Diálogo kafkiano

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Cuando uno pregunta por la casa donde vivió Franz Kafka, quienes saben algo de él, contestan con otra pregunta: ¿Cuál de ellas?

Marco Antonio Campos
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 157

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En un burdel de Atenas

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En un burdel de Atenas, aquella tarde Dimitria me decía: “Me llamo Dimitria, un nombre común entre las griegas: soy la puta más bella de la Hélade”. La tarde, ya entraba en el crepúsculo; el bruto me ofrecía más prostitutas, como quiera sí, ¿un vino?, un attimo, signore. No hablaba inglés ni italiano, apenas griego; apenas deletreaba las monedas.

¿Yo? Yo nací hace mil siglos. Mi padre fue el padre de estas tierras, mi madre la esperanza. Me parezco a la sombra de esos arcos, a la sombra de esos barcos, a mi sombra. Mi cuerpo se pudre en los museos; así mi amada. Adiós siglo de oro hecho cenizas, adiós mis ojos: la gaviota está muerta junto al lago.

Dimitria se levanta, abre los ojos: “¡Oh, no es cierto, no es cierto! ¡Me he acostado, Dios mío, con un cadáver!”

Marco Antonio Campos
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 171

Die Kleine Fabel

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Obras Completas (así lo llamaremos sin petulancia) era de esa suerte de eruditos que se abocan al estudio temporal pero apasionado de un autor, y desde entonces y por ese tiempo todo lo relacionado con el autor es casi la vida de él mismo.

Todo escritor importante tenía horror de morir, menos por la duda metafísica de si habría otra vida o no, que por la seguridad de que Obras Completas caería con pico y garra implacables sobre aquellos textos que él, por inexperiencia, vanidad o mero compromiso, publicó en los más amarillentos periódicos escolares o de provincia, o sobre los manuscritos que el creyó, sobrio o borracho, haber quemado, o no encontró. Obras Completas parecía ver todo desde el cielo universitario con mirada milimétrica: Primero situaba el lugar exacto del texto, luego se precipitaba sobre él, lo recogía con el pico, y lo llevaba hasta su escritorio henchido de papeles, algunos útiles.

A partir de ese momento OC (lo llamaremos así para ahorrar espacio) cambiaba la figura de buitre por la de hormiga. Con paciencia, equivalente en su oficio a la de Job, reunía textos, los disponía cronológicamente y procedía a su copia, fotocopia, anotación y memoria en el procesador de palabras. Desde la redacción de las primeras líneas en el cuaderno escolar y en la revistita de iniciación, hasta la última página escrita, casi siempre inconclusa, OC lograba descifrar a su modo, con lupa o sin ella, toda grafía o signo. Una vez recopilado y hecho todo eso, OC escribía un prólogo entusiasta y elemental —que él consideraba científico—, pies de página vagamente precisos y notas de un tenor como: Jorge Manrique, poeta español del siglo XV; Febo, sobrenombre de Apolo; tramontar, se aplica al sol en el ocaso.

Entonces OC se disfrazaba de sepulturero, y por obra y gracia de su trabajo, el autor importante quedaba sepultado bajo un increíble alud de artículos, notas, cuentos, ensayos, crónicas, que el cuidó de no recoger de guisa que críticos y ensayistas empezaron a fundamentar que la obra no, efectivamente no, no tenía la excelencia de la que tanto se había alardeado. Entonces, OC, sonriente, volvía a convertirse en buitre para buscar a un autor importante que estuviese a punto de morir.

Marco Antonio Campos
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 113

En la cruz


Oía gritos, gritos. El crucificado volvió la vista hacia sus pies y vio a María Magdalena, a María, madre de Santiago y José, a un ramo de mujeres.

Sobre su cabeza, en la cruz, se leía: ESTE ES JESÚS, REY DE LOS JUDÍOS. A sus flancos estaban crucificados dos ladrones.

