Magias del circo

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En el circo, una madre imprudente deja que su hijo se preste al número de un mago chino. Lo meten en un cofre. Cierran. Luego abren el cofre: está vacío. Vuelven a cerrar y a abrir el cofre: el niño reaparece y vuelve a su asiento. Ahora bien: no es ya el mismo niño. Y nadie lo sospecha.

Jean Cocteau
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 113

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Kako la gallinika

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La calle a la que daba el gran portón de nuestro patio era polvorienta y mortecina. Cuando llovía mucho quedaba enfangada y los coches de plaza dejaban surcos profundos. A mí no me permitían jugar en la calle, había sitio suficiente en nuestro patio enorme, y era lugar seguro. Pero a veces desde afuera me llegaba un fuerte cacareo que se volvía rápidamente exaltado y frenético. Al poco tiempo se precipitaba por la puerta un hombre andrajosamente vestido de negro, cacareando y temblando por las maldiciones que le lanzaban los niños de la calle, Todos corrían tras él gritando “¡Kako! ¡Kako!”, y cacareaban como gallinas y por eso lo hostigaban. Les llevaba algunos pasos de ventaja y de pronto, ante mis propios ojos, se transformaba en gallina. Desesperado de miedo frenéticamente y hacía revolotear los brazos. Sin aliento, se precipitaba por los escalones de la casa del abuelo pero nunca se atrevió a entrar, saltaba del otro lado y se quedaba inmóvil, tendido en silencio. Los niños seguían cacareando junto al portón del patio, pues no se les permitía entrar. Quedándose allí tendido, como muerto, asustaba un poco a los niños, que se iban. Pero pronto volvían a entonar desde fuera su canción triunfal: ¡Kako la gallinica! Mientras cantaban, Kako permanecía silencioso e inmóvil. Apenas dejaba de oírlos se levantaba, se palpaba, escudriñaba cautelosamente a su alrededor, escuchaba temerosamente un rato más y finalmente se escabullía fuera del patio, encorvado y sigiloso. Entonces dejaba de ser gallina, no revoloteaba ni cacareaba y se convertía de nuevo en el apaleado idiota del barrio.

Elías Canetti
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 110

Ángel de luz

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“Mamá está en mi cuarto”, le dije a mi hermana. “Dice que quiere hablar contigo, que vayas”.

Mi hermana me miró con lástima, aunque también con reproche.

“No puede ser”, me contestó.

“Mamá está muerta”.

“Ya lo sé, pero ahí está. Ven a ver”.

“Bueno, está bien. Vamos”.

Y atravesamos la pared cogidos de la mano.

Agustín Monsreal
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 107

Creación

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“De todas las cosas que han sucedido y de todas las cosas tal y como existen, y de todas las cosas que uno sabe, y de todas las cosas que uno puede saber, se hace algo que no es una representación sino una cosa totalmente nueva, más real que cualquier otra cosa verdadera y viva, y uno le da vida, y si se hace suficientemente bien, se le da inmortalidad. Es por eso que yo escribo y por ninguna otra razón”.

E. Hemingway
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 103

La bomba

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El hombre, junto a la cama, veía a través de las ranuras de las ventanas oscurecidas de “balas” de luz, que descendían lentamente acompañadas por el ruido de oleadas de aviones dando vueltas por encima de la fábrica, a 30 metros de su vivienda. El ruido de los aviones resultaba como un tic tac familiar de reloj. Cuando se aproximara, las bombas caerían, dirigidas como flechas seguras, brillando sus reflejos plateados a las luces de las “balas” numerosas. El hombre se estremeció ante esta idea. “¿Cuál será mi último pensamiento?”, se preguntó. ¡Tenía que marcharse al sótano! Bajar una escalera… eran cuatro segundos, nada más. Entonces se hallaría seguro.

Las bombas no caían aún, pero los aviones iban aproximándose. El hombre no se movió, se sentía pesado, con los músculos endurecidos, prisionero allí, sentado en una silla. Quería escapar, pero seguía sentado. Contempló a su mujer en la cama. Estaba pálida, inmóvil, con los ojos cerrados, asomándose a la base de la nariz pequeñas gotas de sudor. Las últimas palabras del médico habían sido: “No deberá ser transportada. Peligro de muerte”. Añadió: “La vida de su mujer está en sus manos”. Y él ¡la quería, la quería! Pero, pensó oprimido por el miedo: ¡De todos modos no va a vivir!

