Cortísimo metraje

62 top

 

81 top

123-124 top

Automovilista en vacaciones recorre las montañas del centro de Francia, se aburre lejos de la ciudad y de la vida nocturna. Muchacha le hace el gesto usual del auto-stop, tímidamente pregunta si dirección Beaune o Tournus. En la carretera unas palabras, hermoso perfil moreno que pocas veces pleno rostro, lacónicamente a las preguntas del que ahora, mirando los muslos desnudos contra el asiento rojo. Al término de un viraje el auto sale de la carretera y se pierde en lo más espeso. De reojo sintiendo cómo cruza las manos sobre la minifalda mientras el terror poco a poco. Bajo los árboles una profunda gruta vegetal donde se podrá, salta del auto, la otra portezuela y brutalmente por los hombres. La muchacha lo mira como si no, se deja bajar del auto sabiendo que en la soledad del bosque. Cuando la mano por la cintura arrastrarla entre los árboles, pistola del bolso, y a la sien. Después billetera, verifica bien llena, de paso roba el auto que abandonará algunos kilómetros más lejos sin dejar la menor impresión digital porque en ese oficio no hay que descuidarse.

Julio Cortázar
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 251

Julio Cortazar
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 37

Julio Cortázar
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 271

Anuncios

El hombre fuerte

Obsedido por la publicidad y hostilizado por la exhibición de la fuerza bruta ostentada como humana virtud, ingresó en un gimnasio para convertirse en un atleta de campeonato. El tiempo libre que le dejaban sus negocios, estafas y contubernios, lo dedicaba a un apasionado entretenimiento que, gradualmente, fue aumentando su habilidad y potencia muscular.

La vanidad lo impulsó a querer levantar, antes de tiempo, el peso de la conciencia… Al día siguiente, los diarios daban la noticia de que el hombre de negocios había muerto, según el parte médico, herniado y víctima de una rara asfixia.

Roberto Bañuelas
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 283

El Andrac

123-124 top

Nadie sabe desde cuando el Andrac existe. Una leyenda antigua habla de él y refiere, si no su origen, que acaso nadie conoció, si la sospecha terrible de que nos sobrevivirá cuando todo haya terminado. El Andrac es difícil de reconocer ya que visto de lejos parece un perro.

De día se le puede llegar a encontrar echado, durmiendo en algún rincón de cualquier calle, pero su aire de familiaridad, de bestia doméstica e inofensiva le hace permanecer inadvertido. Por las noches cuando despierta, se levanta y con pasos cortos echa a andar en busca de las calles más desiertas.

Fernando Ruiz Granados
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 282

El armario

123-124 top

De cada gancho un día colgado. “Cada día —me decía el viejo— se viste con un traje y un color diferentes: verde, azul, rosa —hay días, en efecto gobernados por la cursilería—, gris, negro…” Abundaban los ganchos en su armario y había seis o siete trajes adquiridos con esfuerzo, una bata a cuadros, tres pares de zapatos y una cajita de rapé donde guardaba etiquetas de puros finos y estampas pornográficas antiguas. Mostraba orgullosamente el mueble y lo acariciaba con cariño de abuelo preguntando: “¿No es hermoso?” Sí, lo era, con esa belleza esporádica que tienen de pronto todas las cosas comunes y corrientes.

Una mañana, el abuelo ya no volvió a la oficina. Al hacer la limpieza del cuarto, la sirvienta barrió y recogió los días tirados en el piso y encontró después al viejo metido en el traje negro, colgado del último gancho. Como el armario era estrecho y resultaba un problema sacar el cadáver, sirvió también de ataúd.

