Estatua

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Llegó un día, encogido, preciso. Estuvo bordeando la blancura de la plaza, oculto. Hizo exactamente lo necesario para que no lo reconocieran: unas veces árbol, otras banco, fuente… se había hecho de un espacio, de un anonimato cotidiano.

Al cabo de muchos años, lo mataba la soledad e intenté cambiar su posición. Alguien descubrió su movimiento y todo el pueblo lo subió en un pedestal.

Cuando vengo a la plaza y juego, me acuerdo a veces que aún permanece subido allí, abandonadamente inmóvil, quien sabe si soporta todavía este sol bravo.

Santos López
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 199

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San José

Siento los mismos dolores y corazonadas que mamá. Hoy, luego de tanto santo, de tanto Corazón de Jesús, de tanto velorio y tanto muerto, puede ocurrir cualquier cosa.

Casi en el ahogo, salgo rápidamente del cuarto. Respiro hondo, y el hedor a orines rancios del patio me recuerda que llevo más de doce horas sin orinar. Debe ser la fiebre que también llevo por dentro. Mientras sale el chorro caliente y amarillento me acuerdo también de que hoy es día de San José y que en la plaza se están celebrando las fiestas patronales.

Cálmate Morochita, pero mamá continúa gesticulando, y como no queriéndose ir, me abraza fuerte. Es el temor, hace tres días de la muerte de mi tío. Me pide el rosario y que la ayude a rezar. Apenas murmura. Un susurro suave y lento es lo que le sale como voz. Tengo el presentimiento que mamá, Morochita, se va también de mí, de todos los rincones de esta casa tan grande. Dicen que si a los tres días de muerto no se la lleva, es porque no se la va a llevar. Es extraordinario pensar en eso. Más cuando por la casa no han rondado hoy mariposas negras.

Café y corazonada en mano, entro de nuevo al cuarto cuando de pronto me dice: me quedo porque tu tío quiere que seas un hombre.

Santos López
No. 83, Septiembre-Octubre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 317