El encuentro

Felipe, de andar muy masculino, muy macho, como corresponde a los hombres de su tierra, salió del hotel donde se había celebrado la reunión anual de su club. Eran las once de la noche y como se hallaba cerca de la Zona Rosa, hacía allá se dirigió, alegrándose de que ninguno de sus amigos fuera con él, porque deseaba encontrar una buena hembra y no compartirla.

Y no tardó mucho en encontrarla ¡Si hasta parecía que lo estaba esperando! Alta Frondosa, aunque de caderas estrechas, de labios carnosos y sedoso cabello, como a él le gustaban. La invitó a tomar una copa y lo demás fue instantáneo.

Tres horas después, Felipe caminaba como sonámbulo por las calles de Reforma. No sabía cómo, pero había ocurrido. Ya en la intimidad de un hotel, al desnudar a la mujer, se percató de su sexo, pero en ese momento sus labios estaban unidos a los de ella y por ningún motivo la habría apartado de sí.

Se llamaba Estela, le dijo, y como en película de amor, prometió esperarlo al año siguiente, en ese mismo sitio.

Lo que molestaba ahora a Felipe, mientras caminaba por Reforma era la disminución de su hombría, pero, pensó eso sería su secreto, y sabía también que nada le impediría asistir a la cita, el próximo año.

Al día siguiente, en los pasillos del aeropuerto, mientras esperaba la indicación para abordar el avión que lo llevaría de regreso a su casa, Felipe vio a Estela, a unos metros de distancia, despidiendo con un beso en la mejilla a un hombre que se encontraba de espaldas a él. No resistió la tentación de acercarse, con la intención de saludar a la mujer, sin importarle su compañero.

Ella lo vio a su vez y sin decir “agua va” se colocó a su lado, plantándole un apretado beso. Felipe miró por encima del hombro de la muchacha al hombre que la acompañaba. Era Rodolfo Zúñiga, su amigo de siempre, con quien venía cada año a la reunión del club.

Guadalupe Alcántara Ferrer
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 281

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