La visita

Yo estaba leyendo en mi cama cuando ella apareció en el umbral. Lucía muy hermosa con su vestido antiguo, sus largos cabellos sobre los hombros y los ojos castaños iluminados por el perenne deseo; fue mi primera impresión, y en seguida el pensamiento rápido de que no habría podido entrar en la casa, pues todo permanecía cerrado, y ni siquiera el ladrido del perro habíame advertido su presencia. No soñaba, puedo asegurarlo; me encontraba tan lúcido como ahora. Pero ella clavó en mí sus bellos ojos atormentados y comenzó a hablar con esa voz sensual y enronquecida, mezcla extraña de súplica y apremio. Me dijo que volvía para siempre; que la perdonara; que me amaba con absoluta certeza; que había puesto fin a todos sus extravíos. No atiné a responder y sonreí, derrotado… Se acercó al lecho, nos besamos, se encendió la pasión con el voraz fuego de antaño y nos sumimos en la quemante desesperación del placer. Miré hacia el espejo colgado en la pared, y me dí cuenta con estupor que su imagen blanca y voluptuosa no se reflejaba en la clara superficie. El artero terror a lo efímero me golpeó desde las caricias. Comprendí todo de súbito, dolorosamente; Emma había abandonado sólo por un momento el ficticio mundo de la novela para escarnecerse por mi endémica infidelidad, para vengarse con las armas del rencoroso Amor del injusto y trágico destino a que la encadenó Flaubert en el alma innumerable de sus lectores.

Edmundo Moure Rojas
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 655

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Flor

Créame teniente…, fue por eso que quise estrangular al sargento.

Flor era hermosa, a pesar de los años y los ojos tristes y esa leve cojera, apenas notoria. Tenía la misma belleza tierna que cuando llegó, hace tiempo, durante ese invierno que nos trajo nieve y el cerro estaba blanco hasta los faldeos y muchos árboles del bosque se quemaron bajo el blancor traicionero.

Ella estaba siempre a mi lado. Nos sentábamos por las tardes a la sombra del sauce, charlando de cosas simples como el color del follaje y su cambio permanente, el aire que se hacía más tibio a medida que se acercaba la primavera, el vuelo ágil de los gorriones construyendo sus nidos, el canto del canario que presentía con certeza la estación de las flores. Entonces nuestros recuerdos corrían paralelos, similares, y ella parecía entender mi vida en el sur como campesino, pegado a los negros terrones, tomándoles cariño… Y después los años en el norte, en las salitreras, donde me endurecí por dentro y por fuera, para terminar aquí, un día cualquiera, jubilado de la acción; pero no de mis viejos sueños.

Flor era capaz de entender mi esperanza depositada los domingos en las patas de los caballos; cuando seguí a Rey de Bastos durante tres temporadas porque Andrés me dijo que alguna vez tenía que ganar; que el caballo prometía, estaba nuevo, recién empezando. Y yo déle jugarle y jugarle, con la ilusión más fuerte después que lo vi un día en los corrales, alto, apuesto, ágil, lleno de nervio… Pero no ganó nunca; apenas dos veces tercero. Se retacaba justo en los últimos metros. Le tomé devoción al pingo; parecía que era yo emprendiendo tanta carrera y quedándome cerca de la meta, sin llegar jamás.

A flor le gustaban los niños, y se alegraba cuando venían a verme, los miraba, sonriendo sus ojos con aprobación, y a veces les hacía cariño tiernamente; menos a Luchín, al que le tomó ojeriza desde que lo vio matar lagartijas en el patio y desprenderles las colas para que se movieran como gusanos sobre las baldosas.

Y ella no me abandonaría nunca. Lo supe luego de aquellas semanas en que pasamos hambre porque no llegaba la plata de la jubilación.
Había huelgas del correo y revoluciones no sé donde, a pesar de que el tiempo estaba tan bonito y en las noches sentíamos bajar la brisa fresquita de la cordillera, o salíamos a mirar el bosque, el cerro, las estrellas, y la luna que tanto excitaba a Flor…

Cruzó anoche el portón, pasadas las doce, pese a que le advertí lo del toque de queda, teniente… Y salí a llamarla para que entrara, pero la patrulla pasó en ese mismo momento disparando a cualquier cosa que se moviera, silencio como cinta de plata luminosa dándole en medio de la frente para dejarle un agujero en forma de estrella…

Por eso quise matarlo, teniente, porque me dijo, muy autoritario el sargento: “Bueno iñor, que tanto alega si es sólo una perra”.

Edmundo Moure Rojas
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 730

Edmundo Moure Rojas

Edmundo Moure Rojas

Edmundo Rafael Moure Rojas nació en Santiago de Chile, en febrero de 1941. Hijo de padre gallego y de madre chilena, conoció a temprana edad el sabor de los libros; se familiarizó con la poesía española y la literatura gallega en la lengua campesina y marinera de Galicia, en la que su abuela Elena le narraba viejas historias de la aldea remota. Fue presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, en 1989. y Director cultural de Lar Gallego desde 1994.[i]

 

Pecado original

Don Ponciano tenía a su cargo el Jardín Edén, el más bello de la comarca. En los concursos anuales obtenía uno de los tres primeros lugares. Había dedicado muchos años y lo mejor de sí propio al cultivo de las plantas, su mayor preocupación era no mezclar especies que no armonizaran, ni intercambiar pólenes en forma indiscriminada. Por eso le produjo un gran impacto saber que Clavelina, una de sus hijas predilectas, andaba enredada en oscuros amores con uno de los cardos jóvenes.

Don Ponciano la interrogó acremente; que cuándo habían iniciado sus encuentros; que si llegaron a…, bueno, al intercambio de pólenes… Clavelina bajó sus rojos pétalos, avergonzada, y negó, moviendo su grácil tallo de izquierda a derecha.

La negativa calmó un tanto a Don Ponciano, aplacando su ira. Pero al llegar la primavera, el delito salió a la luz y unas curiosas flores espinudas brotaron en los ahora múltiples tallos de Clavelina.

El viejo, en medio del dolor y la indignación, decidió castigar ejemplarmente a los desdichados, para que aquella enojosa situación no volviera a repetirse en su jardín.

Desde entonces, los cardos crecen entre peñascos, en tierras secas y agrestes, y las clavelinas, al llegar su florescencia, inclinan sus tallos llenas de vergüenza.

Edmundo Moure Rojas
No 70, Julio-Diciembre 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 407