Dos vidas y un verano

En ese momento, las gotas de la lluvia se estrellaban contra la lámina del automóvil. Golpeo de lejanía, escuchado suave y monótono. Sonido vago, como el juego de palabras que había estallado en el interior del auto, hacia unos momentos:

—¿Entonces, no quieres que nazca el niño?

Pregunta femenina escupida con lágrimas e incertidumbre.

Ahora, silencio de palabras lluviosas y de cristales bañados de verano. Y yo: parte de cigarro convertido en huno; y ella: ansiosa espera de una respuesta negra o rosa. Final de pretérito amor entre los dos: sexo, esfuerzo, orgasmo y, ahora, la apatía.

—No.

Y ese No, firme, seco, cayendo como gota en el cristal del auto: quitando la mancha del viril sentido.

Recuerdos, sonrisas y sollozos, olvidados.

Un No de decisión inquebrantable de vivir.

Ernesto Cervantes Martínez
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 648

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Mi sentimiento

Subo al camión y cambio con el conductor los convencionales trozos de cobre por un pedazo de papel. Miro hacia el fondo del autobús, busco ansiosamente ojos, bocas o sonrisas conocidos; inútil, sólo asientos vacíos. Por las ventanas veo que van quedando atrás las calles y las casas. Me siento.

Pensando en el tiempo de camino por recorrer, una moneda en el piso se encuentra con mis ojos. Penacho y hombre aztecas permanecen fijos en el sol blanco, en mis retinas. Transcurren los minutos, suben más pasajeros. La marcha de plata-níquel aún está ahí, junto: al zapato negro, al joven de pantalón listado y dueño de largos cabellos y de un rostro femenino-niño.

Desde el círculo, el indio pálido se burla de mis ganas de esconderlo en mi bolsillo, de guardarlo para comprar un refresco o, para pagar el pasaje de regreso o… simplemente guardarlo. Pero, por el hecho de que no está junto a mí, me imposibilita hacerlo.

¡Joven… hey… joven! Recoja su tostón.

Voz y mirada de mujer que reprimen una envidia, quizá igual o más que la que estoy sintiendo.

El aludido, el joven de camisa amarilla y de grandes patillas, con movimientos mecánicos, se inclina y levanta la moneda sin dueño. Ademanes de indiferencia que hieren el gusano de palabras masculladas interiormente, “noesamonedanoestuyayolavíprimero”. Gusano que brinca y se retuerce dentro de mi cuerpo.

Cuando el sol blanco del hombre y penacho aztecas, ahora con dueño, desaparece ante la tela listada, mis ojos miran, sin ver, los coches que pasan al lado del autobús. Entonces pienso: “Ni modo”.

Ernesto Cervantes Martínez
No 45, Septiembre-Octubre 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 794