Alzó de nuevo la cara y vio entre sombra la impresionante multitud que esperaba su muerte. El aire se llevaba y le llevaba insultos, befas, rumores. Oyó de pronto: “Si eres hijo de Dios, sálvate tú mismo.” Sacerdotes, escribas y ancianos lo escarnecían despreciativamente. Se sintió aturdido y pensó que lo mejor sería que acabara pronto. De súbito su vista se detuvo en un rostro que gritaba y reconoció a un mudo al que había hecho hablar. Trató de seguir los rostros en la multitud, y fijó cerca del templo a un ciego al que había hecho ver y cuyos ojos llameaban ahora de ira y de odio, y junto a él, embriagándose, a un leproso al que había sanado, y no muy lejos de ellos, a un paralítico al que devolvió la movilidad y que ahora se divertía haciendo gestos y ademanes obscenos. En ese instante, lleno de incomprensión y dolor, volvió los ojos hacia el cielo y gritó por última vez a su Padre.

Marco Antonio Campos
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 113

Después del combate


A Laura Vargas
Desde el primer instante que la vi en la corte de Esparta supe que jamás la olvidaría. Y desde ese instante, en los mares y el cielo de toda Grecia, su rostro me perseguía obstinadamente, desoladoramente. Por ella, diosa entre las mujeres, violé el sagrado pacto del hospedaje y manché la amistad. No me arrepiento. Si la rapté fue porque era el único modo de hacerla mía, y ahora —lo ven todos—, ilumina los campos de la murada Ilión.

Aún siento en el cuello la soga de Menelao, ramo de Ares, y si aún vivo no es por mi agilidad ni mi lanza, sino por afrodita de oro, que me ama y protege como a ningún mortal. Cómo voy a arrepentirme de mi acto, qué va; menos ahora que descubro en el cuerpo de Helena una columna de fuego. Volvería a repetir el rapto infinitamente. Volvería a la vida sólo por aquella noche, cuando dormí en sus ojos por primera vez. Volvería a luchar cien, mil, dos mil veces con todos los aqueos y mil más con Menelao, por revivir esta noche, cuando ella, Helena, me mordía sin piedad los miembros, y con lágrimas en los ojos, se quejaba britándome: “Ámame perro, cobarde, ámame hasta la muerte.”

Marco Antonio Campos
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 69

El pescador y la mujer

Una noche de luna, Iorgo, el pescador, descubrió en el fondo breve de las aguas transparentes del Egeo la figura de la mujer más hermosa que había visto nunca. Al principio creyó en un sueño o en una alucinación que daban  las ondas con el movimiento de la luz de la luna. Pero la imagen estaba allí y parecía en su belleza más real que la noche. El curso de los días le enseñó que la imagen sólo podía verse en la noche y con el claror de la luna.

Calló el secreto.

La vigilia y los sueños del pescador empezaron a poblarse de aquella mujer de figura esbelta y de rostro triste. Cómo imaginó la vida al lado de ella, cómo sería envidiado si la tuviera. De pronto decidió lo que era a la vez lógico y descabellado.

Al principio en aquel pequeño pueblo de la isla verde del mediodía griego, los habitantes no se explicaban por qué Iorgo pescaba de noche en ese sitio; se hicieron toda suerte de hipótesis y conjeturas; poco tiempo después sólo decían, encogiéndose de hombros, que había enloquecido.

Pero lejos de rumores, Iorgo seguía con su oscura tarea absurda. Inesperadamente, una noche la caña alcanzó la figura, y la alzó. Aún mojada, la mujer era más bella que en el fondo del mar. Sus ojos brillaban desde el verde azul y su sonrisa parecía vivir aún en la blancura del paraíso. El pescador veía cómo el agua  bajaba del rostro, de la cabellera, del cuerpo. Oyó la voz melodiosa que se confundió con las voces del aire y del mar. La luna era llena en la noche y él se dejó ir con la luz de la luna.