Fuera continuaba el ruido monótono. Los aviones buscaban su blanco. ¡En tres saltos, abajo, seguro! ¡Cuatro segundos más! Escuchó atentamente y esperó las bombas. Pronto, sería demasiado tarde. Rememoró la fórmula de caída de los cuerpos… Si la velocidad inicial es cero…

Se irguió, agarrándose a la cama, mirando a su mujer, que seguía igual y pensando: “¡Tú eres mi muerte!” Luego: “¡Oh, Dios mío, que no caigan las bombas, o haz que no tenga miedo1” De repente, recibió un fuerte golpe y sus pulmones fueron invadidos por el dolor. Se halló echado en el suelo, a un metro de distancia de la silla, cogiéndose la cabeza con las manos. Oía explosiones, las sirenas, gritos y vio un agujero en la techumbre, por donde penetró la bomba, que no había explotado aún. “¡Ahora ya no hay cuenta de cuatro segundos, estoy encima de una bomba sin explotar!” Se contemplaron, el agujero y él. “¡Qué mojado estoy!”, se dijo. Se levantó sin experimentar dolor ninguno, y se acercó a la cama. “¡Amor mío, siento el miedo hasta en los huesos de los pies! ¡Hay una bomba aquí!” Le puso a la enferma una compresa fría. “¿Por qué me pasará a mí, Dios mío?” El miedo le empujaba las piernas para arriba, produciéndole náuseas. “¡Amor mío, no quiero morir!” Tú no tienes ninguna posibilidad. “¡Yo quiero vivir!” Su mujer lo miraba ahora. “Vete”, le dijo. Y sonreía. Él le acarició una mano; su voz le había recordado el pasado con ella. Respiró profundamente; el miedo se había disipado. Inclinándose, le acarició el cabello. “¡Pronto… estarás mejor… has sonreído…!”

La bomba les dejó aún dos segundos de profunda compañía.

Theo Van Der Wal
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 100

Reptiles

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De pronto, en medio de la cena, al dar el viejo reloj la hora, los invitados empezaron a transformarse, hablando cada uno un lenguaje diferente.
Y no cayó del cielo y no se estremecieron las copas sostenidas en las manos. Sólo sus cabezas adoptaron la forma de reptiles y arrastrándose, despaciosamente, entre interjecciones y gruñidos, dijeron adiós a la señora Embajadora y entre babas y terrones subieron dignamente a sus coches.

Alfonso Chase
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 97

De libros y lectores

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No debes preocuparte,  pues hoy mismo le paso el libro. ¡Estúpido! ¿Cuándo aprenderemos los mexicanos a tener respeto? Quedará fascinado, hasta nos lo regalará para comérnoslo, en tu casa, con lo bien que cocina tu madre. ¿Te parece bien que sea Polvo? Sí, polvo como todo lo de aquellos días, tan pobretón, tan inventado y al mismo tiempo tan bestial. Polvo, una bella e ingenua proposición a fin de cuentas: ¡Regalar un libro de poesía a un vecino para que quitara, del patio, a un guajolote!

Sergio Fernández
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 87

Astucia aldeana

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Un rústico labrador, deseoso de ver al rey, pensando que era más hombre, despidióse de su amo, pidiéndole su soldada, el cual, yendo a la corte, con el largo camino acabáronsele las blanquillas. Allegado a la corte y visto el rey, viendo que era como él, dijo:

—¡Oh, pésete a la puta que no me parió, que por ver a un hombre ha gastado todo lo que tenía, que no me queda sino medio real en mi poder! Y del enojo que tomó le empezó a doler una muela, y con la pasión de el hambre que le aquejaba no sabía qué remedio de tomase, porque decía:

—Si yo me saco la muela, y doy este medio real quedaré muerto de hambre; si me como el medio real, dolerme ha la muela.

Con esta contienda arrimóse a la tabla de un pastelero, por írsele los ojos tras los pasteles que sacaba. Y acaso vinieron a pasar por allí dos lacayos, y como le vieron tan embebecido en los pasteles, por burlarse dél, dijéronle:

—Villano ¿qué tantos pasteles te atreverías a comer de una comida?

—Pardiez, que me comiese quinientos.

Dijeron:

—¡Quinientos! ¡Líbrenos Dios del Diablo!

Replicó:

—¡De poco se espantan vuesas mercedes!

Ellos que no y él que sí, dijeron:

—¿Qué apostaréis?

—¿Qué señores? Que si no me los comiese, que me saquéis esta primera muela.

El cual señaló la que le dolía.

Contentos, el villano empezó a jugar de diente el hambre que tenía muy a su sabor. Ya que estuvo harto, paró y dijo:

—Yo he perdido, señores.

Los otros muy regocijados y chacoteando, llamaron a un barbero y se la sacaron, aunque el villano, fingidamente hacía grandes extremos; y por más burlarse dél decían:

—¿Habéis visto este necio de villano, que por hartarse de pasteles se dejó sacar una muela?

Respondió él:

—Mayor necedad es la vuestra, que me habéis muerto el hambre y sacado una muela que toda esta mañana me dolía.

En oír esto, los que estaban presentes tornáronse a reír de la burla que el villano les había hecho, y los lacayos pagaron, y de afrentados volvieron las espaldas y se fueron.