Luis Ignacio Helguera
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 277

La raya

Ahora ya estás tranquilo. Sí, ya lo estás no cabe duda, pero, ¿fue esa la solución o fue sólo “tu” solución? Debiste haberle hecho caso a tu mujer y no ser tan excesivamente meticuloso y cuidadoso más que los tuyos, de lo tuyo. Comprendo que reaccionaras como un animal herido cuando viste que la niña rayaba tu camioneta nueva, tan orgulloso como estabas de ella, con una corcholata de lado a lado, pero, era tu hija. ¡Tu hija! Y toma en cuenta que nunca antes le habías pegado ni le habías levantado la voz más allá del continuo mimo y consideración. Te le fuiste a la mano, a la mano que conservaba la corcholata aún; ¿le pegaste muy fuerte? (“para que no lo vuelvas a hacer”) ¿qué importa si fue fuerte o quedito? Si lo peor de todo fue la forma en que vio su dura culpa reflejada en tu enojo; en tu terrible primer enojo de padre. Una pobre y débil mortal ante la desatada furia de un Zeus ciego de ira lanzando sobre su infantil personalidad el rayo que castiga, que hiere, que destruye. ¡LA MANO!

La mano se le empezó a tullir y a secar y tú ¿arrepentido? O ¿sólo desesperado de la ineptitud de los médicos que la veían? Con ella en los brazos hallaste todos los hospitales en los que le hicieron todos los hospitales en los que le hicieron todas las radiografías, todas las punciones y todos los análisis habidos y por haber y médicos iban y médicos venían. No hubo especialista capaz de evitar la gangrena y acabaron ¿jardineros? segando de tu niña la manita en flor. “Papá” te dijo llorando cuando, fuera ya de la anestesia, se dio cuenta en la mutilación. ¡Pobre amigo mío, tú ya, para entonces, estabas tan cerca de la muerte como tu mano estaba cerca de la pistola! “Papá, papacito” y su voz era amor y sus lágrimas puñales de amor: “Diles que me vuelvan a poner mi mano y te prometo que ya no te vuelvo a rayar el coche nunca más”.

Adalberto Ramírez Melesio
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 267

Mortecina

Tengo un ataúd miniatura, con una tapa pequeñita que se levanta para ver el interior. Por fuera está forrada de raso negro. Lo saco cada día de muertos; el resto del año guardó el ataudcito en un cajón de mi closet, junto con cuatro velitas de pastel que me sirven de cirios. Las velitas las uso también en mi cumpleaños para adornar mi pastel. El día que cumplí cincuenta, mamá me hizo una fiesta con todas mis amiguitas. Una de ellas quiso llevarse una velita de recuerdo. Tuve que quitársela a mordidas. Cuando cumplí sesenta, otra amiguita escondió una vela entre sus senos. Le desgarré el vestido hasta dar con ella.

Mamá ya no quiere festejarme mi cumpleaños, dice que todas mis amigas son unas arpías. Me puse a llorar. Mamá me acarició el pelo y prometí pensarlo. Si supiera que lloro por otro motivo. Hoy en la mañana encontré el closet lleno de gusanos. El dedo que le corté a Elena en mi última fiesta, por romper una velita, se pudrió dentro del ataúd. Voy a enterrarlo en una maceta, sin que mamá se dé cuenta. Se enojaría mucho si descubriera quién rompió la vela.

Martha Cerda
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 265

Recreación

123-124 top
Después de todo, era su obra. Por eso, cuando vio desmoronarse en esquirlas de plata su mundo maravilloso, y miró que las esquirlas alcanzaban otros mundos y la cadena nuclear continuó destruyendo sistemas, estrellas y galaxias, suspiró y meditó tanto tiempo como puede durar su suspiro.

Con paciencia infinita, recomenzó su primigenia jornada de seis días y un séptimo para el descanso. Todo lo hizo igual que antes, porque aún confiaba.

Eduardo Osorio
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 255

La ventana de enfrente

123-124 top
Es de noche y en el último piso de un hotel un hombre mira desde la ventana de su cuarto. De pronto advierte que en el edificio de enfrente otra habitación se encuentra iluminada y que alguien lo observa detenidamente. Va hacia la cómoda y extrae del cajón un revólver con el que regresa a la ventana, apunta y un disparo estremece la noche al tiempo que un cuerpo cae sobre el suelo, con una pistola sin disparar en la mano.

Fernando Ruiz Granados
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 251

Simbiosis

Una rata se apodera de mí, habita mi cerebro, mi vientre, mis manos, quiere asomarse por mis dedos, me sale por las uñas. Es una rata feroz, rabiosa, enemiga, y está adentro de mí; habré de vivir con ella, convivir.

