Mi cara

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—Hijo mío, hijo mío…

Por fin encendió una lamparita y vi su cuerpo. Pero su cara quedó en la oscuridad.

Yo le dije “Mamá”.

Me pidió que la abrazara. Y sentí sus uñas clavarse en mis hombros: pronto noté la humedad de la sangre.

—Hijo mío, hijo mío, bésame.

Me acerqué y la besé. Y sentí sus dientes clavarse sobre mis labios: la sangre corrió por mi cara húmeda.

Se separó de mí un instante y pude ver su vientre. Dentro de sus entrañas había un ternerito que dormía. Y la cara del ternero era mi cara.

Arrabal
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 659

Arrabal
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 723

Arrabal
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 10

Las hadas

Manuscrito del cuento Las hadas de A. Quiroz con correcciones de Valadés

Manuscrito de “Las hadas” (correcciones por E. Valadés)

A Juan Antonio Ascencio

Las hadas, son hijas del rocío y de la aurora. Cuando pequeñas, semejan libélulas. Se alimentan de polen y pétalos de rosa; habitan en los bosques, jamás en las ciudades. Puede hallárseles bajo la sombra de los árboles, demasiada luz les puede afectar. Si usted encuentra una, guarde absoluto silencio, no se mueva, contenga la respiración y dispóngase a observar. Si ha pasado usted inadvertido, verá como despliega con todo cuidado sus pequeñas alas, translúcidas, con los colores del arco-iris reflejados en ellas. Fije usted su atención y observará que sus cabellos son hilos finísimos de oro; que su cuerpo es perfecto, armonioso y sus piececitos ágiles. Entonces va a percibir que el ambiente empieza a oler dulzón, embriagador: ha caído usted en la tentación. Ahora la tomará con el índice y el pulgar, se la llevará a la boca y se preparará a deleitarse con uno de los más exquisitos manjares que pueda haber…

Adriana Q. de Valadés
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 615

El botón

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El botón le saltó del chaleco, rodó un buen trecho por el pasillo, descendió las escaleras, atravesó el vestíbulo y se perdió en la calle.

Por aquél botón supo la policía que el asesino se burlaba espantosamente de ellos.

Francisco Tario
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 691

Francisco Tario
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 742

Inferioridad

 


Ella me dio un ramo de flores, me puso una chaqueta roja y me subió sobre sus hombros. A la gente le decía: “Como es un enano tengo que llevarlo así, tiene complejo de inferioridad”. Y la gente se reía.

Arrabal
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 798

Arrabal
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 692

Accidente


Un escolar extendió en el piso su cuaderno de geografía. Lo miró tanto que terminó maravillándose ante la perfección de un mapa. Se hizo pequeñito y comenzó a caminar por el país que había dibujado.

Murió ahogado en un lago de tinta fresca.

Juancarlos Moyano Ortiz
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 762

Juan Carlos Moyano Ortiz
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 700

Burócrata


Cuidadosamente rodeado de ideas prudentes, inaccesible a los excesos, escudado por la dura barrera de las teorías mediocres, dicta, burocráticamente, opiniones definitivas.

Carlos Díaz Dufoo
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 507

Carlos Díaz Dufoo
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 664

Empezando el día


Al amanecer, treinta jóvenes salieron corriendo al claro del bosque, se ubicaron cara al sol y empezaron a inclinarse, saludar, postrarse, levantar los brazos, arrodillarse. Y así durante un cuarto de hora.

Si los miráramos desde lejos podríamos creer que están rezando.

Actualmente a nadie le extraña que el hombre sirva cada día a su cuerpo con paciencia y atención.

Pero qué ofendidos estarían todos si sirviera de esta manera a su espíritu.

No, no era una oración. Era la gimnasia matutina.

