Cuento

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El rey ordenó: (te condeno a morir, pero a morir como Xios y no como Tú) que Xios fuera llevado a un país enteramente distinto. Cambiado su nombre, artísticamente mutilados sus rasgos. La gente del país obligada a crearle un pasado, una familia, talentos muy diversos de los suyos.

Si recordaba algo de su vida anterior, lo rebatían, le decían que estaba loco, etcétera…

Le habían preparado una familia, mujer e hijos que se daban por suyos.

En fin, todo le decía que era el que no era.

Paul Valéry, Histoires Brisées
No. 25, Agosto 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 657

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La amazona

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Yegua mía, mi hermosa yegua, iremos al bosque a no pensar sino en nosotras mismas.

El aire vivo, las sombras, los árboles, los retiros, los movimientos de tu movimiento —los fantasmas que arranca el furioso galope a los ramajes, y que tira luego a la nada, tras de sí—, los paisajes profundos que entreabre y cierra en seguida de tu carrera —y esa rara transparencia giratoria de los claros del bosque con sus columnas innumerables cuando se les atraviesa de prisa—, ¡que todo esto nos haga un sueño y una ausencia desatinada!

Que tu cuerpo conduzca a mi cuerpo. Yo soy bella como bella eres tú. Eres tú mía y yo soy tuya… ¡En marcha, hop!

Espera un momento para asegurarme el sombrero, para ponerme sobre el seno esta rosa roja y sólida, para que me entregue el escudero ese fino látigo.

No es para ti, bestia rubia. Es para esos jóvenes que no se atreven a jugar con el amor.

Paul Valéry
No. 11, Abril 1965
Tomo II – Año I
Pág. 266

Paul Valéry

Paul Valéry

Paul Valéry

Ambroise-Paul-Toussaint-Jules Valéry

(Sète, 30 de octubre de 1871 – París, 20 de julio de 1945)

Fue un escritor francés, principalmente poeta, pero también ensayista de gran talento.

Tras realizar sus estudios secundarios en Montpellier, inició la carrera de derecho en 1889. En esa misma época publicó sus primeros versos, fuertemente influidos por la estética simbolista dominante en la época. En 1894 se instaló en París, donde trabajó como redactor en el Ministerio de Guerra.

Tras el fin de la Primera Guerra Mundial, se convirtió en una suerte de ‘poeta oficial’, inmensamente celebrado, al punto de ser aceptado en la Academia francesa en 1925. Tras la ocupación alemana rehusó a colaborar, perdiendo su puesto de administrador del centro universitario de Niza. Su muerte, acontecida unas pocas semanas después del fin de la Segunda Guerra Mundial, fue celebrada con funerales nacionales y su cuerpo fue inhumado en Sète, en el cementerio marino que inspiró una de sus obras cumbres. Pues entre sus poemas más importantes cabe destacar «La Joven Parca» (1917) y «El cementerio Marino» (1920).

Su obra poética, influenciada por Stéphane Mallarmé, es considerada una de las piedras angulares de la poesía pura, de fuerte contenido intelectual y esteticista. Según Valéry, «todo poema que no tenga la precisión de la prosa no vale nada».

Más de sesenta años después de su muerte, la publicación de «Corona & Coronilla», un libro sorprendente y magistral, con más de 150 poemas de amor escritos en los últimos años de su vida, ha modificado fundamentalmente la imagen del poeta[1].

El atentado

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Necesitamos dinero. Iremos a tomarlo donde lo haya. No nos gustan ni el trabajo ni la incertidumbre. No somos laboriosos, no somos jugadores. Compraremos pistolas y máscaras de seda fina. Una media de mujer servirá para el caso. Iremos al bosque a combinarlo todo; al café, a estudiar la guía de los ferrocarriles. Tomaremos ese hermoso tren nocturno. Está lleno de ricos que duermen. Sabemos que en determinado punto disminuye la velocidad. Pondremos ahí a nuestros amigos en el coche que harán robado. Esperaremos. Tú dejarás tu sitio a la hora que las circunstancias lo exijan. Yo estaré en el pasillo, con cinco tiros en cada mano. Encenderás la luz bruscamente. Bruscamente harás esa entrada aparatosa que paraliza los corazones y los miembros. No hay que matar sino a los valerosos…

—Hay muchos cálculos y riesgos en este asunto. Hay miserables que entregan carteras falaces a los compañeros. No hay tiempo de contar. Hay las ruedas espantosas del tren que se abandona. Hay las batidas por el campo, y alambres en los que uno cae, a oscuras. Hay, al alba, un cigarrillo que se desprende muerto de los labios, y un hombre como todos los hombres, cuyo dedo ya oprime el botón del timbre…

Paul Valéry
No. 11, Abril 1965
Tomo II – Año I
Pág. 234