 

Marco Antonio Campos
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 35

En las naves

A Carmen Toscano

“Veinte años hace que dejamos nuestra patria. Veinte años tras la misma suerte. Hace un momento salvábamos el cadáver de Patroclo de la furia de Héctor y de Eneas, y yo, con mi grito, vibraba el oído y el corazón de los aqueos. Pero, ¿de qué sirven el coraje y el combate si la mujer amada está cerca y a la vez demasiado lejos? Vaya, una guerra por una mujer, y para colmo mi mujer. Hace un momento escuchaba las lamentaciones de Aquiles por la muerte de Patroclo, su mejor amigo, en tanto mi hermano, Agamenón, se paseaba inquieto por las naves y la playa. Ha de pensar que somos una raza maldecida y maldita, y que nuestra sangre —la sangre de los atridas— está manchada para siempre. Hemos sido crueles en la esperanza y lo seremos más en la victoria. Pero, ¿Habrá victoria? ¿Podré volver a Esparta, con ella, mi esposa…? ¿Podré olvidar estas playas, los muros, el mar, las esperas? No lo creo…”

La noche se ha cerrado. Como en la tierra un rebaño de cabras corre a través de los campos, así, allá lejos, allá arriba, un rebaño de estrellas pace en el jardín del cielo. La noche está azul y verde, y allá, tras los muros, con el resplandor de la luna, se ilumina el cuerpo de Helena, la mujer más bella de las mujeres.

Marco Antonio Campos
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 179

Circe


Cuando llegué a la isla, y sabiendo mí destino, quise ir a su casa a buscarla. Yo, en la playa, rogaba a los dioses por mirarla lo más pronto posible. Odiseo, el más astuto de los hombres, me puso a la cabeza de la expedición. Llamándome aparte, me recomendó un gran cuidado. Yo le dije que sí; pero él sabía desde hacía mucho tiempo mi cruel hado. Pero, ¿Quién tiene la culpa de mis errores? Los dioses han trazado mi vida como una flor desgarrada. Ellos, más que este frágil vaticinio, son culpables del infierno que he vivido. A lo lejos, detrás de la arboleda de los robles, se mira en un límpido valle, la casa de piedras pulidas de la diosa. Camino más rápido que mis compañeros. Las últimas ramas del sol acarician mi rostro como los dedos de la mujer amada. Estoy solo; nunca he estado más solo en esta tierra. Hoy enfrento al fin mi condición definitiva. Atravieso la arboleda de los robles y los leones y los lobos anuncian mi llegada a la mujer del sueño. Recargada en la puerta, ella, la diosa, me repite: “Oh Laertes, te esperaba, es inútil, la cabeza de Odiseo, será hoy la cabeza de la piara”