Juan de Timoneda
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 84

Fusilamientos

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Dos o tres meses debo haber estado pegado a la máquina de escribir, diez o doce horas diarias, con interrupciones dedicadas a rectificar algún dato en la biblioteca local. Tomar en serio la redacción de un libro parecía tan raro en aquel ambiente de negociantes, jugadores y políticos, que casi tenía que ocultarme para evitar explicaciones y preguntas. Y aun mi esposa, aburrida quizás de verme todo el día clavado en la mecanografía, observó, mirándome trabajar: “Vaya, así es muy fácil hacer libros: nomás te pones a copiar de otros.”

José Vasconcelos
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 77

Libros

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A la experiencia sufraga la razón. El ejercicio literario, siendo conforme al genio y no excediendo en el modo, tiene mucho más de dulzura que de fatiga; luego no se puede ser molesto o desapacible a la naturaleza, y, por consiguiente, ni perjudicial a la vida. He puesto las dos limitaciones de ser conforme al genio y no exceder en el modo; pero éstas son trascendentes a toda ocupación, pues ninguna hay que siendo o en la cantidad excesiva o respecto del genio violenta, no sea nociva. ¿Qué cosa más dulce hay que estar tratando todos los días con los hombres más racionales y sabios que tuviesen los siglos todos, como se logra en el manejo de los libros?

Feijóo
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 75

Literata

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Yo no me casaría nunca, pero con una mujer literata menos aún. Cuando uno se enamora de una mujer, se le encuentran todas las virtudes que uno necesita, pero cuando esa mujer cede y se la lleva uno a su casa, al día siguiente no sabe qué hacer con ella. Eso tratándose de una mujer común y corriente, porque de una mujer que escribe, aunque escriba bien, la vida se hace insoportable a los cincuenta minutos de estar con ella. La vida en común con una mujer es una constante contradicción; con una literata sería una constante catástrofe.

Dr. Atl
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 69

Lugar de prueba

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Gravemente, Barba Azul ordenó a Anima: “Jamás, bajo ninguna circunstancia, abras esa puerta”. La presumible desobediencia de la muchacha habría de ser motivo más que suficiente para asesinarla. Pero Anima desconocía la virtud de la curiosidad y nunca padeció la tentación de develar el enigma que encerraba la advertencia. No buscó la ocasión subrepticia, no inventó ardides, no merodeó siquiera. Barba Azul, justamente indignado, tuvo que matarla. ¿Quién soporta a una mujer tan falta de imaginación, de aspiraciones y porfías, de codicia?

Agustín Monsreal
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 67

Revelaciones

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—Cuando yo escribo un cuento, sé muy bien cuál es el principio y cuál es el final, lo que ocurre en el medio me va siendo revelado a medida que escribo.

—Usted siempre usa la palabra revelado “Me fue revelado”, como si una voz ajena a usted le dictara.

—No. Es como si el cuento ya existiera y yo fuera viéndolo cada vez más cerca. Al principio lo que veo es una forma general vaga, con más claridad en las dos puntas.

—Onetti me dijo una vez: “Sé lo que va a pasar, no sé cómo va a pasar”.

—Viene a ser lo mismo, A veces me ha pasado con un cuento que he escrito dos páginas y de golpe me doy cuenta de que las cosas no sucedieron así.

Entonces las borro y vuelvo atrás.

Entrevista a Borges
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 63

El que fue a aprender a mentir

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Había uno antes —cuentan— que quería aprender a mentir. Se lo dijo a su padre.

Su padre le contestó:

—Voy a mandarte con el maestro de los mentirosos de nuestro pueblo para que vea si puedes aprender.

Cuando llegó a donde estaba el maestro, éste le dijo:

—Veremos si tienes vocación. Vamos a empezar ahora mismo. ¿Ves esas hormigas que están peleando sobre aquel cerro?

—No —dijo el aprendiz—, no las puedo ver porque estoy mal de la vista, pero sí oigo el ruido que hacen cuando chocan.

—¿Y cómo quieres que te enseñe? Ve a ver a quien engañas. Tú ya sabes, lo único que pretendes es venir a engañarme.

Víctor de la Cruz
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 62

La venadita

El sacristán tenía tres hijas, crecieron así, al natural, a pesar del padre que tenían, no se hicieron para nada beatas.

La menor se quiso ir pronto con el novio y se fue, era chiquinita, calladita y muy enojona. La de en medio estaba flaca, flaca como palo de cerca, dicen que se enamoraba hasta de las vacas, a todos les daba su chance. La mayor era una reina, de una hermosura que no le sé describir, señor. Verla era detenerse donde uno estuviera y con quien sea, daban ganas de llevársela. Con aquel cabello, alta, ojos negros que parecía que se retraban las cosas en su mirada, así de cristalinos.

