Inmovilidad

Se dio cuenta del rapto, y se quedó quieto.
Leyó lo que ofrecían por información, y permaneció callado.
Pasó el resto de su vida calculando lo que habría podido comprar con la recompensa.

Teresa de Riggen
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 43

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De vuelta a casa

Norma sacó la cartera y preguntó frente a la caja:

—¿Cuánto es?

—Quinientos sesenta.

—Permítame, señorita, por favor. Era una voz varonil sobre su hombro. Norma alisó su pelo discretamente mientras volvía la cabeza para dar las gracias. Se sintió halagada. Recordó que tenía los puntos de la media corridos. Se enderezó sumiendo el estómago y sonrió.

—¿Me permite llevarla?

El olor a lavanda la envolvía.

—Vivo muy cerca.

—Pero está empezando a llover.

Se dirigieron a un Mustang y ella se arrellanó en el confortable asiento.

(Bendita lluvia. Por mí que llueva cuarenta días y cuarenta noches. El tapiz parece de terciopelo. No puedo llegar a casa con este hombre, si lo ve Ernesto tendré problemas.)

—Es en esta calle.

(Puedo decirle que vivo en la casa de la esquina. Ojalá me invitara a cenar, y luego a bailar, ésa sí debe ser vida. ¡Que distinto!)

—¿Y cómo va Susanita en sus clases?

—¿Susanita?

—Susana del Río

—Su… Susana… ¿es usted su papa?

—Si, maestra. ¿No me recuerda? En la última junta de Padres de Familia.

—Ah, sí… Bien… va bien. Es aquí.

Teresa De Riggen
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 203

Socias

Un millón al contado. Sí, un millón es lo que te corresponde si arreglamos este asunto; ya has visto que soy buena paga, al firmar por supuesto, según dicen música pagada toca mal son. Como siempre: el tres por ciento para ti, y el otro tres para mí. Tu porcentaje es sagrado. Y conste que me debería tocar uno mayor porque en realidad qué arriesgas, nada. Tu trabajo se reduce a un dedazo y ya está, pero bien a bien la que se fleta con las idas de la Ceca a la Meca soy yo. Nomás cuenta lo que llevamos ganado juntas, un dineral, por eso te tengo una fe que no veas. La verdad, desde que somos socias no sé ni de dónde me caen los clientes. La ventaja que tienes conmigo es que no pongo fecha límite, cuando sea tu santísima voluntad. Sólo aquella vez que era urgente, no me quedó otra que presionarte. Los de la promotora están enojados por que no quiero entrarle con ellos a la venta del fraccionamiento. ¿Crees que me importa? Bueno, ya sabes, un millón y sin andarlo pregonando. No sé para qué son esos desplegados: “Gracias por un favor recibido”. Luego sus iniciales, ni siquiera nombre. Y el único que saca beneficio es el periódico. En cambio, lo que yo te doy va directo a los viejitos del asilo, y me quito de andarte prendiendo veladoras, que igual que los desplegados, para nada sirven.

Teresa de Riggen
No. 116, Octubre – Diciembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 377

Como nueva

Va a ser un día bueno, la pierna no me duele. Ya cálmate, Otelo, y deja de arañarla cama. Mira nada más que escándalo sólo porque se me hizo tarde. ¡Vaya si ha mejorado la medicina en los últimos tiempos! Pensar que unas simples gotas: fueron veinte: diez anoche y diez anteanoche. De cualquier manera son poquísimas para sentirme quinceañera. Y de chiquita todo me lo querían curar con purgas y emplastos. Todavía no entiendo mi enfermedad: de día voy y vengo y nada me molesta. Nomás me acuesto y empieza la dolencia, cuando debería ser al revés. Hace añales que no dormía en calidad de tronco. Las nueve… pobrecitos canarios, aún tapados. Si me habla doña Finita le voy a recomendar las gotas, he de preguntarle a Bertha dónde me las compró, son preparadas por que el pomo no tiene letrero de ninguna farmacia. No cabe duda que ella se porta muy bien conmigo a últimas fechas: pasarse aquí toda la tarde hasta que me acuesto, no cualquiera, por sobrina que sea. Y es más que suficiente; no tiene caso que abandone al marido por venirse a dormir. Es bueno el encaje pero no tan ancho. Para que vea que le agradezco podría decirle lo de mi herencia para ella… y si luego cambio de opinión como pasó con su hermana. Ya veremos. ¡Estupendo! Mi espalda amaneció perfecta. Es increíble me levanto que no peso una onza, mientras allá abajo sigo acostada en la cama. Bertha me mira desde la puerta. ¿Cómo entraría si ella no tiene llave?

Teresa de Riggen
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 603