Zooretrato

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El coyote es un esqueleto largo y fino, tristón, encima del cual han tenido una piel de lobo gris con la vistosa cola hinchada siempre arrastrada por el suelo, con aire desesperado, de abandono y de miseria. Tiene ojos humildes pero de mala persona, la cabeza larga y aguda, los hocicos ligeramente arremangados y los dientes al descubierto. Todo su ser ostenta un aire furtivo. Es la imagen viviente de la necesidad. Siempre tiene hambre, siempre está en desgracia, siempre pobre, siempre sin amigos. Los animales más viles lo desprecian y hasta las pulgas serían capaces de abandonarlo para saltar a picar a una bicicleta. Es tan cobarde que cuando sus dientes te amenazan, el resto de su cuerpo parece presentar excusas.

Mark Twain
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 5

La manzana de Adán

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Cuando Adán comió la manzana del Jardín del Paraíso y aprendió a crecer y multiplicarse, los demás animales aprendieron también dicho Arte contemplando a Adán. Fue astuto y hábil de su parte; pudieron aprovechar todo lo bueno que resultó de comer la manzana sin probarla ni afligirse contrayendo el desastroso Sentido Moral, padre de todas las inmoralidades.

Mark Twain en “Cartas desde la tierra”
No. 19, Diciembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 607

Mark Twain

Mark Twain

(Samuel Langhorne Clemens; Florida, EE UU, 1835-Redding, id., 1910)

Escritor estadounidense. Aventurero incansable, encontró en su propia vida la inspiración para sus obras literarias. Creció en Hannibal, pequeño pueblo ribereño del Mississippi. A los doce años quedó huérfano de padre, abandonó los estudios y entró como aprendiz de tipógrafo en una editorial, a la vez que comenzó a escribir sus primeros artículos periodísticos en redacciones de Filadelfia y Saint Louis.

Con dieciocho años, decidió abandonar su hogar e iniciar sus viajes en busca de aventuras y, sobre todo, de fortuna. Trabajó como tipógrafo durante un tiempo en su región, para después dirigirse a Nueva Orleans; de camino, se enroló como aprendiz de piloto de un vapor fluvial, profesión que le entusiasmaba y que desempeñó durante un tiempo, hasta que la guerra de Secesión de 1861 interrumpió el tráfico fluvial, poniendo fin a su carrera de piloto.

Posteriormente se dirigió hacia el oeste, a las montañas de Nevada, donde trabajó en los primitivos campos de mineros. Su deseo de hacer fortuna lo llevó a buscar oro, sin mucho éxito, por lo que se vio obligado a trabajar como periodista, escribiendo artículos que enseguida cobraron un estilo personal. Su primer éxito literario le llegó en 1865, con el cuento corto La famosa rana saltarina de Calaveras, que apareció en un periódico firmado ya con el seudónimo de Mark Twain, nombre técnico de los pilotos que significa «marca dos sondas».

Como periodista, viajó a San Francisco, donde conoció al escritor Bret Harte, quien le animó a proseguir su carrera literaria. Empezó entonces una etapa de continuos viajes, como periodista y conferenciante, que le llevaron a Polinesia y Europa, y cuyas experiencias relató en el libro de viajes Los inocentes en el extranjero (1869), al que siguió A la brega (1872), en el que recrea sus aventuras por el Oeste.

Tras contraer matrimonio en 1870 con Olivia Langdon, se estableció en Connecticut. Seis años más tarde publicó la primera novela que le daría fama, Las aventuras de Tom Sawyer, basada en su infancia a orillas del Mississippi. Antes había escrito una novela en colaboración con C. D. Warner, La edad dorada (1873), considerada bastante mediocre.

Sin embargo, su talento literario se desplegó plenamente con Las aventuras de Huckleberry Finn (1882), obra ambientada también a orillas del Mississipi, aunque no tan autobiográfica como Tom Sawyer, y que es, sin duda, su obra maestra, e incluso una de las más destacadas de la literatura estadounidense, por la que ha sido considerado el Dickens norteamericano. Cabe destacar también Vida en el Mississippi (1883), obra que, más que una novela, es una espléndida evocación del Sur, no exenta de crítica, a raíz de su trabajo como piloto.

Con un estilo popular, lleno de humor, Mark Twain contrapone en estas obras el mundo idealizado de la infancia, inocente y a la vez pícaro, con una concepción desencantada del hombre adulto, el hombre de la era industrial, de la “edad dorada” que siguió a la guerra civil, engañado por la moralidad y la civilización. En sus obras posteriores, sin embargo, el sentido del humor y la frescura del mundo infantil evocado dejan paso a un pesimismo y a una amargura cada vez más patente, aunque expresada con ironía y sarcasmo.

Una serie de desgracias personales, entre ellas la muerte de una de sus hijas y de su esposa, así como un grave quebranto económico, ensombrecieron los últimos años de su vida. En una de sus últimas obras, El forastero misterioso, manifiesta que se siente como un visitante sobrenatural, llegado con el cometa Halley y que habría de abandonar la Tierra con la siguiente reaparición del cometa, tal como efectivamente sucedió[1].

Un pistolero del oeste


A veces, Jack Slade dejaba a sus enemigos sin molestarlos durante semanas y meses, sin hablar de la ofensa ni mirarlos con sonrisa agorera. Había quienes opinaban que actuaba así para que sus víctimas se confiaran y poderlas atacar de improviso. Otros, en cambio, afirmaban que Slade hacía durar al enemigo da la misma manera que un niño hace durar el caramelo, para disfrutarlo más tiempo, saboreándolo por anticipado.

Mark Twain
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 99