Alejandro Solyenitzin
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 659

Alejandro Solyenitzin
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 741

“Blowin” in the wind


¿Cuántos caminos debe recorrer un hombre antes de que se le llame hombre? ¿Cuántos mares debe navegar la paloma blanca antes de dormir en la arena? ¿Cuántas veces deben volar las balas de cañón antes de que las prohíban para siempre? La respuesta, mi amigo, está soplando en el viento; la respuesta sopla en el viento. ¿Cuántos años puede existir una montaña antes de disolverse en el mar? ¿Cuántos años pueden existir algunas personas antes de que se les permita ser libres? ¿Cuántas veces puede un hombre volver la cabeza y fingir que no ve nada?… ¿Cuántas veces debe un hombre mirar hacia arriba antes de poder ver el cielo? ¿Cuántos oídos debe tener un hombre antes de poder oír cómo llora la gente? ¿Cuántas muertes se necesitarán para que sepa que demasiadas personas han muerto? La respuesta, mi amigo, está soplando en el viento; la respuesta sopla en el viento.

Bob Dylan
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 748

Sin salida


Soy un montón de músculos retorcidos y quemados…

Tenía todos los nervios al aire. Le dolían los cabellos, uno por uno. Le dolían las uñas. Sentía una aguja clavada en cada poro. Sentía el dolor crujiendo en la caja de huesos del cráneo. ¿Hasta dónde? Van a volver. ¿Hasta dónde se puede aguantar? Van a volver ahora. Una brasa en la oscuridad; dos; muchas. Estás solo, cantaron todos, sabemos que vos sabés, sabemos todo, estás solo como un perro, hijo de puta, cantá. Las palabras volaban; pegaban contra el banco; estallaban. No tenés salida, reconocé, cantá, quiénes son, cuantos nombres, queremos nombres, escuchá, decí no te hagás matar, rezá, hijo de puta, andá rezando. El cerebro había volado en pedazos. Una náusea como una ola con sabor a sangre y olor a podrido. Volverán. Ahora. Vendrán desde los cuatro puntos cardinales, como las palabras y los golpes. El frío de la hoja del cuchillo en el escroto. El caño del revólver hundido en el agujero del culo. Te levantarán nuevamente la capucha: nuevamente verás el chisperío arrasándote el pellejo, mordiéndote la carne, arrancándote la carne de a pedazos. Te revolverás como un pez atrapado. La desesperación resbalosa del pez. Ahora. Volverán. ¿Hasta dónde se puede aguantar? La victoria nos necesita a todos. ¿Nos necesita? ¿Me necesita? Van a volver. Pronto. Ahora. Había querido gritar. La lengua inflada le llenaba toda la cabeza. Los testículos hinchados como globos. El pus chorreando; había sentido, sentía, los minúsculos y repugnantes ríos de pus y sangre deslizándose desde las heridas. Morir. Sí: recordaba. Estas solo, nadie sabe que estás aquí, nadie te vio cuando te llevamos, nadie te conoce, nadie. Te vamos a matar.

Eduardo Galeano
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 739

Mi amor

Tengo un amor que me enseñó a tomar leche dulce. También me enseñó a apreciar las voces de los que cantan bien. Sus cantantes favoritos fueron entonces mis cantantes favoritos. También me enseñó cuándo debo ser buena y amorosa, y en qué momentos debo estar seria.

Me enseñó a decirle lo que él quería escuchar, incluso a pensar lo que él quería que yo pensara.

Y hoy, que soy su obra, se siente más solo que nunca.

Verónica Villa Arias
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 732

El señor que amaba a los dragones


El señor Ye amaba tanto a los dragones que los tenía tallados o en pinturas por toda su casa. Cuando de esto se enteró el verdadero Dragón Celestial se puso muy contento y voló a la Tierra; llegó a la casa del señor Ye y metió su cabeza por la puerta y su cola por la ventana. Al verlo, el señor Ye huyó despavorido, a punto de enloquecer.

Esto demuestra que el señor Ye no amaba verdaderamente a los dragones; sólo gustaba de la imagen pero no del auténtico dragón.

