El grito del ángel

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Tomó su mano nuevamente. Miró su rostro, su piel repentinamente antigua, disminuida. Dijo: Mujer. Y caminaron entre las ruinas hasta salir de la ciudad desecha.

No volverían a saber de su vida, del mundo destruido en la noche anterior. La noche poblada de resplandores y columnas de fuego. La noche última. El final.

Toda esa tarde el hombre había recorrido la ciudad, golpeando en cada uno de los refugios. Nadie, nada. Polvo, cenizas, humo. Nadie, nada.
Sólo quedaban ellos y sus nombres.

Dejaron atrás el horizonte, el aire contaminado, los recuerdos. Entraron en la noche y desde el pico más elevado de la cordillera, vieron cómo el mar ahogaba las costas con algo semejante a un grito, a una condena.

Y la luna seguía helándose; como una espada suspendida en ese abismo último, único
.
Sobrevivieron. Respiraron. Otra vez cubrieron sus cuerpos desnudos y llenos de dolor.

Llegaron al campo yermo y el hombre empezó a labrarlo con una rama desprendida de un árbol. Edificaron una choza de madera y de yerba. Como antes, se amaron. Como antes, el primer hijo lo llamaron Caín.

Salvador Barros Sierra
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 371

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