Sueño y amante

Despertó con el sueño todavía revoloteándole en la frente. Trató en vano, de acordarse de él. Con violencia lo desechó de su mente porque ese día, en especial, tenía muchísimas cosas qué hacer, ya que Arturo regresaba esa noche después de dos semanas de ausencia. Le sirvieron el desayuno y aún recostada en su cama, pensó en el vestido apropiado, en el peinado preciso y en la actitud oportuna que debería adoptar para impresionar definitivamente a su amante. Se levantó a las once de la mañana y después de tomar un baño caliente de tina, salió apresuradamente de su casa para dirigirse al salón de belleza en donde se realizaría el milagro de su hermosura. Al atravesar la calle supo, instantes antes que la atropellara el coche que velozmente daba vuelta a la esquina, que iba a morir. Lo último que vio fueron dos faros gigantescos que se la tragaban; luego, el descanso en espiral hacia el fondo de un hoyo profundo. Mil años después o después de una fracción de segundo, abrió los ojos sin lograr recordar el sueño que había tenido y que aún revoloteaba en su frente. Sólo pensó que no era cosa de estarse todo el día acostada pensando en un simple sueño, mucho menos hoy que Arturo llegaba después de dos semanas de ausencia.

Delfina Careaga
No. 58, Abril-Mayo 1973
Tomo IX – Año X
Pág. 691

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Delfina Careaga

Delfina Careaga

Delfina Careaga

Delfina Careaga es una reconocida novelista y dramaturga, que ya ha sido condecorada con el Premio Nacional de Teatro “Emilio Carballido” por su obra “Una tal Raimunda”; con el Ariel de plata gracias a su guión “La tía Alejandra”, además de que recibió la presea estado de México de Artes y Letras “Sor Juana Inés de la Cruz”.

“Yo no concienticé el hecho de cómo y cuándo me descubrí como escritora, sino que desde que empece a leer y escribir y trás la necesidad de escribir mis emociones y al saciarlas, surgió como una cosa natural, espontánea”.

Así lo expresó la escritora y dramaturga, Delfina Careaga. Delfina Careaga, nació en 1937 en el Distrito Federal, publicó su tomo de cuentos titulado “Muñeca vestida de azul” y basándose en este relato, escribió un guión cinematográfico con el nombre de “La Tía Alejandra” el cual le permitió ganar un premio nacional de cine, bajo la dirección de Arturo Ripstein Rosen, y en 1980 obtuvo un Ariel de Plata por mejor argumento del año.

En 1985, la escritora ganó el Premio Nacional de Teatro “Emilio Carballido” por su obra “Una tal Raimunda”.

Durante la época de los 80 el Gobierno del Estado de México, junto con el Instituto Mexiquense de Cultura (IMC) y la Universidad Autónoma del Estado de México publicaron 4 libros más, entre novela, cuento, teatro y varios guiones para historieta.

En 1999 obtiene la Presea Estado de México Sor Juana Inés de la Cruz, y del 2000-03 Careaga, en coautoría con el maestro Esvón Gamaliel (Q.E.P.D.) escribieron una trilogía dramática. Actualmente, y junto con la Compañía teatral “O” de madera estrenarán este próximo jueves 13 de mayo la obra titulada “El Cielo” …Sin la mínima opción para sustraerse del cruel acicate de la esperanza, suponer que en el Cielo lograrán la identidad tan anhelada, y podrán SER, libres por fin de la deplorable y humillante atadura de la vida. Con esas y otras palabras, Delfina Careaga comentó que no podría definir el cielo, “Yo realmente no tengo la perspectiva para definirlo, las definiciones me causan mucho miedo, pero un amigo lo definió como un poema maldito, como el de Charles Baudelaire, es una obra maldita, dentro de la literatura, expuso.

Asimismo, explicó José Cotero, miembro de la compañia teatral y director de la obra, que “el cielo desde la óptica que se quiera ver, ya sea como lector, como intérprete, creador, dramaturgo, el cielo te llega hasta las entrañas  hasta la sangre, a todos lados y no hay forma de que te escapes, es un universo, es tan inmenso, tan fuerte que te devora  esa es la sensación que experimentemos cuando hacemos los ensayos generales, no hay forma de divagar y eso es algo bastante agradable, la obra te absorbe  la obra por sí misma va hilando y eso es lo interesante de ésta, no es que se venda desde el inicio, no esperas nada ni al final ni al inicio, nada.

La historia permite que cada quien se vaya relacionando y cada quien tenga su propio modo de ver el cielo”.

