Promesa cumplida

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Un día volvió Azora de un paseo, muy enojada y profiriendo grandes exclamaciones.

—¿Qué tenéis, querida esposa —le dijo Zadig—, que es lo que ha podido poneros así, fuera de vos?

—¡Ay! —respondió ella—, os pasaría lo mismo si hubieseis visto el espectáculo del cual acabo de ser testigo. He ido a consolar a la joven viuda Corsu, que acaba de elevar, hace sólo dos días, un monumento funerario en memoria de su joven esposo, cerca del arroyo que bordea este prado. Prometió a los dioses, en su dolor, permanecer al lado de la tumba mientras por allí corriese el agua del arroyo.

—Y bien —comentó Zadig—, he ahí una mujer estimable y que amaba realmente a su marido.

—¡Ah —prosiguió Azora—, si supieses en qué estaba ocupada cuando fui a visitarla!

—¿En qué, bella Azora?

—Estaba desviando el curso del arroyo.

Voltaire
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 28

Voltaire (en Zadig)
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 611

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Tormenta en las montañas

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Nos alcanzó en una noche tenebrosa antes del cruce de la montaña.
Habíamos salido arrastrándonos de nuestras carpas y esperábamos.
Venía hacia nosotros por encima de la cordillera.

Todo era oscuridad, no se podía discernir el cielo, la tierra, el horizonte. Pero resplandecía el relámpago desgarrador que separaba las tinieblas de la luz. Salían las montañas gigantes Belolakai y Dyugutrurlichat y también los pinos negros de muchos metros casi de la altura de las mismas montañas. Solo por un momento podíamos ver que existía la tierra firme y luego todo era de nuevo tinieblas y abismos.

Los fulgores de los relámpagos se aproximaban, alternaba el brillo con la oscuridad, el resplandor blanco, el resplandor rosado, el resplandor violeta y siempre en los mismos lugares aparecían las montañas y los pinos asombrándonos con su grandeza: cuando desaparecían era difícil creer que existían.

La voz del trueno llenó los desfiladeros y dejó de oírse el rugido constante de los ríos. Cual flechas de Jehová caían los relámpagos en la cordillera y se rompían en serpentinas y chorritos como si se derramaran contra las rocas o bien derribaran y derramaran ahí algo vivo.

Y nosotros… nosotros nos olvidamos de temer al relámpago, al trueno, a la lluvia torrencial y nos tornamos semejantes a una gota del mar que no teme a la tormenta. Nos convertimos en una insignificante y agradecida partícula de este mundo.

De este mundo que hoy volvió a crearse ante nuestros ojos.

Alejandro Solyenitsin
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 605

Alejandro Solyenitzin
No. 119-120, Julio-Diciembre 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 291

Arrecife

Yo no soy mi nombre ni mi casa, ni la cara del espejo; ni tampoco el secreto linotipo que formula en mi cerebro las palabras; ni mucho menos la voz de mi garganta; ni siquiera el gesto prestado que mis manos y mis pies repiten por su cuenta; ni las cosas que acarreo por los años en la fotografía de la memoria.

Tal vez sea sólo una línea, un límite, un muro, una playa o un arrecife donde el viento arroja las preguntas.

Mireya Cueto
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 671

El camino

Anduve. Al final me di cuenta que caminé en círculo. Y volví a vivir.
Viví la oscuridad de una sala de operaciones y la luz de un cuarto de hospital y la masa infinita de mi madre y la mirada alegre de algunas personas que empañaban el vidrio que me separaba, y que me hacía especial.

Pronto descubrí las cosas importantes. Viví el sexo, los prostíbulos, las películas eróticas. La corrupción.

Disfruté del momento y no llegué a ser feliz. Me sentí algo pesado por no poder mover mi iniciativa y atrapar mis ideas.

Rodeado de mediocridad viví mi segunda vida igual que la primera. La lluvia me hace imposible ver por mis anteojos y cruzo la calle buscando el fin.

Guadalupe Vadillo
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 667

Empezando el día


Al amanecer, treinta jóvenes salieron corriendo al claro del bosque, se ubicaron cara al sol y empezaron a inclinarse, saludar, postrarse, levantar los brazos, arrodillarse. Y así durante un cuarto de hora.

Si los miráramos desde lejos podríamos creer que están rezando.

Actualmente a nadie le extraña que el hombre sirva cada día a su cuerpo con paciencia y atención.

Pero qué ofendidos estarían todos si sirviera de esta manera a su espíritu.

No, no era una oración. Era la gimnasia matutina.

Alejandro Solyenitzin
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 659

Alejandro Solyenitzin
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 741

El árbol

Siembra esta semilla. Allí, adentro, recogido, hay un árbol.

