Un cuento

Al fin se representaría la obra y le dieron el papel que deseaba; el papel de Aurelia la Loca. Era breve, pero maravilloso y ella podía sacarle todo el partido que fuera preciso. ¡Vaya que sí lo haría! Ahí estaba su oportunidad, la que tanto había soñado; una loca graciosa, simpática y romántica; le quedaba como hecho a su medida. Memorizaría su parlamento hasta el máximo, para que brotaran las palabras ágiles, sin el más leve titubeo, ni la menor vacilación. ¿Lo demás? Sonrió en su interior; sabía que lo podía hacer. ¡Y cómo lo podía hacer! Sobre todo “las dementes” le salían como a nadie, eran su punto fuerte y la admiración de sus maestros de arte dramático, hipnotizaba al espectador, llevándolo hasta donde ella quería. ¡El triunfo estaba en sus manos! ¡Realizaría sus sueños! Sentía impulsos de brincar, de gritar, de reír; pero tenía que controlarse, no era cosa de dejar traslucir sus emociones, como cualquier novata. Pero estaba radiante. Dio las buenas noches al director, sonrió a sus compañeros; la felicidad erguía su cuerpo y se le escapaba por los ojos y por los labios. Se dirigió a la puerta de salida; intentó varias veces abrirla, pero fue en vano, se encontraba cerrada con llave. Se volvió, dio algunos pasos y… sus cabellos se erizaron y con los ojos fuera de las órbitas, cayó desplomada. El cuarto estaba vacío.

Ana María Espinoza Monteverde
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 106

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Cuento

No la encontró esta mañana al despertar. ¡Qué inmenso le pareció el lecho, con la mitad vacía! Era la segunda vez que lo abandonaba, ¿por qué? El silencio le pesaba como un fardo y la soledad echaba hacia delante sus hombros; se asomó al cuarto contiguo, y ahí la encontró, blandamente recostada en el sofá. Alzó la cabeza y lo miró con ojos interrogantes; pero su resentimiento era demasiado grande para decirle una palabra, un reproche. El la miró triste y largamente y con el mismo silencio en los labios y en el corazón, fue a preparar el café, su café cotidiano y reconfortante, que bebió lentamente con el alma y el cuerpo encogidos. Nuevamente volvió hacia donde estaba y la contempló: ahora dormía plácidamente, sin la menor inquietud, ni la menor preocupación. ¡Cómo le lastimó su indiferencia! Empezó a sentir un hueco dentro de su ser, que se iba agrandando por momentos, hasta no caberle en el cuerpo. ¿Por qué lo rehuía? ¿Por qué había pasado la noche en la otra estancia, cuando siempre al entregarse al sueño en dulce y apacible refugio, se comunicaban mutuamente su calor, después de un día de fatiga? Pero no; no le hablaría, no le diría nada, se marcharía a su trabajo calladamente; de alguna manera tenía que hacerle sentir su resentimiento; el pecho se le hundía y las imágenes temblaron ante sus ojos deformadas por sus lágrimas. ¡No le hacía falta a ella, no le hacía falta a nadie! Se dirigió hacia la puerta, mas se contuvo: ¿y si no era tan culpable? Tal vez había sido un capricho, un femenino capricho como tantos otros. No ignoraba su nerviosismo. Se tornaba quebradiza y a veces era casi temeraria. ¿Cómo podía saber qué sombra había pasado por su cerebro, obligándola a alejarse; o acaso inconscientemente la había ofendido? ¿Por qué no comprenderla? Se volvió a acariciarla. Entonces ella movió su cola y tímidamente lamió sus manos.

Ana María Espinosa Monteverde
No. 40, Enero-Febrero 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 181