El tiempo del pájaro

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143-145 top
La famosa Cantiga CIII de Alfonso el Sabio cuenta que un monje pide a la virgen que le dé a conocer en vida las delicias del paraíso. Paseando por el huerto del convento halla una fuente clara y oye a un pajarillo cuyo canto le embelesa; cuando vuelve al convento —a la hora de comer, según cree—, lo encuentra todo distinto y se entera de que han transcurrido trescientos años entre su partida y su regreso.

Recopilada por María Rosa Lida de Malkiel
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 186

María Rosa Lida de Malkiel
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 87

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Dolor

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Cambises, informándose de por qué Psamenito que no se había conmovido ante la desgracia de su hijo ni la de su hija, sufrió dolor tal al ver la de uno de mis amigos: “Es, respondió, que sólo el último dolor ha podido reflejarse con lágrimas; los dos primeros sobrepasaron con mucho todo medio de expresión”.

Montaigne
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 254

Dionisiaca

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Llegábamos entonces a un paraje en que la espesura de los girasoles nos resguardaba de las miradas de los caminantes y en que sólo quedábamos expuestos a esa otra mirada calcinante y enceguecedora del sol ante la que nos desnudábamos y mientras ella continúa hablando de las mismas cosas yo miraba su cuerpo, analizaba detenidamente esa blancura perfecta, las longitudes armoniosas de esa carne que se estremecía rimando lentamente sus movimientos con el vaivén acompasado de las enormes corolas movidas por la brisa. A veces, con el pretexto de jugar con su gruesa trenza rubia, tocaba furtivamente con las puntas de mis dedos la piel de sus hombros, de su cuello, de su cintura sin comprender que, a ciegas, mis manos entraban en contacto con un misterio supremo, indescifrable en su apariencia de claridad. Schwester Anne Marie se tendía sobre la hierba, abierta como otra flor al sol ardiente y lejano y, mirando pasar las nubes, sus labios acariciaban los bordes de la armónica produciendo canciones sin sentido.

Salvador Elizondo
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 251

Nuevas revoleras

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—Cuando las olas barren la cubierta del buque, también la friegan.

—Pues si alquila a su mujer, es que le tiene cariño, digo yo, pues si no, la vendería.

—Tiene tanta soberbia que hasta que no se acaba la ovación él no empieza a aplaudir.

—Los elefantes chorrean epidermis.

—¿Se sabe si es pecado o no es pecado el comerse las uñas en vigilia?

—Las señoras que dan el pecho al nene, delante de la gente, son señoras que presumen de nene.

—Al que le cayó un rayo y no le pasó nada, fue porque le cayó desde muy poca altura.

—Cuando estoy de visita y sale un perro, cruzo las piernas.

—¿Será que los tartamudos son unos desmemoriados?

Álvaro de Albornoz
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 249

Perro de doble cuerpo

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El perro que guardaba los rebaños del triforme Gerión tenía dos cabezas y un cuerpo, y felizmente Hércules lo mató; el t’ao-t’ieh invierte ese procedimiento y es más horrible porque la desaforada cabeza proyecta un cuerpo a la derecha y otro a la izquierda. Suele tener seis patas porque las delanteras sirven para los dos cuerpos.

Jorge Luis Borges
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 246

Dioses del cielo

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A la izquierda y a la derecha del pórtico de los templos budistas están las gigantescas efigies de los cuatro Diamantinos Reyes del Cielo. El mayor blande una espada mágica, Nube Azul, en cuya hoja están grabados los signos de los cuatro elementos. Tierra, Agua, Fuego, Viento. Desenvainar esta arma es engendrar un viento negro, que aniquila los cuerpos de los hombres y los convierte en polvo. El segundo carga una sombrilla, llamada Sombrilla del Caos, utensilio mágico que, al ser invertido, trae tempestades, truenos y terremotos. El tercero pulsa una guitarra de cuatro cuerdas; cuando el dios la toca, el mundo entero se detiene para escuchar y arden los campamentos del enemigo. El cuarto maneja dos látigos y posee una maleta de piel de pantera, donde vive una suerte de rata blanca, cuyo nombre más auténtico es Hua-hu Tiao; cuando la suelta, este animal asume la forma de un elefante de alas blancas, que se alimenta de hombres.