Shen Buhai
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 731

Un lunes un ángel

En la plazoleta de Trejo y Caseros encontré un ángel muerto, tirado sobre un banco, con las alas plegadas. Montando guardia los perros vagamundos le velaban.

Y las campanas dela Iglesiade enfrente no tocaban a duelo. La gente pasaba apurada, era lunes, cuando marcando tarjetas las piernas corren a las agujas del reloj. Y no era cuestión de perder el tiempo por un ángel muerto, algo tan común después de todo.

Ricardo G. Espeja
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 727

Concurso

En el concurso participaban una científica y una jovencita. El motivo era estudiar a un adolescente superdotado. Ganaría quien utilizara el menor tiempo.

El certamen comenzó. Y mientras la mujer de ciencia colocaba al muchacho, con parsimonia, aquel novedoso casco electroendocefalométrico para verificar su C.I., la jovenzuela rápidamente le despojó de pantalón y calzoncillo.

El jurado calificador, aún con azoro, inapelablemente declaró triunfadora a la muchachita.

Waldemar Noh Tzec
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 726

Demagogia

Margarito Carbajal murió en el último atardecer del invierno, mientras una lluvia tierna mojaba sus galones de general sin batallas. Quienes lo conocieron en el sigilo de su agonía, vivieron a contarme que pereció de nostalgia esperando que la Reforma Agraria le diera un pedazo de tierra, para sembrar frijol y maíz, afirma la leyenda que falleció congelado en el umbral de la primavera, sentado sobre la misma roca en la cumbre de la montaña, donde aguardó con fe inquebrantable el cumplimiento de la promesa.

Pobre Margarito, lo mató la demagogia.

David Rangel Tapia
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 722

Originalidad

Hubo una vez, en el país de las notas negras y blancas, una niña que tocaba el piano sin tomar descanso ni respiro.

Ella, sus padres y maestros —estos últimos numerosos e incalculables— soñaban con que la incipiente pianista fuera a toda costa una artista original, irrepetible en el mundo del arte. Por ello, tras un consenso, se decidió que interpretaría únicamente obras creadas para la mano izquierda. Aquellas para la mano derecha, o bien para ambas manos, serían desechadas de su repertorio.

Y la niña creció, entre aplausos y ancores. Y todo, gracias a su pasmosa originalidad, ganada a pulso con su trabajada mano izquierda. La mano derecha estuvo fuera de todo proyecto.

Y una noche, en Bellas Artes, mientras ya la madura artista interpretaba una pieza de Ravel, fruto musical para la mano izquierda, su mano derecha, la no tocada, la inmaculada y virgen, cayó en añicos sobre el escenario.

Becky Rubinstein
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 713

La mandarina china

Con la uñas quité la cáscara y con mis dedos desgajaba una de las dos mandarinas que llevaba en las manos. La otra era para la “China”. Siempre he disfrutado más el exquisito olor impregnado en mis manos que ni el mismo sabor del delicioso jugo en mi boca, el cual mojaba mis labios resecos por la sed.

Por el doblar de las campanas en la parroquia y por la hora en que salen las hetairas acicaladas a trabajar, me dí cuenta que el tiempo había pasado sin que la “China” llegase a la cita. Transcurridos cincuenta minutos, pensé: “Mi error fue haberle anunciado que hoy quería hacer el amor con ella”.

Anoche, con mis uñas arranqué su sostén y con mis dedos traté de desgajar sus jugosos senos, que sangraban; los tomé entre mis manos llevándolos hasta mis labios sedientos. En eso, desperté exaltado súbitamente. Sobre mi boca y nariz, mis manos emanaban, aún fresco, el aroma a mandarina.

Hugo Zdeinert
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 712

Un hombre apacible

Desplegando los brazos fuera de la cama, Pluma se asombró de no topar con el muro. “Vaya, pensó, se lo habrán comido las hormigas”, y volvió a dormirse.

Un rato después, su mujer lo sacudió: “Mira, holgazán, le dijo, en lo que tú dormías, nos robaron la casa”: efectivamente, un cielo intacto se derramaba en todas direcciones. “Bah, si ya está hecho”, pensó.