Yo, platiqué con ella, nada más el saludo; que buenos días, que buenas tardes Juana Margarita. Donde le iba yo a decir algo más, si me dejaba todo callado, medio atolondrado, quien sabe cómo.

Así estaban las cosas por aquellos días, las tres mujercitas haciéndose deveras hembras, pero destacando “La Venadita”, era como le decían por los ojazos que tenía, de un encanto, bueno, toda ella ¿verdad? Porque estaba muy bien hechecita. ¿cómo le diré?, tenía lo suyo, las nalguitas levantadas, cuando se ponía su pantalón, ¡cállese! le chiflaban y decían cuanta cosa, pero con mucho respeto, porque acá en Tlaxicomulco la gente no se alterca ni se pasa de la raya, usted me entiende.

Ya le digo, aquella mujer estaba de la mejor hechura de cuantas se puedan encontrar y pues vino el gobernador y de pura chiripa que la ve entre el gentillal. Ah, no, hubiera visto cómo se le quedó así que parecía atarantado, bueno, hasta que no se aguantó y les dijo a los andaban con él, sabe que cosa y señalaba a la muchacha. No falta es esos casos quien  se acomida para arrimarle sus gustos a los personajes, y le acercaron a La Venadita a la hora del banquete.

El gobernador sí toma, y le gusta el tequila derecho, se aventó sus alcoholes, habló bonito del pueblo y se fue. Tlaxicomulco quedó igual, sólo que sin La Venadita.

Antonio Villa
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 60

Dibujando patos

A la memoria de Demetrio, Juan Carlos, Maricela y tantos otros…

Apenas el martes me dijiste que te ayudara a dibujar un pato. ¿Un pato? Te pregunté. Sí, un pato que nade bajo el agua. ¿Lo quieres buceando como pelícano? No, que vaya igualito que afuera pero hasta el fondo del agua. Dibujamos un pato blanco y gordo con el pico rojo. El agua era azul con verde y arriba flotaban unas flores amarillas. Las quiero bien amarillotas, como las del día de muertos, me aclaraste.

El jueves no quisiste dibujar. Tenías mucho frío y te tapé con una cobija de rayas. Voy a parecer mariachi, me dijiste y los dos nos reímos como si hubieras dicho algo gracioso, como si nuestras risas pudieran espantar a la muerte, que andaba tan cerca sin que lo supiéramos. Vi que tus manos temblaban no solo de frío sino también de miedo. Si pudiera creer que Dios nos escucha, le hubiera pedido que te llevara con cuidado, que te la hiciera más leve, pero entonces yo no podía adivinar que estabas muriéndote.

Hoy me dijeron que te fuiste el domingo. Todavía me pregunto si al dibujarlo, tú presentías que cinco días después estarías como ese pato. Que estarías hasta el fondo, no del agua, sino de la vida, hasta el fondo de todo lo que es bello, de los besos y las risas. Quisiera preguntarte qué se siente estar nadando bajo el agua sin ahogarte. Te llevaron solamente flores blancas.

Me dicen que te fuiste así como si nada. Sin despedirte. Como un pato que se hunde. En mis ojos no hay lágrimas. Me siento furiosa. No contra ese Dios lejano que nunca nos pela, a eso ya estoy acostumbrada. Estoy furiosa contra esta sociedad mugrosa que te obligó, niño de ancha sonrisa, a vender tu cuerpo moreno por un poco de pan y tortillas para tus hermanos pequeños. Estoy indignada contra esta pinche sociedad que mata de rechazo y vergüenza a un enfermo de sida, desde antes que su cuerpo muera. También estoy enojada conmigo, que no me di cuenta a tiempo de que tú eras ese pato para llevarte tus flores amarillotas, cempasúchiles eternos…

Alejandra Padilla
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 56

Parque botánico

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Aquellos dos estudiantes alimentaban a sus plantas con residuos de viejecitas y niños, robados en la morgue de la Facultad de Medicina, pero aquél día las plantas decidieron por sí solas el menú y desde entonces los detectives, asombrados e impotentes, no han podido descubrir el paradero de los dos distinguidos aspirantes a botánicos.

Alfonso Chase
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 55

La casa de los espíritus

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Barrabás acompañaba a la niña de día y de noche, excepto en los periodos normales de su actividad sexual. Estaba siempre rondándola como una gigantesca sombra tan silenciosa como la misma niña. Se echaba a sus pies cuando ella se sentaba y en la noche dormía a su lado con resoplidos de locomotora. Llegó a compenetrarse tan bien con su ama, que cuando ésta salía a caminar sonámbula por la casa, el perro la seguía en la misma actitud. Las noches de luna llena era común verlos paseando por los corredores, como dos fantasmas flotando en la pálida luz.

Isabel Allende
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 53