F. T. C. Werner, Myths and Legends of China (Londres, 1922)
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 245

Coartada

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Mi mundo es confuso, cambia de estación en estación, y no soy maestro del pensamiento. Hacer de mi vida una creación estética y artística es mi ley, mi magia y mi religión. Para lo demás soy un solitario y lo que más me interesa son los sueños nocturnos y mi trabajo. El trabajo me da dignidad, el trabajo me lava de todas las traiciones, de todas las porquerías y de todas las rutinas de la vida cotidiana. El trabajo es mi coartada. Y quizás, ante Dios y los hombres, es una coartada que da buen resultado.

Federico Fellini
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 242

Berlín 43

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El reducido salón privado de Hans Klinger acogía los más variados elementos, a manera de injertos caprichosos, con gran predominio de objetos bélicos y de libros. La combinación de los severos utensilios de guerra con rebuscados toques de refinamiento, daban la clásica atmósfera de un despacho de oficialía nazi. Hans Kliger, enfundado en su impecable uniforme, con la vista fija en la luz de sus botas negras, tamborileaba con los dedos la funda metálica de una rancia espada prusiana que, colgada en un rincón del cuarto, no tenía ya más finalidad que oxidarse.

En seguida, midiendo los pasos, como si un ritmo lento pudiera iluminar sus ideas, llegó hasta un escritorio. Extrajo del cajón superior una gruesa carpeta, cuya portada se adornaba con una swástica. La abrió y comenzó a desechar papeles. Encontró lo que buscaba: una hoja con anotaciones manuscritas. Después de leerla fría, automáticamente, la redujo a una pequeña figura de arrugas y la arrojó al suelo.

Las pupilas de Hans Kliger, dos hileras de brillo a medio borrar, delataban el peso progresivo del insomnio. Se sirvió una copa de aguardiente, que hizo desaparecer  al primer intento. Miró por la ventana, sin poder capturar un objetivo, y fabricó dos maldiciones con estupenda dicción. Estuvo a punto de tomar el teléfono, ociosamente situado sobre una mesita de hierro; pero cambió de parecer por la tentación de seguir acortando el nivel de la botella. Se despojó de su gorra militar, para propiciar una invasión de cabellos anarquistas en la frente.

Urgido en preparar juegos internos, se dio a perseguir determinados recuerdos que luego acomodaba en sitios convencionales, como un recurso inmediato a su vacío. Mientras, jugueteaba maquinalmente con un pequeño cañón a pequeña escala del temible “Bertha” y que cumplía funciones de encendedor. Un “Bertha”, con nombre de mujer y caricias homicidas. Pero todo eso ya no tenía ninguna importancia. Caminó hacia el librero para tomar un ejemplar bastante usado de “Una Alemania Mejor”, y en su lectura transcurrieron veintiocho minutos más de su existencia. En seguida se ocupó en buscar el papel que había estrujado. Lo dejó de nuevo en condición legible, y un pequeño lápiz apareció trazando signos.

Sólo pudo permanecer tranquilo unos breves instantes. Volvió a presionar el papel, ya sin ninguna utilidad inmediata. Descolgó la bocina del teléfono. Permaneció indeciso, con esa teatral angustia que trae la desventura, sin atreverse a marcar el número. Se quedó con la mirada fija en el escudo del partido nazi, y movió los labios sin lograr ningún sonido. La gruesa guerrera de estrecho cuello lo acaloraba: razón ideal para tirarla. Se sirvió otra copa, que ahora sorbió a pequeños tragos.

Un repentino acceso de voluntad lo llevó hacia el teléfono en cuyo disco marcó un número.

—¿El jefe?… Sí, habla Hans. Necesito me conceda un día más… ¿Cómo? ¡Le aseguro que estoy a punto de encontrar la solución!… Sí, sí, comprendo que sus actividades no pueden esperar, pero es una última oportunidad que solicito… ¡Compréndame; sólo se trata de una última vez!… ¡Usted puede acabar con mi carrera si no me escucha!… ¡Bueno, bueno, bueno!… ¡Colgó el muy…!

Derrotado, aunque ya sin la tirana presión de la esperanza, se sentó en un sillón y se quedó inmóvil. Sería cuestión de momentos esperar el final. Ese final aniquilante que acompaña al fracasado sin excusa. Se levantó, envuelto en esa resignación cercana a la indiferencia, para proveerse de nuevo licor. Eso ayudaría.