Más tarde, como sucede con los huevos de donde salen los pollitos, la semilla se rompe, y emerge todo, menos el árbol.

Salen los pájaros que han de establecerse en sus ramas. Salen los chicos que han de arrancar sus hojas y desgarrar el tronco. Sale el leñador que lo cortará. Sale la familia que encenderá sus leños.

Además, en el rincón más oscuro de la semilla, acurrucado, queda el árbol.

Carlos Villalba
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 656

La fuga


Los latidos de los perros rasgaron la suavidad de la huida y el hombre negro tomó a la mujer negra de la mano y corrieron en medio del cañaduzal. Pronto echaron el estruendo de los cascos de los caballos y los gritos de sus perseguidores.

—¿Escuchas los latidos de los perros? —dijo la mujer.

—Se están acercando —respondió el hombre.

—¿Qué hacemos?

—No te quedes parada. Vamos.

Y la pareja se deslizó en el túnel de sudor, apartó con sus brazos las cañas oscuras y se precipitó en la noche.

El hacendado, ojos grises de cazador nocturno, se levantó sobre los estribos y gritó:

—Los latidos de los perros se oyen en dirección del mar. Tratan de llegar a la playa.

Luego hizo un disparo y consiguió una respuesta unánime de escopetazos. La mujer cayó exhausta entre la hojarasca. Con sus grandes ojos africanos le dijo a su hombre que la dejara, que mientras a ella la devoraban los perros, él podía llegar hasta el mar. El hombre tomó otra vez la mano de la mujer y reanudaron juntos la carrera.

Las dos sombras trotaron, luego galoparon mientras oían el camino taimado de los caballos y la siniestra algaraza de los perros.

El hombre negro sonrió cuando fue tocado por la espuma y estalló en una vibrante carcajada cuando descubrió la candela de la barca que los esperaba. Corrieron sobre la playa húmeda, dejaron a un lado el dolor y el calambre y con las bocas abiertas, resecas y anhelantes, con los cuellos tensos, se zambulleron en el aire. De pronto el hombre se paró en seco, miró hacia la barca, y con rostro ensombrecido, dijo:

—¿Y esos latidos?

La mujer tomó al hombre de la mano y reanudando la fuga exclamó:

—¡Son los de mi corazón!

Jairo Aníbal Niño
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 655

No tengo problemas sicológicos

Mi amigo Estanislao toma muy en serio su trabajo de sicoterapista; siempre anda en busca de las desviaciones mentales de todo el mundo, especialmente las de sus amigos. Bondadoso como siempre, ya me ofreció su ayuda para resolver mis “problemas sicológicos”.

—¿Pero cuáles problemas sicológicos? —le pregunté. —si yo no tengo ninguno.

Pero Estanislao insiste; se empeña en que yo he de tener algún problema oculto. Como no quiero ofenderlo, para seguirle la corriente le voy a confesar que estoy apasionadamente enamorado de una joven y esbelta yegua, y que mi problema es que siento ansiedad por no saber si mi amor es correspondido. Y también que al entrar en la casa me siento compelido a dar nueve vueltas en redondo y tocar la perilla de la puerta con la punta de la nariz.

No crea que todo esto sea cierto; claro que estoy exagerando para seguirle la corriente a mi amigo Estanislao. En realidad, no doy más de cinco vueltas y la yegua no es tan joven.

Ramón González
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 651

El sueño

Durante toda su vida le acompañó el mismo sueño. Se soñaba en la azotea de un alto edificio, subía a la cornisa y se arrojaba al vacío. La sensación de caída le proporcionaba un placer doloroso, pero invariablemente, antes de estrellarse contra el pavimento despertaba. Sin embargo, una noche no despertó a tiempo y se estrelló.

Cuando los ambulantes recogieron su cuerpo, ni siquiera se dieron cuenta de que todo era un sueño.

Héctor Canales G.
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 647

El brindis


—Señores, es realmente lindo. También sé que es emotivo. Sí, amigos, quiero decirles que sí, quiero decirles que hoy puedo decirles a ustedes: sí, amigos, he crecido por qué. Porque me siento realizado, porque realmente he comenzado a latir con mi propio pulso, o sea, que, es decir, he tomado conciencia, esto es, he tomado conciencia, he concientizado. Me asumí. ¿Vieron? He concientizado las potencias yoicas. ¿Viste? Asumir la realidad, amigos. Tal cual. Lo que corresponde. Se terminó para mí el abismo generacional, la confusión, el estar mal instalado en la vida. Por eso, amigos míos, mis queridos amigos, levanto mi copa, hoy, al cumplir ochenta y tres años.

