que el bueno se refugia en su casa y ésta jamás será destruida. ¡Ay! Padre nuestro… ¡sálvanos!. —La gente corrió hacia la iglesia. En un momento todo el pueblo yacía orando dentro del templo, la tierra aún rugía. Minutos después un silencio aterrador se apoderó de las calles, vacías e intactas al igual que todas las construcciones del poblado excepto la iglesia, pues ésta quedó reducida a escombros y todos murieron.

Un grupo de hermosas palomas blancas se posó en los cuerpos ensangrentados… Dios se hizo presente.

Rex Felipe De la Concha
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 66