José Luis XVI

Nada es más amable y peculiar que existir cada noche, antes de dormir. José Luis XVI no se acostumbra a ordenar sus pensamientos y por eso tarda un poco más. Generalmente, cuando el momento empieza a desprenderse del tiempo, no logra fijar una imagen y entonces echa a andar su carrusel. Se deja ir en una especie de cubismo y se ahoga en los muslos de Ana, en los pechos de Bertha, en la boca atrevida de su tía Rosario, en la sirvienta que se monta con el plumero en la mano, en la vecina bajándose las medias y en la maestra de inglés que cruza la pierna bajo el escritorio.
Emite un gemido de carne húmeda y se arquea como si lo atravesara un punzón al rojo vivo. Abre los ojos con expresión de súplica y, en ese momento ya no puede recordar lo que sintió. Su mente se queda quieta y sus manos le recorren el vientre. Juega con los grumos en las yemas de los dedos y de pronto, como una baba que se estira, llega a su cabeza la idea de haber nacido para nada. Se le ocurre, con la respiración profunda pero pausada, que una de sus células es del tamaño del universo y, que en millones de planetas y recámaras iguales, se encuentran millones de Joseluises XVI sospechando que cuando mueran, lo cual puede ser ahora, verán con claridad que se vive un solo segundo: el necesario.

Federico Traeguer M.
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 203

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Federico Traeger

Federico Traeger

Federico Traeger

 

Nace en México Distrito Federal, en septiembre de 1958.

Autor de dos libros de cuentos: Epidemia de comas y El día del informe. Coautor de Voces intencionadas y Los cuentos del miércoles. Coautor de las novelas Amores Adúlteros y Amóres Adúlteros… el final y Lo que no mata enamora. Autor de la reciente novela Haz el amor y no la cama. Estudió la carrera de Ciencias y Técnicas de la Información, formó parte de los talleres literarios de Felipe San José y Agustín Monsreal. Es publicista y guionista. Actualmente escribe dos novelas y un libro de minificción[1].


[1] Información enviada por el propio, Federico Traeger por e-mail.

Una de estas noches

Hurgas con el dedo índice en una de las cuevas de tu nariz: minero incansable, te vales de una uña. Abres la boca, deformas la cara, tus ojos miran hacia arriba y hacia abajo para que puedas calcular mejor. Sabes que está ahí; el minero escarba, uña y carne trabajan sin descanso. Detectas el objetivo, tiemblas como un explorador ante un criadero de piedras preciosas. Entre uña y piel atrapas un filamento. Jalas con meticulosidad de diamantista. Evitas que la elasticidad de tu hallazgo se retraiga y esperas con paciencia mineral, a que endurezca el principio del tesoro. El filamento seco empieza a ser madeja. Vuelves a introducir el dedo índice, una paletada de uña encuentra las raíces; te socava la emoción. Extirpas un hilo húmedo que va adquiriendo grosor, consistencia: es gris, es tibio, te ayudas con ambas manos; estiras, alargas, pareces un mago apareciendo sedas. La extracción es suculenta, el mismo culo te lo agradece. Gimes, el placer no se detiene, tus ojos se desorbitan, chillas espasmos, pujas con el rostro enrojecido: aquello tan medular, tan blando, lo sientes venir de muy adentro. El sudor encuentra las comisuras de tus labios, te retuerces para liberar una potente descarga de lascivia que te chicotea las arterias, te las explota en una interminable eyaculación de imágenes lúbricas: uno contra otro, los chorros chocan, se mezclan, se espesan, escurren… caes. Emites débiles balbuceos, te desvaneces, te vas asentando-convirtiendo en un murmullo aletargado. Tu rostro se pone pálido, cerúleo, transparente. Tu mirada queda en blanco tras un pestañeo arrítmico, desciendes, te hundes. Los labios se te van tiñendo de azul, y embarras lo último de tu cerebro entre las sábanas.

Federico Traeger M.
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 97