Don Juan


El domingo. Ella vio a Franz en una fiesta y comprendió en el acto que era el hombre que estaba destinada a amar. Franz ni siquiera la miró. Pero cuando se fue a dormir, soñó una deslumbrante noche de amor con él.

Impresionada, al día siguiente, contó el encuentro y el sueño a su mejor amiga, que era la novia de Tomás.

Impresionada también la novia de Tomás, esa noche del lunes soñó a su vez con el desconocido, gozando de su maravillosa imagen tal como Ella se la había trasmitido.

Más impresionada todavía, al despertarse llamó a Tomás, para contarle el encuentro de Ella con un hombre fabuloso, el sueño de Ella y su propio sueño inducido.

Esa tarde, Tomás se encontró con Franz. Le explicó, admirado y no poco celoso, como cierto sujeto extraordinario se había encontrado con Ella en una fiesta, el sueño de Ella y el escandaloso sueño de su propia novia.

En cuanto a Franz, se consideraba un hombre completamente desprovisto de atractivos para las mujeres. Quizá por eso soñó, esa noche del martes, que el desconocido personaje que se había originado esa cadena de sueños era nada menos que él mismo.

César Fernández Moreno
No. 76, Marzo-Abril 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 317

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El bloqueo



Entró en la habitación. Un león estaba echado en uno de los rincones, mirándolo con ojos atentos. Giró, sin poder devolverle la mirada, sin querer correr, y trató de salir. Pero la puerta se había cerrado por fuera, no la podía abrir.

Endureció sus pasos. Caminó por un corredor lateral, sin volverse. Llegó a la otra habitación, la que tenía otra puerta hacia fuera. Una puerta de dos hojas, desvencijada, que dejaba entrar segmentos de luz. Ya estaba por abrirla, cuando la vio, algo inequívoco, penetrando entre las dos hojas: la empenachada cola de otro león. Venía del exterior, serpenteaba, golpeaba impaciente el suelo, levantaba partículas de polvo.

Sólo podía evadirse hacia la vigilia.

Despertó.

La puerta de su jaula se abría en ese momento: entraba un domador provisto de una silla y un látigo. Desesperado, tiró un zarpazo contra la otra puerta: detrás de sus rejas, el dueño del circo le apuntaba con un revolver.

César Fernández Moreno de “La vuelta de Franz Moreno”
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 675

César Fernández Moreno
No. 74, Octubre-Diciembre 1976
Tomo XII – Año XII
Pág. 106

El dorso de la mano


Capítulo uno. Aquella mujer se resistía al amor, pero su único problema, Franz lo sabía, era expresarlo. Él debía conseguir esa expresión sin que Ella se diera cuenta, como si fuera un hecho casual.

Una tarde, en el cine. Ella estaba sentada a la derecha de Franz. Él pasó el brazo por sobre el respaldo de su asiento y le rozó muy suavemente la mejilla con el dorso de la mano. Ella, como sin darse cuenta, inclinó la cara hacia esa mano. ¡Le había devuelto la inusitada caricia!

Franz tuvo la sensación de haber obtenido una gran victoria. Se casó con esa mujer.

Capítulo dos. Años después, Tomás encontró, a su vez, una mujer que se resistía al amor. Pero su único problema, Tomás lo sabía, era expresarlo. Y Tomás necesitaba obtener para sí esa expresión.

Una noche, volviendo del teatro. Ella viajaba en la parte delantera del automóvil y él detrás, ambos del lado derecho. Tomás pasó el brazo hacia delante, contra la ventanilla, y le rozó muy suavemente la mejilla con el dorso de la mano. Ella, como sin darse cuenta, inclinó la cara hacia esa mano. ¡Le había devuelto la insinuada caricia!

Tomás tuvo la sensación de haber obtenido una gran victoria. Pero no pudo casarse con esa mujer. Quien conducía el automóvil era precisamente su marido Franz.

César Fernández Moreno
No. 74, Octubre-Diciembre 1976
Tomo XII – Año XII
Pág. 61

Misa y vals


Tomás, el mejor amigo de Franz, había muerto muy joven. Varios años después, invitaron a Franz a una misa en su memoria. Franz no era religioso de esa manera, pero tales ritos solían dar una tregua a su rutina.

Sin embargo, por esta vez quedó al margen de la misa. El recuerdo de Tomás se negaba a hacerse presente. Franz sólo podía ver y analizar los vulgares frescos de la iglesia, las mecánicas actitudes de las beatas. Todo fue un leve ejercicio de voluntad, un deseo de exhibir su presencia en la misa por el amigo. Cuándo terminaría. Terminó.

Franz salió a la calle, remordido por su real ausencia de la ceremonia, por la renuncia de su sentimiento al recuerdo de Tomás. Por su absurda impaciencia en volver a la rutina que había abandonado durante media hora.

Iba canturreando una melodía, un viejo vals dulzón. Llegó a la esquina, subió al trolebús apagando el cigarrillo junto con los últimos compases de la pegadiza melodía. El trolebús arrancó potentemente. Franz se sintió aliviado, dichoso.

