Dos horas más allá

Últimamente se sentía raro. A veces pensaba en ello, pero la mayoría del tiempo no lo hacía. En la ocasión que narro, viajaba a bordo de mi automóvil y sentía como que yo no era yo. Por un momento desconocí el sitio… Seguramente es una nueva zona de la ciudad —pensé—. Las casas eran de color blanco y, al frente y a los lados tenían flores de todos tipos. Me interesé por saber en donde me encontraba, pero al buscar información, no vi un solo ser en aquella extraña colonia. Continué dando vueltas un poco estúpidamente, y a pesar de ir y venir en una y otra dirección, no logré salir de la ciudad de casas blancas, en donde a veces se colaban algunas pintadas de color negro… Oscureció… Miré mi reloj, y distraído, más bien sorprendido, comprobé la inmovilidad de sus manecillas. La desesperación y el miedo empezaron a aparecer en mí, lo confieso, hasta que por fin vislumbré una silueta, que suspendida, se desplazaba y se acercaba a mí. Para apresurar el encuentro, caminé hacia ella, y pronto vi que se trataba de un niño, casi un adolescente.

—¿Puedo serle útil? —preguntó.

—Si, pequeño, creo que sí —contesté—. Me encuentro extraviado y confuso. Durante mucho tiempo he buscado la salida, y como ves, la noche me ha alcanzado… ¿Qué horas son?…

—Exactamente las 26 acaban de dar —me contestó—.

No pregunté más. Él se deslizó a la inversa y le seguí…

Norberto Treviño García Manzo
No. 44, Julio – Agosto 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 655

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Norberto Treviño García-Manzo

DR. NORBERTO TREVIÑO GARCÍA MANZO

De acuerdo a su biografía oficial Treviño García- Manzo es Médico Cirujano egresado de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México con especialidad en Gastroenterología por el Centro Médico Nacional y Posgrado en Microscopía Electrónica en el Hospital Monte Sinaí en Nueva York.

Cuenta con Maestría en Administración por la Secretaria de Educación Pública y Diplomado Superior en Economía dela Salud por la Universidad Autónoma del Estado de México.

En el Servicio Público fue Sub Secretario de la Secretaría de Salud Federal, ostentando el mismo cargo en el Departamento del Distrito Federal, fue Director del Hospital de Especialidades “Centro Médico Nacional Siglo XXI” del Instituto Mexicano del Seguro Social.

Ha sido Presidente de la Asociación de Medicina de México, de la Asociación Mexicana de Gastroenterología y del Consejo Mexicano de la misma especialidad.

Es Consejero Propietario de la Comisión Nacional de Arbitraje Médico, y ha publicado más de 100 trabajos científicos, 10 capítulos en Libros y 8 Libros como Coeditor.

Dicen los que lo conocen de cerca que es un lector permanente y en el baile no anda mal.

Más allá de sus datos personales, cuando Libertad García Cabriales, Directora de Cultura afirma que “de esos caballeros ya no hay” no se equivoca, verlo del brazo de su esposa, cubriéndola de la lluvia con paraguas en mano, por la plaza Juárez, es imagen que lo describe de cuerpo entero.

Para muestra de lo anterior es la preocupación y ocupación ante  el paso de la tormenta “Arlene”  por territorio estatal,  se activó el Comité Estatal de Seguridad en Salud, por la puesta en marcha de 12 brigadas médico-epidemiológicas para atender cualquier contingencia, ya hay albergues y la atención necesaria para atender necesidades sanitarias.[1]

 

Tarde lluviosa

Al descorrer el ventanal, noté que me vigilaban. Dirigí mi vista hacia el punto sensible, y mis ojos tropezaron con la mirada verde y oblicua de un gato. Al enterarme que era un pequeño animal, bajé la intensidad de mi tensión, y tranquilo, salí de lleno a la plataforma del balcón. El atardecer era oscuro y frío, seguramente llovería en unos minutos más. Volví la espalda, con intención de guarecerme, y al rotar en ciento sesenta grados, percibí exactamente en la base de mi nuca, una punzada aguda y dolorosa. Ya en franca defensiva, me volví con energía decidido a enfrentarme con aquella mirada felina…
Sorprendido, me encontré ante los ojos de un hombre joven que escrutaba el ambiente. Sus pupilas eran verdes, brillantes. Una vez que le hube sostenido el intercambio visual, él, con cierto desparpajo, simuló no darme importancia. Apartó su mirada y enseguida extendió la diestra para comprobar que caían las primeras gotas de la anunciada lluvia. Giró sobre sí mismo, atravesó el umbral de ventanal y cerró el cristal con rapidez. Por segundos me quedé inmóvil, ligeramente atontado, hasta que una gota de gran tamaño aligeró mi pensamiento…

Fue entonces cuando corrí a guarecerme bajo las ruedas del primer automóvil que encontré

Norberto Treviño García Manzo
No. 44, Julio – Agosto 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 617