Isidoro Blastein
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 643

La fuente de la eterna juventud


Y cuentan que don Gonzalo Fernández de Vivar y Montero, durante la conquista, buscó afanosamente por estas tierras la fuente de la eterna juventud. En medio de los pantanos, en la selva, en los páramos, registró el aire, oteó el lugar donde nacen las aguas, investigó de boca en boca las viejas leyendas. En su caballo pinto vagó muchos años por esos lugares hasta que un día percibió un pequeño cambio: algo así como un anuncio, como un signo. Una transformación del aire, del color de los árboles, del olor del agua. Avanzó hasta un claro del bosque y presenció un espectáculo que lo dejo maravillado. Un tigre, corpulento y feroz, rugido manchadoanaranjado, las garras poderosas y fuertes, el ojo girando, buscando el colmillo dónde hincar y destrozar, frente al enemigo que lo esperaba sereno con un algo de quietud en el cuerpo. El tigre gigantesco dio un salto en el aire, rugió, cayó levantando la hojarasca, viró presto a continuar el ataque, hasta que sintió el feroz golpe, la mortal desgarradura, la sangrienta herida en el vientre. La libélula había hecho presa de él, le había dado el golpe mortal y el tigre empezó a morir bajo la vibradora luz de sus alas. Don Gonzalo acarició su barba de 95 años de longitud, espoleó su caballo y penetró en la floresta húmeda. Y aquel día de gracia de San Martín, en medio de frescas hierbas, con pájaros dorados dando vueltas de carnero en el césped, con roedores de ojos plateados durmiendo la siesta en sus orillas, encontró la fuente de la eterna juventud. Bajó de su caballo pinto y, tembloroso, hincó la rodilla en tierra, declarando esa fuente propiedad de Fernando e Isabel de Castilla, sacó de su armadura el gran escapulario obsequio del Papa, penetró en la fuente, avanzó mientras entonaba cantos de alabanza a Dios y a María Santísima y murió ahogado en las turbulentas aguas.

Jairo Aníbal Niño
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 641

Sharik


En nuestro patio un chico tiene encadenado a su perrito, Sharik. Lo tiene así desde que era un cachorrito. Una vez fui a llevarle huesos de caldo humeantes y aromáticos, pero justo en ese momento el chico soltó al pobrecito.

La nieve en el patio es copiosa y blanca. Sharik, lleno de júbilo, da vueltas por el patio, salta como una liebre, el hocico lleno de nieve; corre por todos los rincones, del uno al otro… Se me aproxima, todo velludo, salta alrededor de mí, huele los huesos y vuelve a correr.

“No necesito yo sus huesos… denme solamente la libertad”.

Alejandro Solyenitzin
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 633

El de damas, el de caballeros, el de ajedrez


Ella: Pero al final, qué querés, ¿algo perfecto como el ajedrez?

Él: El ajedrez no es perfecto.

Ella: ¿Por qué no es perfecto?

Él: Porque las mujeres no lo juegan.

Ella: ¿Por qué las mujeres no lo juegan?

Él: Porque no es perfecto.

Isidoro Blastein
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 631

Un día de estos

Diariamente desfilan frente a mí centenares de personas, de nacionalidades diversas, que ocultan su hipocresía, egoísmo y maldad detrás de sus antejos y cámaras fotográficas.

Es un desfile interminable de seres que vienen a verme como una rara y curiosa pieza de museo. Pocos son los que me conocen en realidad, los que sienten el mensaje que mi gesto y actitud transmiten, y para ellos —a veces— cambio mi dureza por una sonrisa. Las luces de flashes y reflectores me caen como fuego; me toman desde diversos ángulos, me estudian detenidamente con curiosidad malsana. Gracias a que estoy tras una barrera protectora, me salvo de las manos que quisieran tocarme, palpar mi enmarañada barba, mi rostro duro, mis nervudos brazos, las venas de mis manos o los pliegues de mi túnica.

Los siglos han ido acumulándose sobre mi marmóreo cuerpo; mis músculos tensos no aguantan más; esta túnica me pesa inmensamente, cargada de polvo centenario, y a veces siento que mi cuerpo cruje, como queriendo realizar el movimiento que mi actitud promete…

Quizás no espere más. Un día, cansado de este desfile de autómatas que vienen a verme, mis piernas se alzarán, mis ojos cobrarán vida, toda mi musculatura desfogará la fuerza que contiene… y arrojaré las tablas de la ley, las de los Diez Mandamientos que —gracias a un escultor genial llamado Miguel Ángel— sostengo desde hace cuatro siglos. Las arrojaré sobre éstos que no las han respetado ni se acuerdan de ellas.