“Y esto pasa porque habla de la condición humana, de su dolor de vivir, de su placer de vivir, de todo lo que le corresponde, dentro de los roles que les toca vivir como papás, como hijos, como todo, pero es más bien, ese dolor de vivir fundamentalmente, es decir, como los filósofos dicen; el hombre es trágico por naturaleza, porque se tiene la condición de saberse que uno va a morir y sólo por eso, es como uno parte de su ser, y es doloroso porque una se afianza a la vida hasta con las pestañas, pero está la idea y es trágico, es el dolor”.

Y por otro lado, la necesidad de purificación, la necesidad de atender al cielo, la necesidad de SER realmente, nadie es absolutamente libre, esa sensación del cielo, de ese premio está en nosotros, ¿En qué momento podemos vivir realmente, plenamente? Y el mal, con una sociedad que está podrida, si hay guerras, de luchas del hombre contra el hombre, en la injusticia, en todo lo que es el mundo, entonces también pertenecemos a él y matar un animal es también destruirnos a nosotros porque somos parte de este mundo.

La escritora, comentó que hallar al personaje de él, era importante, pues cuando lo vió, “me apantalló mucho, en José encontré a él, porque me daba mucho miedo ese personaje, ya que si no es un buen actor, si no son buenos actores, se puede caer en lo grotesco  por lo que le pedí que hiciera El Cielo y la Raimunda que será el año que entra, pues desde mayo del 2008 y tras dos años de espera se verá reflejada la obra, pues más vale tarde que nunca, dijo.

Además el reparto está bajo los personajes de la abuela, por Daniela Salazar, Milagros Rodríguez, con el personaje de Ella y José Cotero como él, de jueves a domingo 18:00 horas del 14 de mayo al 13 de junio, función para adolescentes y adultos, en el teatro Universitario de Cámara “Esvón Gamaliel” y del 3 al 9 de julio del año en curso, llevarán al festival cultural la puesta en escena “El Cielo”, en Santiago de Cuba.

Pues el movimiento teatral, indicó José Cotero, está creciendo y es importante hacernos presente a nivel nacional e internacional, empero la sociedad está un poco pasiva ante este movimiento, y generar algo mucho más grande es lo que quiere “O” de madera. Finalizó[1].

 

El reflejo

Su silueta joven, tan frágil, tan provocativamente indefensa, le inundaba el alma de una ternura triste. No podría dejarla nunca, aunque quisiera, aunque se lo pidiera a gritos la razón y el sentido común. Tendría que asumir el sacrificio de su propia vida en aras de esa pequeña que había sufrido las lamentables miserias de la humanidad, y que, por el peso enorme de lo que suponía esto, se transformaba en una anciana milenaria dentro de un cuerpo extrañamente joven.

De seguir unidos equivaldría a vivir atrapado en la angustia en cada una de las heridas que ella mantenía siempre abiertas; pero no podría dejarla, tan frágil, tan tierna y dulce, aunque le transmitiera una muerte constante provocada por sus experiencias eternamente presentes.

Pero al fin, el instinto de supervivencia venció al amor. Con un espantoso esfuerzo, volvió la cabeza y dejó que pasara esa silueta de ojos desproporcionadamente tristes que aquella desconocida —encontrada así, tan de improviso en la calle y a su paso—, le había dejado en la mirada.

Delfina Careaga
No. 58, Abril-Mayo 1973
Tomo IX – Año X
Pág. 663

Una larga historia

Desde el inicio las cosas se sucedieron una tras otra, inexorable, fatalmente:

El asombro, el acercamiento, la ilusión, la entrega, el amor, el olvido. Ella se preguntaba ahora si cada uno de esos momentos, habría existido en realidad, y de ser así, cuánto duró, cuánto y cómo los pudo vivir. Acababa de cumplir los setenta años. Estaba sola. El recuerdo del olvido también hacía tiempo que la abandonada. Quiso asirse de algo, por pequeño que fuera, pero no encontró nada.

—A ver —se dijo—, debo tener escondida alguna otra cosa…

Su cansado cerebro empezó a trabajar: algún indicio, tal vez un color, un olor que pudiera conducirla al recuerdo y a la sensación lejana. Mientras se esforzaba en alcanzar, aunque fuera un pedacito de la memoria que pudiera llevarse en los instantes quizás más importantes de su vida, abrió los ojos y volvió lentamente la mirada por aquel cuarto casi vacío: el miserable mueblario se le clavó en sus pupilas con ese su gris de astillas viejas. La destartalada estufa expandió, cínica, su vaho de cochambre. La luz mortecina de un día lluvioso le tocó el cuerpo con tanto desgano que la dejó helada.

Las aletas de su nariz se ensancharon. Intentó una sonrisa ajena. Despacio, se volvió hacia la ventana húmeda de vapor ante el frío de la calle, mientras que con la cabeza iba haciendo un largo asentimiento.

—Está bien, lo encontré. No me iré sola —dijo, y fue muriendo inexorable, fatalmente.

Delfina Careaga
No. 83, Septiembre-Octubre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 279