Quisiera a veces matarla, no puedo. No, por el momento, sería un doble asesinato: la rata y yo. Pero la odio tanto que en ocasiones mejor preferiría acabar con todo, en especial cuando como hoy siento que cobra fuerza, puede más y perfila aquí en mis manos sus pezuñas.

Entonces soy la rata, y soy yo quien vive dentro de ella.

Judas María Velazco
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 245

Los huéspedes

123-124 top
—Perdone, pero ya vamos a cerrar…

—¿Va usted a cerrar tan temprano?

—Ya casi son las doce, pero esto nada tiene que ver; el asunto es que tenemos cupo lleno y no tiene caso tener abierto el hotel.

—¡Pues a mí me falta un cuarto para las doce y no puede usted dejarme en la calle!… ¡Me quejaré a la Comisión Hotelera, no faltaba más!…

—Está usted en su derecho de hacer lo que mejor le convenga; de todos modos no podemos darle habitación…
Y sin más explicaciones el gordo administrador de aquel hotel apagó la luz de su oficina y colocó junto al teléfono un cartelito que decía:

“NO HAY HABITACIONES VACÍAS”

Y después desapareció tras de una puerta, que quién sabe a dónde conduciría.

Safo tuvo que salir a la calle a continuar tratando de conseguir un cuarto para las doce suripantas que por escandalosas despidieron del cabaret “LESBOS”…

Ricardo Fuentes Zapata
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 243

Diplomacia

123-124 top
—Si no somete mi reclamación a arbitraje —escribió el Presidente de Omahu al Presidente de Modugy—, ¡tomaré medidas inmediatas para cobrarla a mi manera!

—Señor —respondió el Presidente de Modugy—, puede irse al diablo con su amenaza de guerra.

—Mi gran y buen amigo —escribió el otro—, usted confunde el carácter de mi comunicación. Es un antepenultimátum.

Ambrose Bierce
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 239

Parche

123-124 top
El puente gigantesco unía por fin las márgenes del ancho río pero, fuera por error de diseño, fuera por agotamiento de presupuesto, el puente carecía de parapeto.

Aun así, las autoridades lo inauguraron con discursos, pompa y champaña. Luego, dispusieron un servicio de boteros para socorro de los que cayeran al agua.

Martha Nos
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 237

El desconocido

Me veo tendido de espaldas sobre la cama. Y a un lado de mí, con mi bata, mi gorro de dormir, mi perfume, y haciéndole el amor a mi mujer, está otro hombre. ¡Dios todopoderoso…!, y las palabras se estrellan con los dientes, se astillan, en mil ecos que retumban con los dientes, se astillan en mil ecos que retumban en las paredes húmedas del paladar y de la lengua. ¡Virgen santa…!, y la mano se derrite en sustancias temblorosas mientras se acerca para voltearlo y ver su cara. Pero el desconocido no advierte mi presencia. Nada existe para él fuera de ese cuerpo abandonado a la lujuria; ah, ese cuerpo vagabundo que ha conocido hasta los más remotos confines de mi piel. No, pero ¿qué haces? Muerdes el cuello de Rosalía exactamente como yo lo hago; ¿cómo descubriste que palabras obscenas dichas al oído, entre suspiros y mordiscos, son el ingrediente supremo de nuestro goce? El tipo es un perfecto desconocido para mí, pero coincidimos extraordinariamente: la misma talla, el mismo fuego en las manos, la misma habilidad en las artes amatorias, y, hasta el gusto por la misma mujer. Con la aguja del latido clavada en el costado izquierdo, despierto. Sigilosamente me acomodo la lado de mi mujer, y comienzo a acariciarla sin hacer caso de las protestas del desconocido que en ese momento abre los ojos.

Benito Ramírez Meza
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 225

Encuentro

Me gustaría volver a encontrar a Beatriz.

A encontrarla con su hijito, que ya debe tener como catorce años.

A encontrarla con su hermana.

Con su hermana, que como Beatriz, son tan especiales de fieles a un solo hombre, aunque ya no convivan con él.

