En la oficina

Se sentó frente a la máquina de escribir con la serena disposición de todos los días: introdujo impecablemente la hoja de papel blanquísimo tras el rodillo, y procedió a mecanografiarlo con su habitual eficiencia: tlac-tlac-tlac. Completaba apenas tres líneas, cuando un febril cosquilleo corrió por todo su cuerpo: descendió de la nuca a los hombros y se proyectó, como un escozor de anhelos suspendidos, a lo largo de sus brazos, de sus manos, de sus profesionalísimos dedos que, incontenibles, aletearon sobre el teclado imprimiendo azarosamente las letras metálicas sobre la hoja de papel. El familiar compás del tlac-tlac cedió ante la irrupción de sonidos melodiosos, escalados, que perdían su consistencia percusiva para adquirir matices de cuerdas, de alientos, de coros encubiertos por notas perfectamente armonizadas. Sus compañeros de trabajo, sorprendidos, temerosos, incrédulos del prodigio que estaban percibiendo, la rodearon en silencio. Uno de ellos susurró: “es Beethoven”. “Es música de Beethoven”, algún otro balbuceó, mientras ella, irradiando la vehemencia de un éxtasis solitario, permitía que sus labios dibujaran una sonrisa de triunfo. Suspiró profundamente, al tiempo que los primeros tlacs-tlacs se dejaban oír otra vez entre la música. Dejó de teclear y se llevó las manos a la nuca. Se levantó de su silla, y sintiendo sobre si la muda sorpresa de sus compañeros, dijo, con cierta turbación: “¿No lo habían notado? Siempre me sucede esto cuando estoy sentimental. Espero que no me corran…”

Sergio González Salvador
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 88

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Escribir cansado

A pesar de su cansancio decidió escribir un cuento breve para enviarlo a una revista: sobre la marcha —pensó— irán tomando forma los personajes y comenzará a plantearse la anécdota final. Alisó una hoja blanca de papel y tomó el lápiz para iniciar su narración. Empezaron a ser descritas, sin que él mismo supiera cómo, unas mujeres aladas con colas translúcidas y crestas ondulantes de plumas de cristal. Tenían los cabellos luminosos, y sus labios, escarchados, esbozaban gestos que a él le parecieron amenazantes. Continuó escribiendo sin hacer caso del cosquilleo que empezaba a nacerle entre los dedos y se decidió por cambiar el aspecto de esas mujeres, que, sin embargo, continuaban definiendo sus contornos de nervaduras aéreas, de plumajes cristalinos, de límites transparentes. Él no deseaba describir a semejantes criaturas. Él quería escribir un cuento con anécdota al final. El cosquilleo se acrecentaba y le subía por la mano, por el brazo, le llegaba al hombro en forma de un dolor intolerable y el lápiz, obedeciendo a impulsos que no eran los de él, se deslizaba sobre la hoja de papel añadiendo rasgos en aquellos rostros que crecían, describiendo vapores de hielo en aquellas bocas escarchadas, delineando con palabras ajenas a las figuras aladas que desde aquella superficie blanquísima, arrojaban hacia él un rumor helado que se impregnaba en su frente y lo llenaba de miedo. Retiró el lápiz con la mano temblorosa, y un zumbido de cantos encerrados le hizo doblar la cabeza sobre el pecho, sobre el dolor de su pecho que, incontenible, lo llevaba a descender a ese espacio en el que todo era frío y en el que una mujer, sólo una, abría hacia él sus alas cristalinas y mudaba sus gestos amenazantes por una sonrisa de amor. El lápiz rodó de su mano, y él, sin queja alguna, se fue dejando caer.

Sergio González Salvador
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 285

Algo de Sergio Gonzáles en: http://www.boletinesanteriores.ujat.mx/al_dia/2006/julio_06/5_libro.html

Suavizar la sentencia

Lo había planeado todo perfectamente. Ahora, sin embargo, se encontraba prisionero. “Fínjase loco —le había aconsejado su abogado—, y así podremos suavizar la sentencia”. Y así lo había hecho. En el tribunal, frente al juez, ante la posibilidad de negar su culpabilidad, se limitó a extraviar la mirada sobre las imágenes que iba formando en su memoria (el cuerpo de su mujer, el ensangrentado cuerpo de su mujer, retorciéndose y pidiéndole perdón por su infidelidad, suplicándole), a reír incoherentemente, a balbucir palabras carentes de sentidos. Y él, al encubrirse, descubría en sí mismo una extraordinaria habilidad para engañar a los demás.

“Todos me creyeron loco —piensa ahora en su celda—, a todos los engañé y me dejaron en paz”. Y excitado, presa de una extraña expectación, se recuesta sobre la litera maloliente y enmohecida. “A todos los engañé —se repite, sintiendo el mismo cosquilleo sobre sus pies—, a todos, menos a estas malditas”; y con las manos, desesperadamente, trata de librarse de esas hormigas gigantes, monstruosas, que desde entonces ascienden por cientos a lo largo de sus piernas haciéndole saltar, correr, gritar aterrorizado (¡es ella!, ¡ella las manda!”); que ascienden incontenibles, con sus crujientes cuerpos azules salpicados por la sangre de su mujer, sobre su cuerpo maltrecho y angustiado. “A todos, menos a estas malditas”, solloza, desplomándose impotente sobre el sucio suelo de su celda.

Sergio González Salvador
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 549