El principio

Estoy preparando la comida. Tomo a uno de los pichones que comeremos, aún vivo. Me mira con uno de sus ojos. Es café, pequeño, y de plumaje ni suave ni áspero, de un agradable punto medio. Me sigue mirando. Entonces, sin saber por qué, explico: “Necesitamos comer para vivir”. Él responde “No es tu culpa. Es curioso que la vida se base en la muerte”. No quiero oír más. Giro su cabecita, pequeña, ternísima, y él muere.

Esa noche lo cominos junto con otros pichones que no sabían hablar, pero sí mirar.

Mauricio Ramírez Ramírez
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 3

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