Y cuando esto suceda, yo seré solamente trozos de mármol; fotografías y dibujos de lo que fui: la estatua perfecta e imponente esculpida por un genio. Y quien quiera encontrarme o saber de mí, tendrá que buscar el nombre de MOISÉS en el capítulo del Éxodo, entre las páginas del Antiguo Testamento.

Salvador Herrera García
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 629

El paraíso

Yo estuve en el paraíso. Ahí, todos los deseos se cumplían. El lugar era hermoso y el clima perfecto. Nada turbaba la tranquilidad. No se podía discutir con nadie ni poseer una sola mujer. (Ni siquiera estaba permitido gritar.) Me pasaba los días en una modorra continua. Era tan aburrido, que solicité mi traslado al infierno… y aquí estoy de nuevo.

Héctor Canales G.
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 625

Xenias


Una vez hubo un hombre que escribía acerca de todas las cosas; nada en el universo escapó a su terrible pluma, ni los rumbos de la rosa náutica y la vocación de los jóvenes, ni las edades del hombre y las estaciones del año, ni las manchas del sol y el vapor de la irreverencia en la crítica literaria.

Su vida giró alrededor de este pensamiento: “Cuando muera se dirá que fui un genio, que puede escribir sobre todas las cosas. Se me citará —como a Goethe mismo— a propósito de todos los asuntos.”
Sin embargo, en sus funerales —que no fueron por cierto un brillante éxito social— nadie le comparó con Goethe. Hay además en su epitafio dos fallas de ortografía.

Julio Torri
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 623

El asesino

Soy un asesino. Tal vez les aterrorice el absoluto cinismo con que lo confieso, pero en realidad, me gusta mucho mi profesión, y hasta puedo decir que la disfruto mucho. Me gusta hacerlo lentamente, perseguir a mi víctima, asediarla, acorralarla hasta un final en que sólo quedara uno de nosotros, y ese seré yo. Ahora mismo, lo estoy haciendo. Lo tengo atrapado y tengo cubierta la única salida. Y él lo sabe. Está cansado de la larga persecución que le he impuesto, y ya no puede sostenerme el paso. Lo tengo acabado. Este ha sido un magnífico trabajo. Unos momentos más, y habré ganado la bolsa que me tengo merecida por esta exquisitez. Ahora silencio… se está moviendo, pero lo tengo al alcance. Trata de escapar, pero doy mate con una magistral jugada de caballo.

Salvador Virgen
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 621

Cameramen

Sentados a la mesa, en la terraza, Helmut y Jack contemplan el mar y conversan. Helmut le muestra una foto y mientras Jack observa, Helmut evoca… Recuerda a Helmut, el nazi, arrastrándose penosamente sobre la quemante arena del Sahara. La sed le agobia; el sudor y la fatiga han tendido un velo translúcido sobre sus ojos; a través de él cree ver unas vagas sombras verdes. Se frota los ojos y entonces puede contemplar aquel hermoso oasis: la cristalina laguna parece dormir bajo la fresca sombra de las palmeras. Es el oasis más hermoso que ha visto en su vida. El hábito le hace enfocar la pequeña cámara y lo imprime. Después da un paso hacia el oasis. Otro paso. Uno más y cierra un momento sus extenuados ojos. El oasis aprovecha aquel parpadeo para evaporarse y el infeliz Helmut se queda nuevamente desamparado en medio de aquel infernal desierto. Horas después, la patrulla del inglés Jack lo encuentra, moribundo. Lo arresta y le salva la vida.

Ocho años después, Helmut y Jack —excelentes amigos—, observan la pequeña foto.

—¡Pero era un espejismo…!

—Seguro, Jack… seguro —murmura Helmut.

Amós Torres Bustos
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 617

Las moscas


Yo siempre odié las moscas, el cosquilleo que hacen al posarse sobre la frente o sobre la calva —transcurridos los años la pista de aterrizaje se confunde— el ruido como de pequeños aviones cuando zumban por las orejas. Las odio más ahora que se posan en mis ojos que ya no puedo cerrar, que se me meten en el hueco de mi nariz cuando ya no puedo manotear para espantarlas. Es verdaderamente horrible conservar esta breve lucidez posterior a la muerte, estar tendido cara al sol sobre la propia sangre, sobre el rifle que pocos momentos antes llevábamos al hombro y no pudimos usar, porque caímos en la emboscada.

José María Méndez
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 616

¿Sería fantasma?


Al caer de la tarde, dos desconocidos se encuentran en los oscuros corredores de una galería de cuadros. Con un ligero escalofrío, uno de ellos dijo:

—Este lugar es siniestro. ¿Usted cree en fantasmas?

—Yo no —respondió el otro—. ¿Y usted?

—Yo sí —dijo el primero y desapareció.

George Loring Frost (Memorabilia l923)
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 613