Golde Cukier

Golde Cukier

Golde Cukier

(México, D.F. 1948 – Michoacán,1986)

Golde Cukier nació en México, D.F. en 1948; llevó a cabo sus estudios de maestra en el Seminario Israelita para Maestras en la ciudad de México. Realizó estudios de posgrado en Biblia, Pensamiento Judaico e Historia del Mido Oriente en el Instituto Gold, dependiente de la Universidad Hebrea de Jerusalén. Además de sus actividades docentes, publicó ensayos y cuentos en diferentes periódicos y revistas, destacando su trabajo como columnista de las páginas editoriales de los diarios Ovaciones yExcélsior. Murio el 31 de marzo de 1986, junto con sus tres hijos, en un accidente aéreo en el Estado de Michoacán. Su libro de artículos El mundo que vi y no pude vivir fue publicado póstumamente en 1987, editado por Jaime Cukier[1].

“En el primer artículo publicado por Golde , dedicado a Ana Frank a la muerte de su padre Otto Frank en Agosto de 1980, describe lo que a ella más le impactaba  de la situación mundial en ese momento: Usted múrio un veinte de agosto; cuando Irak tuvo la posibilidad de hacer la bomba, cuando la URSS mata musulmanes en Afganistan, cuando Irán mantienen rehenes norteamericanos, cuando Italia y España se desangran a causa del terrorismo, cuando en América Latina de nuevo los militares pisotean a las democracias, cuando el lado más amable de las noticias son los anuncios y cuando toda la gente de buena voluntad envuelve en papel periódico el pescado y la suciedad”.[1]


[1] Esta semblanza se obtuvo gracias a la investigación de Adriana Azucena Rodriguez.

 

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La cita

Salió del elevador de servicio y se dirigió presuroso al encuentro de su cita. Iba sonriendo, tarareando la melodía de moda. Revisó mentalmente su atuendo y la técnica que iba a seguir. Se sentía tranquilo, su conquista sobre ella sería total, de eso no tenía duda.

Sacó la llave y abrió la puerta. Entró al cuarto. La penumbra lo envolvió. Encendió la luz. Ahí estaba ella, de pie, aguardándole y como siempre la sonrisa en la boca y la cabeza ligeramente inclinada a un lado. Las manos extendidas hacia él.

La observó desde todos los ángulos. Se sonrió. Lentamente, evitando lastimarla, causarle algún daño, la fue desvistiendo. Primero el chal, después la mascada que le envolvía coquetamente el cuello. Con mucho tacto desabrochó un botón tras otro. Libres los botones, con una suavidad tiernamente pensada, le quitó la blusa. Sus pechos altos, firmes, erguidos, quedaron al descubierto.

Su sonrisa se ensanchó, el clímax se acercaba. Se limpió el sudor de la frente, nunca podía evitar sudar en momentos como éste. Le desabrochó la falda, le bajó el cierre y la dejó caer fuera de ella. Ahí estaba, por fin, en toda su desnudez; las suaves líneas ondulantes de su cadera, sus piernas firmes, sus pechos erguidos… Cuando sus cinco sentidos terminaron de extasiarse con ella, sabedor de lo bien que lo había hecho hasta ese momento, tomó Carlos al maniquí y se lo llevó al operador del segundo piso.

Golde Cukier
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 377

El día en que el verde se volvió guinda

Un día el verde decidió ser guinda, a todo el que lo saludaba: “Buen día, Señor Verde”, lo corregía: “Oiga, yo soy el Señor Guinda”. Al principio todos se sorprendieron. “¿El Señor Verde es Guinda? No, es Verde” se aseguraban.

Pero al pasar los días y seguir diciendo el Señor Verde lo mismo, muchos empezaron a sonreír, otros incluso a burlarse. “Este Señor Verde está mal de la cabeza, mira que decir que es Guinda…”

Por los campos y bosques, por las ciudades y pueblos, el señor Verde se anunciaba: “El Señor  Guinda, para servirle”. Tanto fue su insistir que algunos ignorantes y otros ingenuos comenzaron a aceptarlo como cierto. “Señor Guinda, te digo; no es Verde sino Guinda”. Así estos empezaron a propagar más y más entre sus poco inteligentes amigos que el Verde es Guinda. Al rato, los medios letrados comenzaron a dudar de sus conocimientos. “Bueno, tal vez estábamos mal informados; en realidad cualquiera puede ver que el Verde, Guinda es”.

Los árboles se rebelaron: “Es injusto, somos verdes no guindas”. A los que los secuaces del Señor  Verde respondieron quitándoles sus hojas.

Los arbustos gritaron: “Queremos ser verdes, no guindas”, pero por comodidad y por temor al final, todos aceptaron que el verde es guinda.

Todos, claro, menos el Señor Verde que, sonriendo muy para sí, sabía que él era azul.

Golde Cukier
No. 90, 1984
Tomo XV – Año XIX
Pág. 334