Entonces, bajo los efectos de la mermada botella, procedió con la calma inconsciente de la embriaguez, a vestirse con su nuevo uniforme de gala. Otra gorra nueva también, disimuló el caos de su pelo. Como final de actuación predilecta, se ciñó el cinturón que sostenía la funda de una temible “Luger”. Al siguiente paso, encadenado en la suficiencia de todo aquel que nada puede exigir a la fortuna, ensayó tres marcas de sonrisa ante un espejo, para luego marcar otro número:

—¡Bueno!… ¿A dónde hablo?… ¿La Policía?… Oiga: todo esto es un tanto extraño, así que le ruego prestar atención… Sí, sí; no interrumpa… Habla Hans Kliger… ¿Quién? ¡Oh, perdone! Es mi pseudónimo… Mi pseudónimo, mi apodo. ¡Caray!… Sí, por supuesto. Mi nombre original es Melchor Rueda… ¡Claro! Ya sé que está mejor, pero eso a usted no le importa… Lo que sí puede interesarle es que dentro de dos minutos, a más tardar, necesitaré suicidarme…Sí, sí; desde luego que es una historia larga; pero todo se reduce a que el jefe de la editora ya me perdió la confianza, y hoy mismo presenta su demanda… ¿Cómo dice? ¡No, no; es que yo soy escritor!… Sucede que no he podido dar un final conveniente para mi última novela, “Las Angustias del Führer”… Del Führer… ¡Oh, no tengo tiempo para explicarle esos términos!… Sí, claro que podría dejar una carta explicativa de mi suicidio; pero acabo de prometerme no volver a escribir jamás… ¿Mi dirección? ¡Ah, sí, claro! Es Berlin 43… ¡Berlín 43!… Cuarenta y tres… Eso mismo; cuatro, tres… No, No; descuide. Yo ya no tengo lugar para bromas…

Luis Enrique García
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 236

Ironía

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Galo Vibio aplicó tan bien su alma a la comprensión de la esencia y variaciones de la locura que perdió el juicio; de tal suerte que fue imposible volverle a la razón. Pudo, pues, vanagloriarse de haber llegado a la demencia por un exceso de juicio.

Montaigne
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 228

Cleptómana de cucharillas

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Era poderosa y aristocrática, pero tenía la obsesión de las cucharillas.

Es esa una cleptomanía corriente sobre todo en los palacios reales, y por eso hubo reyes que cambiaron las de oro por otras de similor, para evitar que se llevasen tan costoso “recuerdo de S. M.”

Poseía cucharillas de los mejores hoteles del mundo, de las casas más nobles —con el escudo en el agarradero—, y hasta algunas arrancadas a las colecciones napoleónicas.

Un día, sin poder resistir mi curiosidad le pregunté qué se proponía almacenando tantas cucharillas.

Entonces la cleptómana me dijo en voz baja:

—Vengarme del mundo… Dejarlo sin cucharilla… Que muevan el café con tenedor.

Ramón Gómez de la Serna
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 219

Nuevas revoleras

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—Si el retrato es de perfil, debiesen cobrar menos los pintores, porque se ahorran un ojo de la cara.

—¡Qué triste es la vida, madre, del que vive del recuerdo y tiene mala memoria!

—El buzo salió a orinar y se volvió a sumergir.

—Del dicho al lecho hay mucho trecho.

—No me gustan las mujeres que son más altas que yo, porque me empañan las gafas.

—Dos ajedrecistas llevan tres horas sin mover pieza. Y uno de ellos dice al otro: “¡Me está usted viendo las fichas!”

—Cada vez que se rompe un espejo, muere un chino.

Álvaro de Albornoz
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 217

El infierno

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Una anécdota en la que Bodhidharma es el héroe, refiere que habiendo discutido éste la existencia del Infierno con un príncipe chino que la negaba, mientras aquel se obstinaba en afirmarla, el príncipe se acaloró en el curso de la discusión. Se enfureció al escuchar que se le contradecía, y sin ningún respeto por su interlocutor le poseyó la furia, y sin poderse contener injurió a Bodhidharma, que al verlo en ese estado le dijo tranquilamente una vez más: “El infierno existe y os encontráis en él”

Alexandra David-Neel
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 214

Memoria

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La segunda ventaja de la falta de memoria consiste en recordar menos las ofensas recibidas; como decía Cicerón, para ello sería menester un protocolo. Darío, para no echar en olvido la ofensa que había recibido de los atenienses, hacía que un paje le repitiera al oído tres veces, siempre que se sentaba a la mesa: “Señor, acordados de los atenienses”.