Un poco después, escucharon un ruido. Era un tren que se les iba encima a toda velocidad. “Con lo apresurado que va, pensó Pluma, seguramente llegará antes”, y se volvió a dormir.

Luego los despertó el frío. Estaba empapado en sangre. Unos pedazos de su mujer yacían cerca de él. “Con la sangre, pensó Pluma, siempre surgen muchos disgustos; si ese tren no hubiera pasado, me hubiera alegrado mucho. Pero ya que pasó…” y se volvió a dormir.

—Veamos, decía el juez, ¿cómo explica usted que a su mujer la encontraran partida en ocho pedazos sin que usted, que estaba a su lado, pudiera hacer algo para impedirlo, sin siquiera darse cuenta? He ahí el misterio. Todo el problema está en eso.

—Si sigue por ese camino no puedo hacer nada por él—, pensó Pluma y se volvió a dormir.

—La ejecución se efectuará mañana. Acusado ¿tiene usted algo que añadir?

—Discúlpeme, dijo, no seguí el proceso. Y se volvió a dormir.

Henri Michaux (Trad. Elena Milán)
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 705

Amigos

El delator estaba aturdido por los golpes y las voces: ¿Adónde te vas a meter? Siempre podemos encontrarte. Siempre. Sabemos todo. ¿Creías que te ibas a esconder? No hay ningún lugar. Nunca vas a poder escapar de nosotros. No hay ninguna cueva donde nosotros adonde nosotros no podamos llegar. Ninguna cueva en ninguna parte del mundo. Así que no querías colaborar. Y nosotros creímos que eras una pobre mosquita. Ya no es más nuestro amigo. Ya no nos quiere. ¿Amigo de esta mierda, yo? Vamos a romperle el culito. Tocá, tocá. A ver si echa sangre. ¿Es tu primera noche, desgraciado? Mirá, tantéalo. Está bueno. Llora, está llorando. ¿Estás llorando, angelito? No se merece lo que hacemos por él. Una basura. Vos, basura, te estoy hablando. Mírame cuando te hablo. Decíme señor, ¿oíste? ¡Señor! ¿A ver cómo se dice señor? Ah, sí, Así, así. Está llorando. El desgraciado este está llorando. El cagón este. Escuchen cómo llora. Así que ibas a hacer una revolución, vos. Ahora no te animás a decir nada, ¿eh? Pero si será mierda. No le pegues más, no te gastés las manos. Él nos va a llevar a donde está su amiguito. No seas gil. Tomá un café. ¿No es verdad que nos vas a llevar? Vos sos de los nuestros. Sí, sí, nos vas a llevar. Tomá no llores. No, mañana no. Ahora. Pero descansá un poco. Tranquilizate. Pero si ya pasó todo. ¿Por qué llorás? Somos amigos, como antes, y vos vas a ser buenito y nos vas a ayudar, hijo de puta.

Eduardo Galeano
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 630

El disparo

Esa mañana se colocó, como era su costumbre, frente a la imagen que le devolvía siempre el pulido y amplio espejo del armario. Hizo su rutinario ademán de “quieto o disparo”, desenfundando el revolver 38 Smith Wesson, de dotación oficial, pero la duplicada figura, en el fondo del cristal de roca, se movió con más rapidez y le encajó limpiamente, entre ceja y ceja, el disparo que el uniformado siempre quiso hacer.

José Marcelo del Castillo
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 695

El ladrón poseido


Un hombre sediento de oro, del reino de Qi, se vistió elegantemente y fue a caminar por la plaza. En cuanto llegó a la tienda del comerciante en oro se apoderó de una pieza y desapareció.
Días después fue aprehendido y le preguntaron:

—¿Por qué robaste el oro en presencia de tanta gente?

—Cuando tomé el ro —contestó—, no vi a nadie. No vi más que el oro.

Lie Yukou (600 ó 400 a.n.e.)
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 694