Hora de nadar

Por fin lo admitió: estaba enferma. Lo que en principio habían sido simples manifestaciones de sus problemas, ahora eran graves trastornos orgánicos. Por la noche tardaba en conciliar el sueño, ya que los latidos de su corazón eran perturbadores. La sangre era empujada a recorrer venas y arterias con tal fuerza, que Cristina aseguraba que cada latido sería el último. Mientras más tardaba de controlar estos movimientos, más se aceleraban, incrementaban. Finalmente, después de horas, conciliaba el sueño.

Por las mañanas otros eran sus síntomas: cualquier problema lo hacía suyo, y sufría por resolverlo. Tenía dolores de cabeza que se apoderaban de ella ya los conocía bien, podía describirlos con todos sus detalles, los tenía clasificados por secciones de dolor, intensidad, frecuencia y momento de aparición. Uno era el ataque de una enorme aguja de tejer que se incrustaba en el cráneo en la parte posterior derecha. Otro era como toques eléctricos en las sienes. Algunos le impedían el habla, otros la dormían por horas enteras o le provocaban náuseas. Había aprendido a vivir con ellos, pero a veces lloraba desesperada, rodeada de un sentimiento de temor.

La medicina no funcionaba, pero había descubierto que su tensión disminuía cuando su mente viajaba. Esta se detenía admirando las flores y paisajes que imaginaba. Las cascadas y el mar eran sus visiones preferidas. Escuchaba perfectamente los sonidos del agua, percibía su olor y la frescura del ambiente. Disfrutaba imaginándose que chapoteaba y se zambullía en el agua sin cesar. Después flotaba tranquilamente, de espaldas, acariciando el agua.

La encontraron sentada en su oficina con trabajo por todo su alrededor. Estaba fría, dura, con los párpados abiertos y una expresión tranquila en su rostro. Era su hora de nadar.

María Luisa Pérez Tovar
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 417

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Visita al psicoanalista

Me encuentro recostado, sin quererlo, en un sofá, analizando las grietas del techo y formando figuras con ellas. Admiro, a través del ventanal, las nubes que flotan. Me asombro de su intensa blancura que contrasta con el claro azul del cielo. ¿Por qué se mueven tan rápido si en el consultorio el tiempo transcurre tan lentamente?

Desganado, adormecido, el psicoanalista interrumpe mis pensamientos con un forzoso: “¿En qué piensas?”

¡Odio la intromisión! Considero que pierde su tiempo con mi caso y que está consciente de ello.

¿Cómo explicarle que he encontrado una gallina en el techo?

Silencio. Prefiero no responder, sino crear figuras con las grietas del techo gris. Es divertido: además de la gallina, su polluelo, un borrego, un papalote…

Sin darme cuenta, grito. Emito un alarido, largo, estridente, insoportable, agudo… interminable. Me incorporo estupefacto.

El psicoanalista se despabila rápidamente. No sale de su asombro cuando mira, perplejo, como del techo se desprenden la gallina, su polluelo, el borrego, un papalote…

María Luisa Pérez Tovar
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 297

Hora de nadar

Por fin lo admitió; estaba enferma. Lo que en su principio habían sido simples manifestaciones de sus problemas, ahora eran graves trastornos orgánicos. Por la noche tardaba en conciliar el sueño, ya que los latidos de su corazón eran perturbadores. La sangre era empujada a recorrer venas y arterias con tal fuerza, que Cristina aseguraba que cada latido sería el último. Mientras más trataba de controlar estos movimientos más se aceleraban. Finalmente, después de horas, conciliaba el sueño.

Por las mañanas otros eran sus síntomas; cualquier problema lo hacía suyo, y sufría por resolverlo. Tenía dolores de cabeza que se apoderaban de ella. Ya los conocía bien, podía describirlos con todos sus detalles, los tenía clasificados por secciones de dolor, intensidad, frecuencia  y momento de aparición. Uno era el ataque de una enorme aguja de tejer que se incrustaba en el cráneo en la parte posterior derecha. Otro era como toques eléctricos en las sienes. Algunos le impedían el habla, otros la dormían por horas enteras o le provocaban nauseas. Había aprendido a vivir con ellos, pero a veces lloraba desesperada, rodeada de un sentimiento de temor.

La medicina no funcionaba, pero había descubierto que su tensión disminuía cuando su mente viajaba. Esta se detenía admirando las flores y paisajes que imaginaba. Las cascadas y el mar eran sus visiones preferidas. Escuchaba perfectamente los sonidos del agua, percibía su olor y la frescura del ambiente. Disfrutaba imaginándose que chapoteaba y se zabullía en el agua sin cesar. Después flotaba tranquilamente de espaldas, acariciando el agua.

La encontraron sentada en su oficina con trabajo por toda su alrededor. Estaba fría, dura, con los párpados abiertos y una expresión tranquila en su rostro. Era su hora de nadar.

María Luisa Pérez Tovar
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 607