Montaigne
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 211

La cortesía

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En un crudo día de invierno, un rebaño de puercoespines se habían apretado unos contra otros para librarse del frío, prestándose mutuamente calor. Pero apenas en contacto, sintieron el escozor de los pinchazos de sus espinas lo que los hizo separarse. Cuando la necesidad de calentarse los obligó a juntarse de nuevo, volvió a ocurrir lo mismo, de modo que la lucha contra ambos sufrimientos les hizo ir de una en otra posición hasta que se colocaron a una distancia media que les hizo soportable la situación. Del mismo modo el deseo de sociedad, nacido del vacío y de la monotonía de su propio interior empuja a unos hombres hacia otros; pero sus numerosas cualidades repelentes y sus insoportables defectos les dispersan de nuevo. La distancia media que acaban por encontrar y gracias la cual la vida en común es posible, es la cortesía.

Schopenhauer
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 208

La piedra filosofal

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La piedra, mantenida en el hueco de la mano, vuelve invisible. Si se la cose en un lienzo fino y con éste se ajusta bien el cuerpo para que se caliente bien, es posible elevarse en el espacio tan alto como se quiera. Para descender basta aflojar ligeramente el lienzo.

Libro de la Santa Trinidad
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 157

La calle

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El hombrecito ya había sospechado algo, pero no creía que las cosas pudieran llegar tan lejos.

Caminando una tarde y viendo, al pasar, un portón de madera claveteada, notó que las cabezas labradas de los clavos de cobre, caminaban rápidamente su adorno y su lugar, pero pensó que era un fugaz engaño óptico y no le concedió mayor importancia.

Adelante, le pareció que los capiteles de un pórtico agregaban rosas a su ornamento, pero se creyó víctima de otro error y continuó andando por esa calle para acudir a su trabajo.

Prosiguió circulando por esa calle, calle por la que soñaba y vivía otras existencias que imaginaba alentando detrás de los balcones y casi en todas y tras cada una de las fachadas.

Esta fuga ingenua y cotidiana, esta diversión inofensiva y simple de la imaginación, le hacía la vida menos dura, no del todo monótona y más llevadera. Pero resultó que se trataba de un escape peligroso, porque esa calle, esa misma calle risueña bajo su palio ora azul, ora rociado por los destellos de miríadas de estrellas, en cierto momento, a la manera de un ser humano, mostró el lado negro y perverso.

Un día, la calle no solamente presentó cambios en la decoración de sus edificios y plazas, sino trueque de viviendas, mudanza de algunas otras, canje y hasta desaparición de portales y jardines enteros y, lo que fue peor, modificó, a tal grado su trazo y longitud, que el hombrecillo no ha podido llegar, desde entonces, al sitio donde debe desempeñar su trabajo.

Olga Arias
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 199

Fuego inextinguible

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Pero se sabe asimismo que este fuego no es igual al que conocemos, que tiene necesidad de recibir constantemente nuevos alimentos: el fuego divino se mantiene por sí mismo, sin ser alimentado desde afuera, no produce humo y es puro, líquido y fluido como el agua. No se levanta en torbellinos como el fuego terrestre. Abrasa a los condenados y los consume, pero al mismo tiempo los vuelve a crear, todo lo que despoja al cuerpo lo vuelve a reponer, y de ese modo se procura a sí mismo un eterno alimento.

Lactancio
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 193

Previsión

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Abu Musa relata: “El Apóstol ha dicho: “En verdad, para cada musulmán hay un quiosco en el paraíso; está hecho de una sola perla, su interior está vacío, su ámbito es de sesenta kos, y en cada rincón estarán sus mujeres, y no se verán una a otra, y el musulmán las amará alternativamente, etcétera, etcétera”.”

Thomas Patrick Hughes
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 189

El Kami

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Bajo la Tierra —de llanuras juncosas— yacía un Kami (un ser sobrenatural) que tenía la forma de un barbo y que, al moverse, hacía que temblara la tierra hasta que el Magno Dios de la Isla de Ciervos hundió la hoja de su espada en la tierra y le atravesó la cabeza. Cuando el Kami se agita, el Magno Dios se apoya en la empuñadura y el Kami vuelve a la quietud.

Mitología japonesa, siglo VIII
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 195