Un remedio casero

El gran sicoanalista Seguismundo Freud, cuando estaba por consolidar su teoría terapéutica, cayó en una profunda depresión. Su recinto de trabajo y estudio, donde se había enclaustrado, se encontraba sucio. Wesfalia, su doméstica, había tomado vacaciones, y mobiliario y enseres se hallaban recubiertos con una gruesa capa de polvo, a la par que las visiones luminosas del descubridor del inconsciente. Para don Seguismundo, las ideas que siempre tomó como claras y definidas se volvieron confusas y borrosas. Su mirada de águila erraba desfalleciente por el ámbito de su estudio, se posaba sobre escritos, libros, rostros, y parecía que, ese, su mundo inmediato, hubiera desaparecido.

Sólo pudo salir de su postración con el regreso de Wesfalia, quien armada con un plumero de fina pluma importada de guajolote mexicano, procedió a sacudir, a conciencia, el espejo que tenía frente a sí el célebre doctor.

Cuando la imagen de éste empezó a develarse en la superficie plateada y pudo el sabio apreciar su distinguida barba blanca, una sonrisa llena de vivacidad afloró a sus labios. Wesfalia, por toda contestación, le guiñó el ojo, pícaramente al espejo, y continuó ejecutando la limpieza.

Julio Aurrecoechea Acereto
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 159

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