Ebi

En aquella cantinucha de Tokio de los años cincuenta, me llamó la atención el hermoso langostino albino que nadaba solitario en la pecera.

Con mímica refinada pregunté al cantinero se esa rara especie de crustáceo era comestible; como respuesta sacó al langostino de la pecera, le cortó la cabeza y la puso frente a mí en un plato. Por cortesía lo comí.

Yo aseguro a mis amigos que los japoneses sirven de botana langostinos albinos crudos.

En Japón y parte de Corea se afirma que los turistas mexicanos comemos langostinos albinos crudos.

Los langostinos advierten a sus congéneres albinos que deben abstenerse de nadar en peceras japonesas a la vista de turistas mexicanos.

Efraín Boeta Saldierna
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 10

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Así pasa cada cien años

Muy allá, en Jerusalén, agobiado por la fiebre y el cansancio, regresaba de hacer adobes cuando los guardias romanos quisieron obligarlo a cargar la pesada cruz de aquel reo.

—¡Ora! ¿Y yo por qué?, ¿yo por qué?

En seguida salió la sentencia de labios del Nazareno:

—Errante andarás por el mundo hasta la consumación de los siglos.

—¡Adió y ora! ¿Y yo por qué?, ¿yo por qué?

Así empezó su interminable peregrinar.

Esta vez apareció tras el huizachal, rumbo a la Lagunita, venía dando traspiés, medio apendejado por el calor canicular, ataviado con su túnica púrpura y aquellas sandalias de excelente calidad.

Fue el día de la incongruencia; cuando la mayoría de la gente del poblado salió a pasear por las calles a las dos de la tarde bajo una temperatura de 47 grados Celsius a la sombra.

Unos jornaleros borrachos le ofrecieron una “caguama” helada. La bebió a grandes tragos, dio las gracias y prosiguió su camino.

Frente a la escuela primaria hizo un saludo militar a la bandera nacional.

En el barrio del Orégano, unas niñas lo confundieron no sé con quién y arrodilladas le pidieron su bendición; siguió de largo sin mirarlas.

Afirma Nacho Vitela que lo vio pasar frente a su casa, como cada cien años; iba apresurado, sudoroso, mentando madres en arameo.

Efraín Boeta Saldierna
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 209

El abrazo

—Qué potencia, —pensaba Gumaro, —nunca pensé que fuera tan fuerte. ¡Cómo me estrecha! Pero, ¡que fría! —¡Espera, afloja un poco, casi no puedo respirar! Nunca quise llegar a esto, sólo deseaba jugar un poco…

Encontraron el cadáver en la cabaña solitaria; la anaconda asesina estaría a esa hora dormitando en algún apartado lugar de la selva.

Efraín Boeta S.
No. 37, Julio-Agosto 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 533

Mi reloj

Mandé quitar el segundero a mi reloj, no porque estuviera mal sincronizado ni por su aspecto antiestético, sino porque a cada impulso de su movimiento me hacía sentir un fuerte golpe por la espalda que me acercaba lentamente al borde del abismo.

Poco tiempo después tuve que eliminar el minutero; sus golpes, aunque se sucedían a intervalos mayores, eran más fuertes e inquietantes.

Fue muy fácil para mí desprender la manecilla que marca las horas, de un tirón la arranqué de su sitio. Durante el día su empuje era soportable, pero durante la noche la potencia de sus golpes me despertaba súbitamente cuando mi sueño era más profundo.

Ahora me siento feliz con mi reloj sin manecillas, si bien, el principio al que estoy destinado lo veo ya muy cercano, por lo menos llegaré a él tranquilamente, sin tener que soportar esos molestos golpes y empujones.

Efraín Boeta Saldierna
No 45, Septiembre-Octubre 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 735

Perseguido

Mi presencia se agota, cada día me es más insoportable esta angustiosa existencia. Muy contra mi voluntad he tenido que alterar mis hábitos cotidianos. Yo, que estaba acostumbrado a disfrutar plenamente de la vida al aire libre. Me gustaba presenciar el momento cuando en aquellas frescas madrugadas empezaban a aparecer formas y colores; me deleitaba al sentir la humedad del rocío penetrar por los poros de mi piel. Ahora tengo que permanecer oculto y a la sombra; no puedo salir a admirar tan siquiera el instante en que el sol hace un último guiño a la tierra antes de ocultarse en el ocaso.

Únicamente por las noches, cuando la obscuridad es más profunda puedo salir de mi escondite unos instantes, y a pesar de que tomo muchas precauciones me veo constantemente amenazado de muerte. Anoche estuvo a punto de caer abatido por aquella bala maldita. Sí, ¡soy un perseguido! Con gusto me dejaría matar si tuviera la certeza de que mi familia quedaría a salvo; pero no es así, la consigna es acabar conmigo y con los míos, y sin embargo, yo no he cometido ningún delito, nunca he buscado pelea ni he sentido rencor para nadie: no soy un rebelde, ni guerrillero idealista.

Quisiera poder cambiar mi destino, pero esto es imposible. Con mucho esfuerzo tengo que resignarme a seguir soportando la humilde existencia de tímido conejo que Dios me dio.

Efraín Boeta Saldierna
No 45, Septiembre-Octubre 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 714