Mariposas

Un inesperado olor a mariposas. A mariposillas verdes, de las que a mí me gustan. Me vuelvo cuando pasan junto a mí, casi rozándome. No se molestan en mirarme, se van, revoloteando. Todas vestidas de seda, bajo un sol que brilla únicamente para ellas. Coquetean con un aparente descuido que seduce hasta a los faroles apagados. Me entusiasman. Las sigo con la vista alborozada. Quisiera cubrir de flores la sucia banqueta por la que están pasando para que no extrañaran su hogar. Busco en el aparador de una galantería pasada de moda un manojo de flores anónimas y se las ofrezco, una tras otra, con una voz que quiere recordar a don Juan Tenorio. Con muy poca fortuna, por cierto: no las recogen, no las agradecen. Siguen revoloteando. Se van. El dinero en los bolsillos se vuelve brazas ardientes, como en los cuentos de niños. Pienso en la miel que podría comprar con unas cuantas monedas… Desgraciadamente, las necesidades más apremiantes de mi esposa y de mis hijos me han convertido en un platónico.

Perla Aguilar Plata
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 427

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Palabras

En el transcurso de la primera noche, mientras desenredaba el hilo de su primer cuento, una sombra empezó a nublar la habitación. Olía a sombra fresca, húmeda, silvestre. Pero nadie se percató de ello, ni siquiera el astuto sultán, quien se jactaba de reinar en el país de las sombras.

Durante la segunda noche la sombra se concretó en un enjambre de mariposas blancas, que revoloteaban por todo el suntuoso salón donde ella esparcía el polen de sus cuentos. Nadie advirtió que las mariposas habían salido de sus labios, escondidas entre los jazmines de su aliento. Y nadie advirtió tampoco que desaparecieron cuando ella terminó de hablar.

Durante las noches siguientes el palacio entero estuvo lleno de mariposas blancas, rojas, amarillas y azules. Y todos las veían mientras ella prodigaba sus palabras en el viento, pero nadie se preguntaba de dónde habían salido ni quién había construido la red milagrosa de sus alas.

Al llegar la noche número mil, las mariposas rodearon su frágil cuerpo. Cuando ella finalmente guardó silencio, desaparecieron igual que la luz del día al huir el sol, y entonces todos advirtieron, con tardío asombro, que Scherezada también había desaparecido.

Perla Aguilar Plata
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 219