Nunca más volvió a recordar esa melodía. Nunca llegó a darse cuenta que era ella la que había extinguido sus remordimientos. El vals favorito de su amigo muerto.

César Fernández Moreno
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 739

Un granito de arena


Franz recorre la gran avenida. Hoy va a encontrarla a Ella, por azar pero definitivamente. Está seguro.

¿No es ésta? ¿Por qué no lo mira? ¿Por qué da esos pasos decisivos que la escamotean a la vuelta de la esquina?

Pero ahora sí la reconoce: es aquella que viene por la vereda de enfrente. Franz atraviesa corriendo la avenida.

No, tampoco era. Vuelve a cruzar, velozmente: teme que aquel señuelo le haya impedido toparse con Ella en la vereda recién abandonada.

A medida que pasan las cuadras, sigue descubriendo mujeres cada vez más parecidas a Ella. La última es casi idéntica, un prenuncio, una certeza de que la próxima será Ella para siempre.

Franz pasa frente a un edificio en construcción. Es un día de viento, y un granito de arena se le entra en un ojo. El dolor le hace cerrar los párpados por un segundo, mientras sigue caminando.

Ya está. Ya pasó.

César Fernández Moreno, de “La vuelta de Franz Moreno”
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 659

César Fernández Moreno
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 546

Historia de dos embajadas


La conoció en un país que no era el de ninguno de los dos, en la embajada de otro país que tampoco era el de ninguno de los dos. Franz fue presentado a un círculo de gordas y viejos. Ella estaba perdida, ausente, aislada en una silla lateral.

Aquella noche se amaron como ninguno de los dos había amado nunca.
Poco después, en otra ciudad ajena a los dos, fueron juntos a una embajada que esta vez era la del país de Franz. Ella estuvo brillante y alborotó con su gracia transpacífica a un círculo de viejas y gordos. Repantigado en un sillón lateral. Franz burbujeaba de orgullo y bebía en silencio su whisky.

Cuando salieron, Franz quiso decirle qué feliz era de tenerla por mujer. Pero fue ella la que habló primero, y le dijo qué feliz era de tenerlo por hombre.

Poco después, se separaron para siempre.

César Fernández Moreno de “La vuelta de Franz Moreno”
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 642

César Fernández Moreno

César Fernández Moreno

(Buenos Aires, 1919 – París, 1985)

Poeta y ensayista argentino, representante de la Generación del 40, pero que se identificó con las posteriores, no sólo a través de su obra creativa sino como antólogo y teórico de las nuevas corrientes.

Fundó y dirigió la colección poética Fontefriada y las revistas literarias Contrapunto, Correspondencia y Zona; fue crítico de cine en la revista Nosotros, colaborador del diario La Nación y de la revista Sur. Cubrió la etapa poética de la Generación del 40 como cronista y escritor; como crítico, situó principalmente los núcleos generacionales de la poesía de vanguardia argentina, lo que se documenta en su obra La realidad y los papeles (1967).

Su primer libro, Gallo ciego (1940), contó con un famoso prólogo en verso de su padre, B. Fernández Moreno. A esta época también corresponden Romance de Valle Verde (1941), La mano y el seno (1941), El alegre ciprés (1941), La palma de la mano (1941).

Sin embargo, en 1953, con la publicación de Veinte años después, va a dar un giro sustancial, dirigido a un nuevo tipo de poesía, menos preocupada por el brillo formal y abierta a lo que en aquellos años se conoció como poesía conversacional. Esta tendencia tuvo en el mismo Fernández Moreno, en el nicaragüense Ernesto Cardenal y en el uruguayo Mario Benedetti a sus máximos exponentes. En el caso del autor argentino, alcanzó su cumbre expresiva en el año 1963 con la publicación de Argentino hasta la muerte. En 1982, Fernández Moreno publicó Sentimientos completos, que reunía el conjunto de su obra poética hasta esa fecha. [1]

 

Misa y vals


Tomás, el mejor amigo de Franz, había muerto muy joven. Varios años después, invitaron a Franz a una misa en su memoria. Franz no era religioso de esa manera, pero tales ritos solían dar una tregua a su rutina.

Sin embargo, por esta vez quedó al margen de la misa. El recuerdo de Tomás se negaba a hacerse presente. Franz sólo podía ver y analizar los vulgares frescos de la iglesia, las mecánicas actitudes de las beatas. Todo fue un leve ejercicio de voluntad, un deseo de exhibir su presencia en la misma por el amigo. Cuándo terminaría. Terminó.
Franz salió a la calle, remordido por su real ausencia de la ceremonia, por la renuncia de su pensamiento al recuerdo de Tomás. Por su absurda impaciencia en volver a la rutina que había abandonado durante media hora.

Iba canturreando una melodía, un viejo vals dulzón. Llegó a la esquina, subió al trolebús apagando el cigarrillo junto con los últimos compases de la pegadiza melodía. El trolebús arrancó potentemente. Franz se sintió aliviado, dichoso.

Nunca más volvió a recordar esa melodía. Nunca llegó a darse cuenta que era ella la que había extinguido sus remordimientos. El vals favorito de su amigo muerto.

César Fernández Moreno, de “La vuelta de Franz Moreno”
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 625