La espada de Damocles

La orgía iba en aumento.

Damocles, introducido por los ujieres, avanzó con modestia, saludó al rey y se sentó en el lugar que le indicó.

Antes de tomar asiento depositó en el suelo, a un lado, un paquete envuelto con viejos periódicos, sobre los que los policías disfrazados de mujeres bonitas miraron furtivamente.

Empezó la comida.

Sirvieron a Damocles sesos de mosca y riñones de ardilla, alas de fenicóptero, pasteles de hormiga, tarta de casuario.

Le dieron de beber champaña centenario, cécubo en odres de piel de camello nonato, vinagre con perlas disueltas y polvo de diamante.

Los senos desnudos de las cortesanas se extendían sobre la mesa llana de flores.

En el momento en que Damocles llenaba sus ojos del vértigo de aquel espectáculo, el tirano Dionisio golpeó su hombro con delicadeza y le señaló el techo con el dedo índice: una espada desnuda, colgando sujeto por tan sólo un cabello.

Damocles miró la espada, alzó los hombros y se inclinó hacia el paquete depositado a su lado en el suelo. Abrió el periódico, retiró un casco de bombero, con cubrenuca de malla, y se lo encajó en la cabeza.

Después volvió a pedir asado.

Gabriel de Lautrec
No. 7, Noviembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 37

Gabriel de Lautrec
No. 77, Junio 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 361

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