Marco Antonio Campos
No 95, Noviembre-Diciembre 1985
Tomo XV – Año XXI
Pág. 45

Marco Antonio Campos

Marco Antonio Campos (México, 1949) es un autor que responde al doble perfil, ya unánime, de figura a la vez mediadora y productora que se inserta en espacios canonizadores como parte de la historia de su recepción personal. Licenciado en Derecho por la Universidad Nacional Autónoma de México Campos ha sido editor –revista y colección Punto de partida, en la Dirección de Difusión Cultural de la UNAM (1973-1979)–, jefe del Departamento de Talleres, Conferencias y Publicaciones Estudiantiles de esa misma Dirección (1981-1986), Director de Literatura de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM (febrero de 1986-febrero de 1988), colaborador en suplementos culturales de diarios y revistas como El Heraldo de México (1972-1977), Proceso (1977-1985), UnoMásUno (1987-1993) y Revista de la Universidad Nacional (1989-1993), así como del semanario Siempre! Ha dado conferencias sobre autores mexicanos y latinoamericanos en universidades e instituciones de Estados Unidos, Bélgica, Francia, Canadá, Austria, Hungria, Uruguay y España, con temas tales como “Tres poetas mexicanos: Jaime Sabines, Alí Chumacero y Rubén Bonifaz Nuño”, “Mito y poesía entre los mexicas” y “Juan Rulfo y José Revueltas: dos narradores mexicanos”; tiene una importante trayectoria como traductor, como lo testimonian las becas otorgadas por el Collége International de Traducteurs Littéraires, en Arles, Francia; ha sido profesor de Literatura Griega, Literatura Mexicana, Introducción al cuento, Introducción a la Novela y Literatura Latinoamericana en la Universidad Iberoamericana; Lector Huésped en el Instituto de Romanística de la Universidad de Salzburgo, Austria, donde impartió clases de Literatura Mexicana, Poesía Mexicana e Historia del México Antiguo; Lector Huésped enla Universidad de Viena , donde impartió cátedras de Literatura Mexicana, Historia del México Antiguo y Sistema Político Mexicano; Profesor Asociado Visitante en Brigham Young University, de Utha, en los Estados Unidos, donde impartió clases de Literatura Mexicana e Introducción a las Literaturas Hispánicas, así como Profesor Invitado dela Universidad de Buenos Aires y de la Universidad deLa Plata, donde dio cátedra en Narrativa y Poesía mexicanas.

Es autor de ocho libros de poesía, tres novelas, dos volúmenes de entrevistas, un tomo de crónicas, diez antologías, traducciones de Ungaretti, Rimbaud, Baudelaire, Marin Sorescu, Cardarelli, André Gide, Ubmerto Saba y Arlos Drumond de Andrade; su obra cuentística se compila en dos volúmenes, La desaparición de Fabricio Montesco y No pasará el Invierno. Ha recibido los premios mexicanos Xavier Villaurrutia (1992) y Nezahualcóyotl (2005), y en España el Premio Casa de América (2005) por su libro Viernes en Jerusalén. En 2004 se le distinguió con la Medalla Presidencial Centenario de Pablo Neruda otorgada por el gobierno de Chile. [1]


[1] Tomado de Vital, Alberto, “Espacios canonizadores de la literatura mexicana (El caso de Marco Antonio Campos)” en Navarro, Luis Alberto et. al., Ni cuento que los aguante (La ficción en México). Edición, prólogo y notas de A. Pavón. México, Ducere S.A. de C.V. (Serie Destino Arbitrario, 14), 1997, pp. 143-151.; http://amediavoz.com/campos.htm y http://www.elcalamo.com/campos.html

El canto de las sirenas

A Julio Torri y

Salvador Elizondo

Cuando llegué a la isla creí que las sirenas me esperaban desde siempre. Yo, que huía de mí, de una mujer, de los días de fracaso que caían en mi sangre como la luna en el mar, buscaba perderme en la espesura de su canto. ¿La causa? —preguntarán. Fue desde aquella mañana de invierno cuando supe que el amor era un engaño de la sangre; cuando supe que la ternura o la piedad eran dos fieras inútiles en las selvas del hombre, por eso quise perderme; por eso quise escuchar su canto, que aún siendo el más dulce, el más hondo, será para mi, de todos modos, un pretexto más para la tristeza. Yo quiero oírlo, ya…

Estoy cruelmente satisfecho. Me doy cuenta que incluso en la destrucción se puede hallar la felicidad. Sonrió al recordar el pasado, aunque en esa sonrisa —no hay remedio— haya el signo de la derrota. Pero que importa, ¡bah! Me muero de tristeza y de rencor.

Miro el atardecer; los dientes blanquísimos de las olas, las nubes que empiezan a calcinar con sus dedos las ramas del horizonte. ¿Las voces? ¿Las voces? ¡No se oyen ya las voces! Grito desesperadamente. El barco pasa.

Lloroso, impotente, lo evidencio: las sirenas no cantaron para mí…

Marco Antonio Campos
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 137