Fusilamientos

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Dos o tres meses debo haber estado pegado a la máquina de escribir, diez o doce horas diarias, con interrupciones dedicadas a rectificar algún dato en la biblioteca local. Tomar en serio la redacción de un libro parecía tan raro en aquel ambiente de negociantes, jugadores y políticos, que casi tenía que ocultarme para evitar explicaciones y preguntas. Y aun mi esposa, aburrida quizás de verme todo el día clavado en la mecanografía, observó, mirándome trabajar: “Vaya, así es muy fácil hacer libros: nomás te pones a copiar de otros.”

José Vasconcelos
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 77

¡Ya le tocaba!

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“De ese Urbina —el compadre y lugarteniente de Pancho Villa—, se contaba que invitó a comer a un compadre que acaba de vender unas mulas. Y a los postres, Urbina, ya borracho, seguía brincando mientras enlazaba con el brazo derecho la espalda de su compadre. Hacía calor y el compadre se llevó la mano a la bolsa de atrás del pantalón, para sacar la “mascada”, pañolón colorado de los rancheros. Urbina, en su delirio de sangre y alcohol, imaginó que el compadre sacaba la pistola, y adelantándose, sin dejar de abrazarlo, con la izquierda le perforó de un tiro el corazón. Cayó el compadre muerto, y cuando lo extendieron sobre el pavimento, en su mano crispada sólo apareció el pañuelo… Viendo lo cual, Urbina se echó a llorar y decía:

—¡Pobrecito de mi compadre! Es que ya le tocaba.

José Vasconcelos
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 76

¡Ya le tocaba!

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“De ese Urbina —el compadre y lugarteniente de Pancho Villa—, se contaba que invitó a comer a un compadre que acababa de vender unas mulas. Y a los postres, Urbina, ya borracho, seguía brindando mientras enlazaba con el brazo derecho la espalda de su compadre. Hacía calor y el compadre se llevó la mano a la bolsa de atrás del pantalón para sacar la ‘mascada’, pañolón colorado de los rancheros. Urbina, en su delirio de sangre y alcohol, imaginó que el compadre sacaba la pistola, y adelantándosele, sin dejar de abrazarlo, con la izquierda le perforó de un tiro el corazón. Cayó el compadre muerto, y cuando lo extendieron sobre el pavimento, en su mano crispada sólo apareció el pañuelo… Viendo lo cual, Urbina se echó a llorar y decía:

“—¡Pobrecito de mi compadre! Es que ya le tocaba…!

José Vasconcelos, en La tormenta
No. 1, Mayo 1964
Tomo I – Año I
Pág. 31

José Vasconcelos

José Vasconcelos

José Vasconcelos

(Oaxaca 28/02/1882 – México, D. F. 30/06/1959)

 Fue discípulo de Justo Sierra y formó parte del Ateneo de la Juventud, que en torno a 1910 se enfrentó al positivismo y al dictador Porfirio Díaz, impulsando una corriente crítica y de renovación ideológica y política.

En su Estética, expone su teoría sobre la evolución del universo y la reestructuración de su sustancia cósmica, en los órdenes físico, biológico y humano. Comprometido con el movimiento revolucionario, apoyó a Francisco I. Madero en el Partido Antireeleccionista y más tarde a los presidentes Venustiano Carranza y Álvaro Obregón. Al parecer, Vasconcelos fue quien redactó el lema maderista: “Sufragio efectivo no reelección”.

Ejerció como rector de la Universidad Nacional, a la que convirtió en institución revolucionaria. En 1921 fue nombrado por el presidente Obregón, Secretario de Educación y durante tres años, hasta su enfrentamiento con él y su posterior exilio en Estados Unidos, llevó a cabo ‘una verdadera cruzada nacional’ en favor de la educación popular. Hizo todo lo posible para impulsar la educación indígena, la rural, la técnica y la urbana; creó redes de bibliotecas, misiones culturales, escuelas normales y Casas de Pueblo, que convirtió en centros educativos básicos. Apoyó la obra de los primeros muralistas y construyó el Estadio Nacional como lugar de espectáculos populares.

En 1925 publicó La raza cósmica, obra en la que se expone algunas de sus reflexiones sobre el indigenismo.

En 1929 regresó a su país como líder de un movimiento político apoyado por las masas que se enfrentaban al callismo dominante. Falló su intento de obtener la presidencia por lo que regresó a su retiro personal. En su obra filosófica se reivindica la intuición emotiva, opuesta a toda forma de intelectualismo y a la que sitúa en la base de su sistema metafísico (Tratado de metafísica, 1929). Entre sus obras destacan: Ulises Criollo (1935), La tormenta (1936), El desastre (1938), y Breve historia de México (1937).

José Vasconcelos falleció el 30 de junio de 1959 en Ciudad de México.

Cargos

9º Rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (9 de junio de 1920-12 de octubre de 1921)

1º Secretario de Educación Pública (1921-1924)[1]

El baile

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La sensación del barco era una chilena estupenda recién casada con un yankee buen mozo y grandote; jóvenes los dos, ricos y bellos. Si no me equivoco, fueron más tarde los personajes de un drama que ocupó a la presa de escándalo no sé cuántas semanas. Mató ella al marido en una disputa y el juez la interrogó en la audiencia pública:

—Dice Ud. que la noche anterior al crimen se hallaba ya muy preocupada; sin embargo, hay testigos de que esa noche la pasó Ud. bailando…

—Señor Juez; no bailó con la cabeza sino con los pies—, contestó la chilena.

José Vasconcelos
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 89