Con Beatriz, maternal, luchadora, kioskera. Cambiando de negocio, de trabajo, por necesidad.

Encontrarnos con quienes viajé a Córdoba en unas vacaciones, ablandando mi autito.

Con su hermano, compinche de ideas y venidas.

Con mi antigua y permanente rutina de compartir con ellos, mates, bizcochitos, una mesa familiar, cuando vivía solo.

Con mi mala costumbre de no retener amistades al pasar de los años. De no saber, por ejemplo ahora, por donde andan.

Encontrarme como proyecto, con cierta calma, paz o expansividad, que significan conservar lo que se quiere o se ha querido.

Con la suma de emociones, no la pérdida.

Con puertas que se pueden tocar, abrir, entornar: no cerradas o desconocidas.

Con calideces: no rabias por formas de ser, que se comprenden y disculpan para no sufrir.

Con soledades espontáneas como ésta, pero vacías o llenas de pena.

Eso les decía al principio.

Quisiera encontrarme conmigo.

David Ciechanover
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 224

Mi salud

123-124 top
El pelo me crecía de prisa por la noche y yo amanecía envuelto en él como dentro de un nido. Pero una mañana desperté calvo. Al día siguiente comenzó a levantárseme la piel. Cada día pierdo un dedo, un diente, una oreja… y así sigo. Esto no puede durar mucho, pero mi salud es perfecta.

A. F. Molina
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 217

La primera vez

Las cucarachas, cada día crecen más las cucarachas. Antes eran chiquitas y asustadizas, huían al verme. Pero eso era antes, cuando yo aún me levantaba de la cama. Eran cucarachas rinconeras, salían exclusivamente de noche, como las putas de mis tiempos. Y yo las despreciaba igual que a ellas y las aplastaba con el zapato. Viejas descaradas, se burlaban de mí porque pasaba a su lado sin verlas, lanzando un escupitajo a sus pies. Y ellas todas pintarrajeadas y con los vestidos pegados a la carne desnuda. Las odiaba tanto como a las cucarachas; las odiaba de esquina en esquina, de noche a noche, de rincón en rincón. Después fueron saliendo más temprano. A plena luz del día salían las cucarachas de sus nidos y las putas de sus burdeles. Yo ya caminaba despacio y no me tenían miedo, ni siquiera se movían al verme pasar cojeando frente a ellas. Y cada vez eran más. Ya no aparecían en las esquinas y en los rincones, sino que se untaban de a dos, a media calle, a buscar clientes o se me atravesaban en cualquier parte de la cocina.

Enseguida invadieron la planta alta y las putas comenzaron a parecer señoritas. Una de ellas me ayudó a bajar del camión y no me enteré hasta que me entregó una tarjeta. Cuando las cucarachas empezaron a parecer putas decidí extinguirlas con un insecticida en aerosol que únicamente me provocó urticaria en aerosol que únicamente me provocó urticaria: continuaron yendo y viniendo a su antojo.

A causa de la urticaria me vendaron y a causa de la venda me salieron llagas y se me infectaron; y a causa de todo vine a dar al hospital. Mi vecino de cama está aquí por un navajazo que le dio una de aquellas mujeres. Él también se rio de mí el día que le conté que nunca tuve tratos con ninguna porque me daba asco el sexo. Desde entonces siempre que va al baño regresa con una sonrisa de triunfo, mientras yo me debato entre mis excrementos. Detrás de él vienen las cucarachas amaestradas. A una orden suya vuelan sobre mí y la mayor se posa en mi cara inmóvil y se pasea por ella. La siento caminar por mi piel sudorosa, rodear mis labios, subir por mi nariz para mirarme a los ojos y hundirse luego entre mi pelo. Las demás se meten bajo las cobijas y me cubren el cuerpo totalmente. Desde que me paralicé hacen lo mismo todos los días. Yo trato de gritar y no puedo, mas, si pudiera, nadie haría caso porque las enfermeras son unas putas ciegas que no las ven. —Cuáles cucarachas, a ver, cuáles, —me contestaban— al oírme gritar: Quémenlas, por el amor de Dios.

