Tamara

El día que Tamara me escribió por primera y última vez, comprendí cuán inútil había sido parirla y educarla. Su mundo en paredes espirales, con la única ventana que mira hacia el Oriente para indicarle el nuevo sol de otro día, me había parecido conmovedor y triste hasta el momento en que recibí su carta, casi en blanco. Sus palabras eran ideas que nunca hubiera entendido a no ser porque la quería tanto, como en los días cuando jugaba con… que en paz descanse.

Su compañera de juegos murió de asfixia cuando Tamara y ella dormían abrazadas sobre la sábana blanca de una infancia. Desde aquella vez Tamara se sentó frente a su ventana; se rehusó a que los médicos la examinaran, no quiso reconocerme y su antigua risa se fue palideciendo hasta confundirse con la locura. Me hice a la idea de que la había perdido.

Todas las mañanas entraba en su cuarto para dejarle comida; muchas veces traté de hablarle.

—Vamos al parque, Tamara. ¿Qué tanto ves por esa ventana? —Silencio, siempre muda y absorta, no sé si pensara o tuviera la mente en blanco. Seguí visitándola en las mañanas, igual como si fuera al cementerio a dejar flores.

Mi pobre niña se parecía cada vez más a sus paredes blancas, a veces creía verla incrustada en ellas como una veladora que no termina de consumirse.

—Tamara ha muerto dos veces— escribió. No le pedí ninguna explicación, porque en caso de que me hubiera hablado su respuesta habría sido igual de absurda. Sin embargo, un reflejo involuntario trajo a mi memoria a la niña asfixiada enterrada hacía mucho tiempo; vi el cuarto de Tamara y me vi a mí, envejecido por las esperanzas perdidas.

He tratado de alejarme en vano, huir de ese juego fúnebre en el que me fui envolviendo sin querer. Pero seguimos ahí, Tamara y yo, arrastrándonos por las espirales blancas sin saber adónde conducen.

Viviana Grosz
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 103

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