Hoy en la mañana escuché que estaba muerto. Una enfermera me tomó el pulso y dijo: “Está muerto”. No lo sé, no hay diferencia entre estar muerto o paralizado por el terror. Pero es la primera vez que las cucarachas se meten por mi boca abierta.

Martha Cerda
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 214

La mosca y la mirada

Ahora la mirada del autor se posa sobre la mosca, que frota sus manos como satisfecha por la feliz conclusión de un buen negocio.

Previsiblemente la mosca levanta el vuelo y, liviana, contradictoria, cambia de rumbo con trayectoria de mosca, inexplicable para el entendimiento humano. Tan inexplicable que ignora —la mosca— el cuerpo de la magnífica rubia que yace sobre la alfombra. Tampoco —sigue la mosca— el leve movimiento de la persiana de juncos, algo que inquieta al autor porque sospecha —el autor— que el criminal sigue ahí, escondido. Pero el insecto duda, ahora, entre el frasco de mermelada de frambuesas y un palo de salchichas con chucrut. El autor, quien aún no ha cenado, demora sus ojos un instante sobre el plato de salchichas, el instante preciso en que él —el autor— aparece recortado en la mira de una brillante Smith y Wesson plateada.

Cuando la mosca se decidió por la mermelada fue que estalló el disparo.

Horacio J. Godoy
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 207

José Luis XVI

Nada es más amable y peculiar que existir cada noche, antes de dormir. José Luis XVI no se acostumbra a ordenar sus pensamientos y por eso tarda un poco más. Generalmente, cuando el momento empieza a desprenderse del tiempo, no logra fijar una imagen y entonces echa a andar su carrusel. Se deja ir en una especie de cubismo y se ahoga en los muslos de Ana, en los pechos de Bertha, en la boca atrevida de su tía Rosario, en la sirvienta que se monta con el plumero en la mano, en la vecina bajándose las medias y en la maestra de inglés que cruza la pierna bajo el escritorio.
Emite un gemido de carne húmeda y se arquea como si lo atravesara un punzón al rojo vivo. Abre los ojos con expresión de súplica y, en ese momento ya no puede recordar lo que sintió. Su mente se queda quieta y sus manos le recorren el vientre. Juega con los grumos en las yemas de los dedos y de pronto, como una baba que se estira, llega a su cabeza la idea de haber nacido para nada. Se le ocurre, con la respiración profunda pero pausada, que una de sus células es del tamaño del universo y, que en millones de planetas y recámaras iguales, se encuentran millones de Joseluises XVI sospechando que cuando mueran, lo cual puede ser ahora, verán con claridad que se vive un solo segundo: el necesario.

Federico Traeguer M.
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 203

El pensador

Junto a las casas bien llenas de gente y de cosas, se alza la pequeña montaña de los niños. Durante la tarde se llena do colores, juegos y gritos; y algunos pleitos. Pero cuando cae la noche llega el pensador.

El pensador lleva melena negra, enredada, que en ocasiones tapa sus ojos. No se le ve al subir, sólo cuando ya se ha acomodado en la cima. Pasa horas enteras mirando fijamente hacia el cielo. Cuenta las estrellas, quizá. Debe saber de astrología. De pronto, algo lo distrae, y esta distracción se convierte en un nuevo objeto de reflexión.

El pensador amanece ahí, en lo más alto de la montaña de los niños. Como despertando de un gran sueño, se rasca la oreja y baja lentamente, meditando cada uno de sus pasos. Al llegar al pie de la montaña, resuelto al fin, el pensador sale corriendo en bulliciosos ladridos, tras la bicicleta del repartidor de periódicos.

Varinia Herrera
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 202

La imaginación mueve montañas

123-124 top
Un poema hindú relata que el elefante es una montaña que cobró vida para salvarse de morir ahogada durante el diluvio universal.

Un poema zapoteco, contrariamente dice que las montañas son los gigantescos animales de sangre fría (dinosaurios), que el diluvio universal cubrió de lodo y que al bajar las aguas se petrificaron por la acción del sol.

Queda pues, la última palabra, al poeta que sobreviva al próximo diluvio universal.

Carlos Isla
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 193